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Opinión

Jueves 09.09.2010

Manifiesto calvinista

Por Francis Fukuyama
The New York Times

Miércoles 6 de abril de 2005 | Publicado en edición impresa 
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Manifiesto calvinista

BALTIMORE, Maryland

Este año se celebra el centenario de la publicación del ensayo sociológico más famoso: La ética protestante y el espíritu del capitalismo , de Max Weber. Una obra que trastornó por completo las teorías de Karl Marx.

Para Weber, la religión no era una ideología producida por intereses económicos ("el opio de las masas", como había dicho Marx). Más bien, ella había posibilitado la existencia del mundo capitalista moderno. En la década actual, en que creemos asistir a un choque de culturas y, a menudo, achacamos a la religión los fracasos de la modernización y la democracia en el islam, La ética protestante merece una relectura.

Weber centró su tesis en el protestantismo ascético. Dijo que la doctrina calvinista de la predestinación inducía a quienes creían en ella a tratar de demostrar que se contaban entre los elegidos dedicándose al comercio y la acumulación de riquezas terrenales. El protestantismo creó así una ética del trabajo (lo valoró en sí mismo, más que por sus resultados) y destruyó la doctrina aristotélico-católica, según la cual el hombre sólo debía adquirir los bienes necesarios para llevar una vida holgada. Además, exhortó a sus fieles a observar los preceptos morales fuera del ámbito familiar. Fue un paso decisivo hacia la creación de un sistema de confianza social.

La tesis de Weber suscitó controversias desde el momento mismo de su publicación. Varios eruditos tildaron de error empírico la supuesta superioridad de los protestantes en cuanto a desempeño económico. Afirmaron que las sociedades católicas habían empezado a desarrollar el capitalismo moderno mucho antes de la Reforma y achacaron su retraso económico a la Contrarreforma, más que al catolicismo en sí. El economista alemán Werner Sombart dijo haber encontrado el equivalente funcional de la ética protestante en el judaísmo. Robert Bellah lo descubrió en el budismo japonés de los Tokugawa.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la mayoría de los economistas contemporáneos no toman en serio la hipótesis de Weber, ni ninguna otra teoría culturalista sobre el crecimiento económico. Muchos sostienen que la cultura es una categoría residual, donde buscan refugio los sociólogos perezosos cuando no logran desarrollar una teoría más rigurosa.

Por cierto, hay motivos para ser prudentes en el uso de la cultura como explicación de resultados económicos y políticos. Los escritos del propio Weber acerca de las otras grandes religiones mundiales y su impacto sobre la modernización nos sirven de advertencia.

Su libro La religión de China. Confucianismo y taoísmo (1916) es una visión muy sombría de las perspectivas de desarrollo económico en la China confuciana, cuya cultura -señala- constituye un obstáculo al surgimiento del capitalismo moderno apenas más leve que el de la cultura japonesa. Hoy comprendemos que el retraso de la China y el Japón tradicionales no se debió a sus culturas, sino a sus instituciones asfixiantes, la mala política y los programas descaminados. Una vez corregidas estas fallas, las dos sociedades levantaron vuelo.

La cultura es sólo uno de los tantos factores que determinan el éxito de una sociedad. Debemos tener presente esto cuando oímos afirmar que la explicación del terrorismo, la falta de democracia u otros fenómenos de Medio Oriente están en la religión islámica.

Al mismo tiempo, nadie puede negar la importancia de la religión y la cultura como factores determinantes de por qué las instituciones funcionan mejor en algunos países que en otros. Las regiones católicas de Europa fueron más lentas que las protestantes en modernizar sus economías y aceptar la democracia. Por eso, gran parte de lo que Samuel Huntington llamó "la tercera ola de democratización" llegó a España, Portugal y muchos países latinoamericanos entre los años 70 y 90.

Todavía hoy, entre las sociedades sumamente laicas que constituyen la Unión Europea, se advierte claramente un declive en las actitudes frente a la corrupción política desde el norte protestante hacia el Mediterráneo. El ingreso de las naciones escandinavas, con su honestidad denunciadora, fue el factor decisivo que, en 1999, forzó la renuncia de la cúpula ejecutiva de la UE a raíz de un pequeño escándalo por corrupción en el que estuvo implicado un ex primer ministro francés.

Los interrogantes que plantea Weber sobre el papel de la religión en la vida moderna son mucho más profundos de lo que insinúa la mayoría de los debates. Sostiene que en el mundo moderno la ética del trabajo se ha desprendido del fervor religioso que le dio origen: ahora forma parte del capitalismo racional, basado en la ciencia.

Para Weber, los valores no surgen de un modo racional: nacen del mismo tipo de creatividad humana que inspiró a las grandes religiones del mundo. Estaba convencido de que su fuente primitiva era la "autoridad carismática" (así la llamó) en el sentido original del vocablo griego: "tocada por Dios". En el mundo moderno, esta clase de autoridad dejó paso a una forma burocrática y racional que, si bien ha dado paz y prosperidad al mundo, amortece el espíritu humano y fabrica una "jaula de hierro".

Aunque todavía la persigue "el espectro de las creencias religiosas muertas", la modernidad ha sido vaciada, en gran medida, de su auténtica espiritualidad. Según Weber, esto ocurrió particularmente en Estados Unidos, donde "la búsqueda de la riqueza, despojada de su significado religioso y ético, tiende a asociarse con pasiones puramente mundanas".

La jaula de hierro

Vale la pena examinar con más detenimiento qué frutos ha dado esta visión del mundo moderno en el siglo transcurrido desde la publicación de La ética protestante . Por supuesto, en muchos sentidos ha resultado fatalmente exacta: el capitalismo racional, basado en la ciencia, se extendió por todo el planeta, trajo el progreso material a gran parte de él y lo unió -lo soldó- dentro de esa jaula de hierro que ahora llamamos "globalización".

Pero ni falta hace decir que la religión y el fervor religioso no han muerto. Y no sólo por la militancia islámica, sino también porque, desde el punto de vista puramente numérico, el súbito ascenso mundial del protestantismo y su rama evangélica rivaliza con el fundamentalismo islámico como fuente de religiosidad auténtica.

Frente al renacimiento del hinduismo entre los indios de clase media, la aparición del movimiento Falun Gong en China, el repunte de la ortodoxia oriental en Rusia y otros países del antiguo bloque comunista y la constante vitalidad religiosa de Estados Unidos, difícilmente podría decirse que la secularización y el racionalismo son los siervos inevitables de la modernización.

Hasta podríamos ampliar nuestro concepto de la religión y la autoridad carismática. El siglo XX se caracterizó por lo que el teórico alemán Carl Schmitt denominó "movimientos político-teológicos" (por ejemplo, el nazismo y el marxismo-leninismo), fundados en una entrega fanática a creencias en última instancia irracionales. El marxismo decía ser científico, pero sus adherentes de carne y hueso siguieron a líderes como Lenin, Stalin o Mao con esa confianza ciega en la autoridad psicológicamente indistinguible del fervor religioso. (En China, durante la Revolución Cultural, había que tener cuidado con los diarios viejos. Si alguno traía una foto de Mao, quien se sentara sobre la sagrada imagen o usara esa hoja para envolver pescado podía ser tildado de contrarrevolucionario.)

Resulta sorprendente que, hoy día, la visión weberiana de una modernidad caracterizada por "especialistas sin espíritu, sensualistas sin corazón" corresponda mucho más a Europa que a Estados Unidos. La Europa actual es un continente pacífico, próspero, administrado juiciosamente por la UE y absolutamente laico. Los europeos seguirán hablando de "derechos humanos", "dignidad del hombre" y otras expresiones enraizadas en los valores cristianos de su civilización, pero pocos podrían explicar en forma coherente por qué siguen creyendo en esas cosas. El espectro de las creencias religiosas muertas ronda mucho más Europa que Estados Unidos.

La ética protestante tuvo, pues, un éxito extraordinario como acicate a un análisis ponderado de la relación entre los valores culturales y la modernidad. Pero como explicación histórica del ascenso del capitalismo moderno, o como ejercicio de predicción social, resultó menos acertada. El violento siglo subsiguiente a su publicación no careció de autoridades carismáticas. Los próximos cien años amenazan traer más de lo mismo. Debemos preguntarnos si Weber no se equivocó en su nostalgia por la autenticidad espiritual -quizá podríamos decir su "nietzscheanismo"- y si vivir en la jaula de hierro del racionalismo moderno es, después de todo, tan terrible.

El autor es profesor de Economía Política Internacional en la Universidad Johns Hopkins; su libro más reciente es State-Building: Governance and World Order in the 21st Century ( La construcción del Estado. Hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI ).

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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