Por Marcelo Stiletano
Enviado especial
LOS ANGELES.- Fue la última noticia que Michael Moore hubiese querido escuchar. Que el índice industrial más importante de Wall Street, el Dow Jones, haya superado por primera vez desde octubre de 2008 la marca simbólica de los 10.000 puntos constituye a los ojos de analistas y observadores políticos y económicos un indicio inequívoco de recuperación económica tras el colapso global sufrido durante los últimos 12 meses.
En términos simbólicos equivalentes, la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers -ocurrida precisamente hace algo más de un año- se convirtió en la piedra de toque del más reciente documental de Moore, Capitalism, a Love Story (Capitalismo, una historia de amor), cuyo estreno en la Argentina es mucho más incierto desde que se confirmó que quedó afuera de la carrera por el Oscar.
En la lista de los 15 largometrajes documentales preseleccionados por la Academia de Hollywood, de los cuales surgirán los cinco nominados al premio, no aparece la última obra del ganador de esa estatuilla en 2003 por otra obra de altísimo contenido político, Bowling for Columbine , rotundo alegato contra el uso de armas de fuego en Estados Unidos.
Menor repercusión
Este film, Farenheit 9/11 y Sicko -dura crítica al sistema de salud en su país, también nominada al Oscar- lograron en sus respectivos momentos de estreno una gran repercusión. No parece ocurrir lo mismo con la nueva producción de Moore: la exigua cosecha en materia de recaudación (apenas 14 millones de dólares en siete semanas) rompió aquella tendencia y se convirtió en una de las películas menos convocantes de la carrera de Moore, tal vez porque la realidad -inesperadamente- se interpuso en el medio de su tesis.
En su nueva producción, vemos al realizador en pleno Wall Street marcando el perímetro de la zona financiera de Nueva York con una cinta amarilla similar a la que utiliza la policía para delimitar la escena de un crimen. Para el ácido realizador, que vuelve a ocupar el centro de la escena, poniendo el cuerpo y contando las cosas en primera persona, el mal ya está hecho. En su visión, el capitalismo norteamericano quedó herido de muerte por las relaciones indebidas entre los sucesivos gobiernos de Estados Unidos que cambian y las grandes corporaciones que permanecen.
Moore se queja en la pantalla y a través de su sitio de Internet de los suculentos dividendos que habrían obtenido estrechos colaboradores del actual secretario del Tesoro, Timothy Geithner, por haber trabajado para Goldman Sachs. Se trata de una de las sociedades financieras invocadas por el realizador como responsables de la debacle del capitalismo norteamericano a partir de la alianza permanente que estableció con los sucesivos gobiernos de ese país, desde Ronald Reagan hasta la actualidad.
Como se ve, bajo la filosa mirada de Moore no caen sólo los gobiernos y los funcionarios de origen republicano. Entre las figuras cuestionadas con nombre y apellido por sus lazos con grandes corporaciones aparecen Robert Rubin y Lawrence Summers, que se desempeñaron como secretarios del Tesoro durante la administración del demócrata Bill Clinton. Toda una declaración de principios por parte de uno de los más visibles activistas de la candidatura de Barack Obama -cuyo camino a la Casa Blanca también forma parte de la columna vertebral de este trabajo- desde el ala más radicalizada del Partido Demócrata.
Lo que se ve en las salas en donde se exhibe este documental -por lo general integradas a complejos multipantallas y centros comerciales rebosantes de señales, comportamientos y símbolos que la propia película cuestiona- cierra de algún modo el camino abierto por Moore dos décadas atrás, en su celebrada ópera prima documental, Roger & Me . Allí, Moore intenta pedirle explicaciones a Roger Smith, entonces presidente de General Motors, tras el cierre de una planta automotriz en Flint (Michigan), la ciudad natal del realizador.
De vuelta al origenAhora, en Capitalism, a Love Story, Moore repite el gesto. En este caso, frente a la situación todavía más grave que durante el rodaje atravesaba General Motors. Un planteo que va de la mano con otro de los ejes del film, el retrato humano de la crisis que a juicio de Moore soporta el capitalismo en Estados Unidos, representada en el calvario de un hombre de Michigan que debe desprenderse de todos sus bienes frente a una orden de desalojo, más la situación a la que se ven obligados varios habitantes de la Florida sin hogar, luego de ocupar por la fuerza algunas viviendas desocupadas. El dolor de quienes no tienen techo se une al de aquellos que ven perder el empleo, un efecto dominó que en la visión de Moore no encuentra contención en las acciones gubernamentales.
Tal vez el hallazgo más notable de un documental en el que Moore muestra las constantes de su trabajo previo (montaje hábil y veloz, frases intencionadas, autorreferencialidad, testimonios hábilmente explotados) es el redescubrimiento de un material de archivo que muestra a Franklin D. Roosevelt enunciando los derechos básicos para todos los estadounidenses que conforman el segundo Bill of Rights. Atributos que la espuria alianza denunciada por el realizador no hace más que anular.
Hasta aquí, Capitalism, a Love Story está muy lejos de aquel momento de gloria de marzo de 2003, cuando Moore criticó con dureza, con la estatuilla en la mano, al entonces presidente George W. Bush. Lo que acaba de decidir la Academia de Hollywood no hace más que reconocerlo.