¿Se imagina el lector ser tildado de analfabeto porque no entiende de física cuántica o porque no sabe quién fue Moisés e ignora la leyenda del "abominable hombre de las nieves"?
Aunque cueste aceptarlo, "analfabeto" es la categoría que correspondería si la respuesta fuera "no sabe/no contesta" en algunas de las preguntas anteriores, al menos en los censos del popular investigador norteamericano Erik D. Hirsch Jr.
¿Y quién es Hirsch para esa supuesta arbitrariedad? Se trata nada menos que del principal defensor del "alfabetismo cultural", un movimiento que gana terreno desde principios de los años 80 en los Estados Unidos y que ha generado tantos adeptos como detractores.
En este último caso, sus opositores provienen sobre todo de ciertas esferas del gobierno de su país, alarmadas por el impacto que los enciclopédicos programas de estudio de Hirsch -y que él mismo llama "inventarios"- han tenido en 900 escuelas de 45 Estados norteamericanos.
Para E. D. Hirsch Jr., egresado de Yale y profesor de la Universidad de Virginia, ser alfabeto es conocer un número preciso de hechos, fechas y rostros, que caben, según él mismo se ufana, en tan sólo unos cientos de páginas.
Por eso, cuando La Nación le preguntó, en una entrevista concedida durante su visita a la Argentina la semana última, cómo define el alfabetismo cultural, Hirsch aseguró: "Es manejar una cantidad muy definida de conocimientos centrales, que varían de un país a otro". Y no dio más detalles.
Acto seguido, Hirsch remitió a esta cronista a dos de sus principales obras, ambas convertidas en best sellers en su país, donde describe de la A a la Z qué es lo que todo ciudadano culto debería saber: el "Diccionario de Alfabetismo Cultural" y el manual llamado "Alfabetismo Cultural, lo que todo norteamericano necesita saber".
En la versión de esta última obra para los Estados Unidos, Hirsch incluye en los primeros puestos los siguientes términos: Aaron, Hank; cero absoluto; arte abstracto; abreviatura; abolicionismo; Aberdeen; a capella; abominable hombre de las nieves; aborto; AC/DC; Achillas...
¿Cómo eligió esas palabras? Simplemente, contó, se preguntó cuáles eran los términos que generalmente se daban por sobreentendidos en ciertos sectores sociales, pero que las clases socialmente menos favorecidas ignoraban.
"Mi teoría es simple -intentó tranquilizar Hirsch, ante lo llamativo de la lista-. El conocimiento precede al conocimiento, y una persona no puede aprender nuevas cosas sin dominar ciertos conceptos muy precisos. Mi punto de partida fue preguntarme qué saben los ricos que los pobres ignoran."
Hirsch no oculta su amor por las recetas para solucionar esas carencias y se alza de hombros cuando se le recuerda que lo han llamado "rígido", "ortodoxo", "anticuado" y hasta "enemigo de la curiosidad infantil".
Cuando La Nación le comentó que la ministra de Educación, Susana Decibe, se opone a la confección de programas que incluyan contenidos puntuales, como los títulos de los clásicos de la literatura que todo chico debería leer en la escuela, el especialista pestañeó molesto.
"Siento que la Argentina tenga que atravesar el círculo de la desilusión para darse cuenta de que está equivocada al respecto. A nosotros nos llevó 40 años, y muchas generaciones de chicos, comprender el error de los métodos poco precisos que dicen estimular la práctica y la creatividad y que terminan no enseñando nada", señaló.
-Para la ministra de Educación, son los padres quienes deben controlar la calidad de lo que aprenden sus hijos; ¿está de acuerdo con eso?
-Los padres pueden ayudar a sus hijos leyéndoles libros e interesándose por su tarea escolar. Es lo que yo llamo el "capital social" de un niño. Pero no todos poseen ese capital social: hay niños pobres, con graves problemas sociales y con padres que tienen un vocabulario muy limitado. Además, si la escuela no está obligada a garantizar por sí misma la alfabetización de un niño, ¿para qué está?
-Aquí se busca dar mayor autonomía a los maestros, dejándolos decidir qué aprende el alumno.
-Esa tendencia a tirar la pelota afuera también existió en los Estados Unidos, con resultados devastadores. Es bueno dar autonomía, pero es necesario orientar a los docentes con currículum nacionales.
- Algunos funcionarios locales piensan que definir desde el gobierno lo que se debe enseñar a los chicos es ser totalitario.
-Si los chicos no trabajan duro, y con objetivos concretos, no aprenden. Necesitan metas y una cultura básica para avanzar en su formación. Además, los países con programas "inventariales", como los que yo propongo, distan de ser totalitarios. ¿O su ministra llamaría así a Francia, Suecia, Japón, Noruega y Gran Bretaña? Lo que motivó a esos países a ser concretos en sus programas de estudio no fue el totalitarismo, sino la necesidad urgente de ser competitivos.
Aprender las mismas palabras, como yo propongo, no significa una adoctrinación totalitaria, sino una democratización, porque brinda a todos la oportunidad de comunicarse y darse a entender. Yo daría vuelta el argumento de vuestro ministerio: enseñar contenidos muy concretos de cultura general es promover las revoluciones. En los Estados Unidos, por ejemplo, la revolución por los derechos civiles estuvo en manos de personas altamente alfabetizadas, como Martin Luther King.
-También se hace hincapié en la formación para el trabajo desde edades tempranas.
-Eso me preocupa, porque aunque suena práctico, es todo lo contrario. No prepara a los niños para la flexibilidad que exige el mercado y que sólo se alcanza con cultura general.
Hirsch avala su teoría en las inmensas brechas sociales de los Estados Unidos y afirma que las escuelas norteamericanas han fracasado en su intento por salvarlas a través de programas de estudio poco exigentes. Y asegura que en la Argentina pasa lo mismo.
"Las escuelas deben ser compensatorias de las carencias sociales: permiten construir la aristocracia del talento y de la virtud, en lugar de la aristocracia de la cuna", argumentó.
Gabriela Litre
En 1994 se realizó la Encuesta Internacional de Alfabetismo Cultural (IALS), considerada la primera evaluación mundial sobre el tema.
El sondeo contó con el apoyo de varios organismos internacionales, como la OCDE y la Unesco, y se realizó en ocho países industrializados: Canadá (que financió una parte importante de la investigación), Irlanda, Alemania, los Países Bajos, Polonia, Suecia, Suiza y los Estados Unidos.
Luego de aclarar que el estudio no tiene como objeto hacer un ranking de alfabetismo en distintos países, sino comparar culturas y su impacto en el desarrollo económico, la IALS elaboró una definición de alfabetismo que va más allá del simple acceso a la lectura y la escritura.
Así, en las puertas del siglo XXI la definición de alfabetismo es la siguiente: "La habilidad de comprender y de emplear información impresa en actividades cotidianas, en el hogar, en el trabajo y en la comunidad, para lograr las metas propias y para desarrollar el conocimiento y el potencial propios".
Según la investigación, que seguramente pondría feliz a E. D. Hirsch, asegura que el alfabetismo no puede ser definido en forma limitada, como la simple capacidad de comprender todo tipo de textos.
"La gente en los países industrializados se enfrenta con distintos tipos de textos, que requieren diferentes habilidades para comprenderlos y usarlos", reza el informe.
Tres categoríasPara reflejar esta complejidad, el IALS desarrolló tres categorías de alfabetismo: