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Jueves 18.03.2010
Enrique Pinti
Cambalache

Autobombo

Por Enrique Pinti

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Domingo 18 de febrero de 2007 | Publicado en edición impresa 

Esa humana y maldita costumbre de querer ser los mejores y, si es posible, únicos en su clase, nos lleva a los humanos al grotesco carnaval de autobombo. Hay gente que se considera precursora en todo y que siempre tiene anécdotas para probar que lo que ahora es habitual fue inventado de la nada por ellos. Son los que les pagaron el café con leche a todos los exitosos, los que les vieron antes que nadie las condiciones artísticas o de cualquier índole a los que están de moda. Me ha pasado encontrar espectadores que fueron pioneros en el aplauso de los primeros espectáculos ante pequeñas salas de café concert con muy poco público. En muchos casos, los datos son correctos y reconocibles; en otros, son para la carcajada. Me han llegado a confundir con un transformista muy delgado que imitaba a principios de los 70 a Nacha Guevara y que desarrollaba su labor en los veranos de Villa Gesell y se hacía llamar Pindy, como la marca del jugo de pomelo que vendía durante la tarde en la playa. De Pindy a Pinti no hay mucha diferencia de nombres, pero yo no he sido flaquito ni cuando nací con casi cinco kilos, el transformismo no ha sido uno de mis puntos fuertes y no actué en Villa Gesell hasta 1981. Pero hay quien jura que ése era yo y que no lo quiero reconocer porque reniego de aquella etapa. ¿OK?

El mercado exige velocidad, impacto y venta. El llame ya se impone y el pasen y vean manda en todas las actividades. Muertas las abuelas, ¿quién hablará bien de nosotros y asegurará que somos los mejores? Nadie sino nosotros mismos. Ese parece ser el pensamiento rector en el mundo del show (y no me refiero sólo al negocio del espectáculo).

La búsqueda de el mejor es tan disparatada como desgastante. La suma de valores y la compensación que las diferencias marcan son factores que enriquecen cualquier época, cualquier actividad y cualquier civilización. Para la ópera es auspicioso tener a Plácido Domingo, Pavarotti, Carreras, Montserrat Caballé, así como haber tenido a la Callas, Renata Tebaldi, Tita Rufo, Caruso y cientos de voces privilegiadas. Es un privilegio para la humanidad que hayan existido Fred Astaire, Gene Kelly, Donald O’Connor, Cyd Charisse, Leslie Caron y Eleanor Powell para engrandecer la danza popular, y los grandes nombres de la danza clásica, de Pavlova a Alicia Alonso y de Nijinsky a Julio Bocca. Perderse en la discusión bizantina acerca de quién es el mejor, el único, el rey, en lugar de admirar la cantidad de talento que miles y miles de creadores han desarrollado a lo largo de la tumultuosa historia de la humanidad, es una tontería.

Todos somos el mejor para alguien, seamos famosos o anónimos; todos podemos ser lo mejor o lo peor para nuestro prójimo; todos tenemos algo que agradecer a los científicos que descubren antídotos y vacunas. ¿Tiene sentido discutir si Pasteur fue mejor que Madame Curie?

Dejemos que nuestras abuelas canten loas acerca de nuestros valores, desconfiemos del que cacarea permanentemente sus descubrimientos, no entremos en el circo mediático del éxito y el fracaso, hermanos de muy mala leche que nos engañan con numeritos, flashes y alfombras rojas que duran lo que un suspiro cuando no están sustentados por una coherencia, un trabajo y una pasión. No hay fama más efímera que la que construye el vanidoso pavoneo de la adulación y la pleitesía de seudoadmiradores con alma de figuretis, que forman el coro de fantoches que entronizan falsas deidades con más cirugías que talento, demagogos politiqueros y gurús de la paz interior y la luz divina. Esa fama es puro cuento. Vende en el momento, hace millonarios a los que medran con el negocio y son la fosa que sin darse cuenta se cava a sí mismo el vanidoso.

revista@lanacion.com.ar

El autor es actor y escrito

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