LIMA.- Tocan bocina. Arrancan. Tocan bocina. Frenan. Tocan bocina. Aceleran. Y no paran de tocar bocina. Miran al pasajero y vuelven a tocar bocina. Insoportables. Así son los taxis frente a los lugares más concurridos de Miraflores y, especialmente, delante de los bingos, casinos o casas de tragamonedas que se encuentran a cada paso sobre las avenidas de Lima. Allí, donde se puede ser testigo de los buscadores de clientes, también uno encuentra el lugar para contemplar la fiebre por el juego que tiene un país con un desarrollado nivel educativo por tradición, pero agobiado por sus penurias económicas.
Impresiona la cantidad de casas de juegos de azar que se desparraman en toda la ciudad. Desde el aeropuerto y hasta cualquier punto al que uno tenga que ir. Cualquiera sea el rumbo. Los lugares donde se desafía al azar constituyen un rito diario, un punto cardinal de la ilusión, una evasión para quien no tiene tanta suerte en la vida o quizás en el amor, como dice el refrán. Está a la vista en el casino del hotel donde se concentra el seleccionado que para muchos parece ser su única actividad social. Aunque para otros, y lo dicen abiertamente, mucho más con algunas copas encima, puede ser, también, una pauta de aprendizaje existencial. "Se pierde y se gana, como en la vida." Se duda, pero ante semejante cantidad de feligreses del juego no se discute.
Es gracioso cómo en la misma vereda todos hablan de un único tema: el número que está por salir. Ahí, a metros de donde el seleccionado busca la mejor jugada para el partido de esta noche, los apostadores suelen compartir sus cábalas, se regodean contando variados infortunios, siempre de otros, y, a veces, logran disimular cierta envidia. En rigor, lo que más se ve frente al Pacífico son bingos. Se trata de un juego de reglas fáciles y simples, una extensión de la lotería familiar. Ahí, el pasaje para tocar el cielo cuesta sólo dos soles (menos de un dólar). Incluye noviazgos visuales y cada tanto se ganan premios que no figuran en ningún reglamento del hotel. Pero no es lo común: el juego parece ser lo más importante.
Orgulloso de sus orígenes incaicos, el peruano típico de clase media está atrapado por esta fiebre que viene de años de permisos otorgados sin control ni límites. "Es una de las perdiciones de este país", se lamenta una empleada del hotel. "Pero se abrieron muchas fuentes de trabajo; en un país como el nuestro es casi lo más importante", agrega Cristina, que como tantos otros peruanos no se resigna en la lucha diaria por crecer, aunque en un ambiente que invita a no generarse muchas ilusiones, en una ciudad rica en historia y desconcertante en cuanto a su futuro.
Martín Castilla