Vesna Trivalic encarna a uno de los desbordados personajes de un director fiel al lenguaje que creó
"La vida es un milagro" ("Zivot je cudo") Producción franco-yugoslava dirigida por Emir Kusturica. Con Slavko Simac, Natasa Solak, Vesna Trivalic, Vul Kostic y Aleksandra Bercek. Fotografía: Michel Amathie. Montaje: Svetolik Zaul. Música: Emir Kusturica y Dejan Sparavalo. Producción: Alan Sarde. Duración: 155 minutos. Para mayores de 13 años.
Emir Kusturica se toma más de media hora antes de ponerse a contar con detalle la historia de su última película, una suerte de Romeo y Julieta en el marco de la guerra balcánica, a principios de la década del 90. Harían falta sólo dos o tres cuadros para advertir, si uno no lo supiera, de quién es la película, pero en ese tramo inicial de "La vida es un milagro" Kusturica despliega la iconografía desmesurada, a la vez violenta y poética, humorística y pasional que lo ha caracterizado durante toda su obra y que sigue ejerciendo sobre el espectador una atracción ciertamente poderosa.
Quienes crean ver en este torrente de imágenes ideas ya vistas en films anteriores del autor -"Tiempo de gitanos", "Underground" y, sobre todo, la extraordinaria "Gato blanco, gato negro"- estarán en lo cierto, pero no es que Kusturica se copie a sí mismo, sino que se mantiene fiel al lenguaje que ha creado, ya que no hay otro realizador con el que pueda confundírselo.
Difícilmente otro director podría sobrevivir a una suma de escenas que incluyen, entre muchísimas otras cosas, una cama voladora, un partido de fútbol en la niebla con la mamá del goleador metiéndoles presión a los rivales desde el banco, osos asesinos, un partido de ajedrez bajo el fuego cruzado, gatos y perros de apetito voraz, toneladas de vajilla destrozada, patos, palomas y ratones y una burra con mal de amores que se niega a salir de las vías porque quiere olvidarlo todo, aplastada por un tren. Kusturica sobrevive, pues el mundo que muestra a los espectadores no es mero artificio: es su propio mundo, con el mismo grado de excitación de lo sensorial que campea en el "umza-umza" de su música enloquecida e irresistible. Algunas muestras enriquecen la banda sonora del film.
Después de la furia inicial, "La vida es un milagro" entra en un valle algo más tranquilo, para narrar el romance imposible entre Luka y Sabaha. El es ingeniero y trabaja en la construcción de una línea ferroviaria que servirá -sueña- para estrechar los vínculos entre serbios y bosnios, entre cristianos y musulmanes. Piensa que eso abrirá extraordinarias posibilidades al turismo y elevará el nivel de vida de los habitantes de un lado y del otro de la frontera.
Luka no cree que la sangre pueda llegar al río: no cree en la guerra hasta que le estalla en la cara de la peor manera. Su hijo Milos, una promesa del fútbol local de inminente promoción a las ligas profesionales, es convocado al ejército y es hecho prisionero por los bosnios. Como, al mismo tiempo, la mujer se le va con un saxofonista libidinoso, el hogar de Luka se viene súbitamente abajo.
Pero todo cambia cuando lo ponen a cargo de una prisionera musulmana, Sabaha, cuya libertad está destinada a ser canjeada por la de Milos. A pesar suyo, Luka se enamora y comienza un romance que lo hará sufrir tanto como sufre la burra suicida, pero que tal vez le entregue una esperanza.
Como Kusturica es de trasfondo amable, en sus películas el humor y la poesía predominan sobre la separación, el drama y la tragedia. En el rubro mencionado en primer término hay escenas en las que sólo quien no ande del todo bien del sistema digestivo podrá contener la hilaridad, como la del soldado que, segundos antes de su misión final, llama por el celular a la sensual Lily a una hot line alemana. La desesperada carrera contra la muerte, en trineo y sobre una nieve que se va tiñendo de sangre es el contrapeso dramático que requiere la historia.
Pero, con lo mucho que tiene a favor, "La vida es un milagro", tal vez por un desenlace que se prolonga más de lo necesario, no llega al nivel de las mejores películas de Kusturica. Veinte minutos antes del final, hay un momento exacto para cerrar el cuento. Lo que sigue es un poco largo y, en cierta medida, quiebra el clima de ilusión, que había ido creciendo en intensidad hasta ese momento.
Pese a que algún truco puede no haber salido del todo bien, el solo hecho de que un gran mago siga frotando su galera en un momento en el que el cine de autor se tiñe de gris hace más que recomendable la visión de esta película. Si no es perfecta, la vida tampoco suele serlo. Y, al fin, ¿quién dijo que ser perfecto sea el objetivo de Kusturica?
Hugo Caligaris
15.07.0514:13
29.05.0515:46
22.05.0520:48