Uruguay y una relación empantanada

Por Emilio Cárdenas  | Para LA NACION

16.08.2012 | 16:15

Prácticamente todos los días, los principales medios de comunicación uruguayos dedican extensas reflexiones a las dificultades que -sin resolver desde hace años- se han ido acumulando e instalando en la agenda de la relación bilateral con nuestro país.

La sensación que parecería prevalecer en el país vecino es la de ser víctima de un constante maltrato -y hasta un acoso- sistemático y constante. Dañino y destructivo. Exteriorizado con modales y posturas arrogantes. Conformado mediante toda suerte de maniobras, dilaciones, descalificaciones, ocultamientos y obstruccionismos, todo lo que conforma una realidad inocultable: la relación bilateral se ha empantanado en un lodo impenetrable, conformado por desacuerdos que no se superan.

La relación bilateral se ha empantanado en un lodo impenetrable, conformado por desacuerdos que no se superan

El último de los conflictos entre ambos países es el que tiene que ver con el dragado de las aguas aledañas a la isla Martín García, que comunica con el puerto cerealero oriental de Nueva Palmira, salpicado por sospechas de corrupción. El mismo se suma a una larga lista de diferendos no resueltos y temas postergados.

Por esto las autoridades orientales -que nada tienen de ingenuas- están buscando (discretamente) tomar distancia de la Argentina. En un marco de prudente silencio, con el propósito de cortar las "dependencias" de nuestro país. Para ello, se están acelerando dos proyectos importantes: el del puerto oceánico y el de la planta regasificadora.

Uruguay se aleja discretamente de nuestro país y, estratégicamente, se acerca cada vez más a Brasil, en busca de alternativas.

En paralelo, el gobierno oriental acaba de solicitar que Uruguay sea aceptado -como observador- en la "Alianza del Pacífico", con Chile, México, Perú y Colombia. Más allá de un Mercosur desnaturalizado y más cerca de las economías abiertas de la región, las que más crecen y se modernizan porque sus líderes no se encierran, sino que aceptan los riesgos de la libertad comercial y -con autoestima- no temen abrirse al escenario grande del mundo.

El presidente José Mujica, a diferencia de Tabaré Vázquez, que harto fue finalmente "al choque", sostiene que es mejor negociar con la Argentina en un ambiente sin estridencias. Casi a escondidas.

Las autoridades orientales están buscando, discretamente, tomar distancia de la Argentina

Lo cierto es que las conversaciones bilaterales argentino-uruguayas no avanzan en prácticamente ningún aspecto. Proyectos que son absolutamente esenciales para Uruguay, como los que tienen que ver con la expansión del puerto de Nueva Palmira; el dragado del Canal Martín García; la expansión de la actividad que industrializa, con las técnicas más modernas, la pasta de celulosa, apoyada en un exitoso plan forestal nacional; la asignación de rutas en el puente aéreo con Buenos Aires; las restricciones cambiarias, que perjudican a su turismo o la compra de energía eléctrica paraguaya a precios razonables, esto es sin tener que pagar un "derecho de tránsito" excesivo a la Argentina, duermen una suerte de prolongado "sueño de los justos". Están paralizados como resultado de acciones u omisiones argentinas. Lo que es lo contrario a la cooperación. Y exterioriza una actitud mezquina, que nada tiene que ver con la generosidad, ni con la solidaridad.

Poniendo en marcha acciones de corto plazo que apuntan a reducir la "dependencia" de la Argentina, Uruguay se apresta ahora a llamar -el próximo 15 de agosto- a tres licitaciones para la construcción de una planta regasificadora de gas natural. Una primera para el dragado, una segunda para la planta y una tercera para la provisión del gas natural.

El presidente Mujica sostiene que es mejor negociar con la Argentina en un ambiente sin estridencias

Invertirá en esto unos 400 millones de dólares. La planta estará emplazada en la llamada Punta de Sayago, en Montevideo, a dos kilómetros de la costa, donde alguna vez operara el ex Frigorífico Nacional. Deberá estar en funcionamiento para 2014. A partir de allí, el país vecino utilizará el gas natural, en lugar del gasoil, para alimentar a sus centrales térmicas. Lo que no sólo es más barato y menos contaminante, sino que supone cortar las "dependencias" de la Argentina y de Venezuela. Y poder, de paso, exportar electricidad a los países vecinos, en lugar de seguir mendigando una autorización de tránsito que la Argentina niega, sin razones de peso.

La empresa constructora, contra el pago de un canon, operará luego la planta, que será transferida al Estado uruguayo luego de 15 años de operación.

Para el segundo proyecto, el del puerto de aguas profundas, no sería extraño que -de pronto- hubiera un acuerdo de Uruguay con Brasil y sus enormes empresas constructoras, o con China, que está jugando activamente este mismo papel en el continente negro. Con cualquiera de los dos "padrinos" nombrados, las temidas interferencias argentinas serían -se cree- neutralizadas.

La actitud agresiva, casi hostil, de nuestro gobierno -que ignora el pasado común y traiciona la amistad que une a los rioplatenses- parece haber lastimado la relación con un grupo humano que, de todos los que existen en la región, es ciertamente el más parecido al nuestro.

El pueblo uruguayo, numéricamente pequeño, parece advertir ahora que -sin enfrentar a un vecino impredecible- es hora de seguir adelante, dejándolo discretamente de lado. Lo que nos sucede supone, además, una importante pérdida de oportunidades para nuestras empresa en ambos proyectos estratégicos de Uruguay. Un momento muy penoso, por cierto. Por donde se lo mire.

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