"Si vamos a truchar, truchemos todos."
(De Cristina Fernández de Kirchner.)
Cuánta paz. Qué alivio habernos enterado de que los argentinos no fuimos los primeros en "adaptar" el relato. Lo reveló ante la Presidenta el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, cuando dijo que los Estados Unidos habían fijado en un nivel ficticio los activos de los bancos para evitar que quebraran en dos oportunidades. "Si vamos a truchar, truchemos todos", se ufanó al escucharlo una envalentonada Cristina Kirchner. Su confesión fue un magnífico acto de sinceridad que deberíamos agradecerle, más allá de que se lo dedicó "a la gilada".
Ahora sí se entienden las cifras del Indec sobre inflación, pobreza, indigencia, desnutrición e inseguridad. Ya no quedan dudas sobre el destino benéfico de los fondos de los jubilados ni sobre el fin apolítico de La Cámpora en las escuelas públicas. Menos puede sospecharse de la honestidad de Boudou cuando arguye que no conoce a Vandenbroele y lo avalan casi sin chistar 44 senadores al expropiar Ciccone, o de las declaraciones juradas de los funcionarios, casi imposibles de ser justificadas con sus sueldos.
Con esta admisión presidencial sobre lo trucho, ya no habrá que insistir en que YPF fue confiscada ni con advertir que el 37% de la deuda en Boden 2012 había sido emitida por el propio kirchnerismo.
Falso, todo falso a los ojos del relato convalidado por los ex enemigos del Norte. Del norte de América, pues con los británicos la cosa sigue mal. Por suerte, les ganamos en el hockey. "El triunfo sobre Inglaterra fue una medalla de oro", lanzó la Presidenta a las Leonas, no obstante el segundo lugar que las chicas obtuvieron en el podio olímpico. Cristina confesó que de no ocurrir esa victoria, se hubiera "enroscado" por un largo rato, como cuando casi se atraganta con el calvo ministro español que procuró darle cátedra desde la tapa de un diario.
No hace falta seguir peleándose con la realidad: está demostrado que el relato en la Argentina es directamente proporcional a la fantasía.