ABRA PAMPA, Jujuy. Para llegar a estas mujeres hay que elevarse y parpadear bajo el sol más hiriente del mundo. La recompensa: acariciar el cielo con la yema de los dedos. El sol pega más fuerte en la puna que en cualquier rincón del planeta. Lo dice la ciencia y lo confirma el que vaya más allá de la Quebrada de Humahuaca, ascienda por la ruta 9 los 3600 metros sobre el nivel del mar y se detenga 70 kilómetros antes de la frontera con Bolivia. “Visite Abra Pampa, capital de la puna”, sugiere el cartel verde con letras blancas apoyado a un costado de la ruta. A unos metros, otro letrero avisa al viajero que por aquí andan ellas: Artesanías Warmi, dice alto y con orgullo.
El cartel ha quedado viejo, prehistórico, como esos cerros de vientres repletos de minerales que abrazan el horizonte circular tan puneño. La Warmi es una organización de mujeres collas que nacieron como tejedoras. Hoy dispone de un pool de empresas: cyber, estación de servicio, restaurante, chinchillero, curtiembre, barraca y un sistema bancario excepcional.
En esta meseta árida donde el polvo tapa la nariz y reseca los labios, se esculpió uno de los escenarios más olvidados de la patria. El viento de la crisis le pegó antes, con fuerza. Y aquicito, en Abra Pampa, “las Warmis” están entre los actores más ágiles y fértiles. Mírenlas: con una mano acomodan el sombrero negro y con la otra sostienen el celular plateado; tejen empresas, batallan como si la tierra y el medio ambiente fueran la extensión de su piel. No es un cuento de hadas: es una historia de supervivencia extrema hilada entre olvidos y atropellos; entre trabajo, identidad y poder.
Hoy, esta organización cuenta con 3600 socias y socios en 79 comunidades aborígenes. Poder social, económico y financiero. Poder a la manera de los habitantes ancestrales es un concepto tan alto que se ejerce desde muy abajo. Y en manos de unas mujeres a las que unos agradecen y otros critican, unos temen y otros consultan. La Universidad de Harvard invitó a la líder de esta ONG, Rosario Quispe, a contar esta experiencia en la Conferencia Internacional Bridge Builders 2007. Fue elegida entre líderes sociales del mundo para transmitir su saber a estudiantes y académicos. Por estos días está allí, en los Estados Unidos, entre expertos de todos el mundo.
Made in la puna
Al llegar a la estación de servicio de Abra Pampa y cargar combustible la W enorme, pintada como logo en los surtidores, desconcierta.
“Señorita, ¿qué combustible es esta marca W? ¿Es muy malo?”, pregunta un don.
Alberta Llampa es una de las playeras y hace cuatro años, desde que la Warmi compró la estación, que explica lo mismo. Es un combustible normal y la W es por la Warmi Sayajsunjo, la organización dueña. El nombre significa mujeres perseverantes. Alberta tiene el rostro del color de la chicha, ojos grandes como lagunas, chaleco polar naranja, gorro con visera, aros hippies, el pelo oscuro en una cola de caballo. 36 años, séptimo grado y siete hijos, todos en la escuela.
“La mayor quiere ser médica”, cuenta mientras carga los tanques como si toda la vida hubiera hecho eso. Pero no. Tuvo días de hijos en el comedor municipal y noches rogando: “Ojalá algún día pudiera hacerles la comida, no tener que depender”. Cuando se acercó a la Warmi se puso a tejer. A aprender cómo obtener la fibra y qué pulóveres vender. “Después Ña Yosario me ofreció si quería ´tar como playera”. Se ríe: “¿Cómo no voy a poder mantener a mis hijos y hacerles de comer?”
En la estación de servicio hay un pequeño restaurante donde Dominga Benicio y Norma Aguilar dan de comer a turistas y camioneros. Té de coca, empanaditas de queso, poio, carne, fideos amasados, lomitos completos. Dominga se estrena como cocinera y trabajadora puertas afuera en el restaurante Warmi. Tiene 45 años y es tan tímida que se tapa la cara con las manos.
Crió a sus seis hijos en las minas donde trabajó su esposo. Cuando fueron cerrando, “ia le conocí a ña Rosario y me invitó a participar. Hacimos yeuniones. El finao de mi esposo me mezquinaba y no quería que yo fuera líder. Así que más antes no pude, pero haci 3 años que falleció”.
–¿Algo en su vida cambió a partir de participar en la Warmi?
–Mucho. Me dio ideas para salir adelante, armar proyectos. Gracias a ellas pude llegar a como estoy. La Warmi da proyecto, nunca regala. Es mejor que los políticos, que nos compran por mercadería. Acá lo que ti dan hay que devolverlo.
–¿Qué es lo más importante que aprendió?
–A nunca ser como las gallinas: a no esperar que caigan las cosas de arriba.
La pelea del plomoEntre la estación de servicio y el galpón que es la sede de la Warmi hay un kilómetro. Parece más. Será que no hay árboles, o que cada paso recuerda la falta de oxígeno. El corazón se acelera. En el paisaje semidesértico todo luce extremo. De día un sol enceguecedor y de noche un frío a combatir con cinco frazadas (en verano), porque por la puna corre el gas para todos lados menos para arriba.
El aire está enrarecido y dicen los lugareños no es la altura ni la falta de agua. El tema caliente es la montaña de plomo abandonada hace más de 20 años por la fundidora Metalhuasi. La visión de esos restos en pleno centro infunde tanto miedo y bronca como los resultados de los análisis que se han realizado a la población, especialmente a los niños. Tienen niveles alarmantes de plomo en la sangre. El intendente de Abra Pampa, Herman Zerpa, quiere limpiar la zona. Las damas de la Warmi también están preocupadas.
Las paredes amarillas de su sede resaltan en la crudeza del paisaje. Tiene salones amplios para los socios que bajan de los cerros a hacer cuentas o a capacitarse. La oficina es pequeña y la custodia una estampita de San Cayetano. En las paredes, el cronograma con las actividades 2007, los diplomas y premios que ganó la fundadora de la Warmi, Rosario Andrada de Quispe. El cartelito de la AFIP. Una computadora y una estantería de carpetas catalogadas con obsesión. Sentada a un escritorio Rosario habla por su celular con un funcionario porteño.
“Es asqueroso y hoyoroso, doctorcito”, dice ella, pura soltura y tranquilidad, jugueteando con el pañuelo de gasa anudado a su trenza. Toma nota de los datos que le van pasando del otro lado de la línea. Parece una alumna aplicada.
La conversación se pone intensa: “Mire doctorcito, si trasladan el plomo a otra comunidad, no lo vamos a permitir. Ahí viven familias. Nadie las ha consultado, como obliga la ley. Si le parece, ya me voy a Cangrejillos, pregunto a la gente si saben algo, y usté me llama a la noche”.
Rosario sube a la camioneta que maneja su marido, Alfredo, y sale para Cangrejillos, una comunidad de 700 habitantes a un par de horas de Abra Pampa. En el camino me explica que todos quieren que esos restos se vayan de Abra Pampa. Pero no está claro hacia dónde ni cómo se hará.
Las distancias engañan en la puna. Recorrer 30 km puede llevar dos o tres horas por caminos de ripio y traca traca. Aventurarse tiene riesgos: cualquier desperfecto, y uno queda varado en ese paisaje que se replica. Una inmensa nada, cerros descomunales y a veces un puñado de casas de adobe. Una iglesia blanca. Si no fuera por las frazadas multicolores extendidas al sol en esos caseríos ocres, uno, tan occidental y urbano, pensaría que están abandonados. El camino es bello y monótono. Solitario. Olvidado. Traca traca. Uno se pregunta cómo es que esta gente ha llegado acá. Nunca estuvo más claro que viven en estas tierras desde tiempos inmemoriales. Si fuera por estos caminos, segurían incomunicados. Ovejas, cabras, algunas pastora a lo lejos, vicuñas atléticas, una bicicleta tras dos horas de viaje, tres burros, llamas asustadizas.
En esos pueblos hay señoras de dedos gastados que recuperaron el tejido agrupándose en la Warmi, como Ernestina Alejo en Alfarcito o Martina Callata en Rinconadilla. Ellas cuentan que los jóvenes ahora se quedan. Que tejen, venden al turismo, en Tilcara o Purmamarca. En otras comunidades la gente se queda porque hay emprendimientos exitosos, como el criadero de truchas de la familia Morales. O Sal Puna, en manos de la comunidad aborigen de Cerro Negro. Es una empresa comunitaria que extrae sal de las salinas, la procesa y la comercializa. Da trabajo a 14 jefes de familia. Paga los sueldos, pero las ganancias son de la comunidad que decide su destino. La Warmi ayudó a ponerla en marcha con créditos, capacitación y seguimiento. Rosario Quispe dice que es la empresa de la que se siente más orgullosa.
Pasamos por Puesto del Marqués, el pueblo donde ella nació. La cara se le llena de la niña pastora que creció en esos cerros como lomos de elefantes. Ahí recibió las lecciones clave de labios de su abuelo. El hombre le hablaba de valores: respeto por la Madre Tierra, por los mayores, ser comprometido, ser solidario, ser honesto, ser digno y llevar bien la vida. Los valores collas que inspiran la Warmi.
“Si no tenemos eso, hija, entonces no tendremos ni para comer”, le decía. Y aunque Rosario partió a los 8 años de ese pueblo, cuando su padre consiguió trabajo en Mina Pirquitas, las palabras se le grabaron como estrellas.
Pastora de sueñosLa vida de Rosario Quispe es una nota aparte. Tan inseparable de la biografía de la Warmi, como de la historia puneña. A los 19 años, Rosario conoció a Alfredo Quispe, empleado de Mina Pirquitas. Se casó y parió al primero de sus siete hijos. A esa edad ella ya había probado suerte en las ciudades, como empleada doméstica. Regresó a Pirquitas. Conoció a los curas de la Organización Claretiana para el Desarrollo (Oclade), como el padre Pedro Olmedo, (hoy obispo de Humahuaca). Se unió a ellos. Cuando Pirquitas cerró, la familia Quispe se mudó a otra mina: Pan de Azúcar. Años después, también cerró. No hubo adonde ir y la prole se refugió en Abra Pampa. Rosario consiguió trabajo en un proyecto para promoción de las mujeres. Se internó en los caminos traca traca y supo que las damas de la puna se quedan solas. Los maridos se van: al tabaco, a la caña de azúcar, a la mina. A ellas les toca ponerse de pie y levantar la cosecha, aunque estén enfermas. “Vi tanta miseria y supe que si continuábamos así, íbamos a morir de hambre”, dice Rosario. Lo que sigue amenaza con ser leyenda.
“Fue llegar a Abra Pampa y darnos cuenta de que, al contrario de lo que creíamos, no había nada. Nos juntamos muchas mujeres para ver qué hacer. Nos reuníamos en mi casa. Armamos talleres de artesanías y las vendimos en una muestra en Tilcara. Empezamos a juntar plata, a comprar mercadería la una para la otra. Yo iba a Villazón a buscar telas. Unas cortaban, otras cosían y vendíamos. Nos invitaron a encuentros de mujeres a Buenos Aires. Llevábamos artesanías y para llegar a tiempo pasábamos noches sin dormir. En 1995 nos pusimos Warmi Sayajsunqo, que en la lengua quechua de nuestros abuelos significa mujer perseverante. Esa manera de convivir, las alegrías y las tristezas, el estar juntas y apoyarnos, ha hecho que cada vez fuéramos más.”
De cómo no caerse del mapaLa primera batalla de la Warmi fue la salud. El cáncer de cuello de útero estaba matando a las collas, entre ellas a la tía de Rosario. Mientras la sobrina se hizo cargo de esos hijos huérfanos, un médico se ofreció como voluntario, y trabajó con la asociación. Llegaron más gentes y algunas notas periodísticas. En 1997, un suizo llamado Stephen Schmidheiny, presidente de la Fundación Avina, quiso premiarlas. Le dijo a Rosario que pidiera un deseo.
–“Quisiera que mi pueblo pueda vivir del trabajo digno, sin ser esclavos de nadie, con su identidad y cultura, como nuestros abuelos”. El hombre le dio el apoyo financiero.
Rosario recurrió a dos personas que había conocido en Oclade: Agustina Roca, técnica en antropología, y Raúl Llobeta, economista. Se internaron en las comunidades, escucharon a las familias, sus problemas y sus ideas de futuro. En 2001, cuando la Argentina caía del mapa, la Warmi tenía un exitoso Programa de Desarrollo Aborigen. Las comunidades estaban enlazadas por un sistema bancario de microcréditos o fondos comunales, en manos de los socios. Con este sistema y sus líneas de crédito y microcrédito (que van desde los 10 pesos para una situación de urgencia hasta los 30.000 para empresas aborígenes), ha entregado más de 1.400.000 pesos en más de 2.000 préstamos, la confianza como garantía.
“Cada tanto alguien se atrasa con los pagos. Pero no tenemos ni un incobrable”, dice Florinda Condori, una de las tesoreras de la administración central.
“La gente fantasea que los que trabajamos acá tenemos un sueldazo o manejamos mucha plata. Pero la transparencia y la rendiciones son implacables”, comentan Sara Mendoza y María Figueroa, dos jóvenes jefas de sus hogares y promotoras de la Warmi.
La organización ya se autosustenta económicamente gracias a sus empresas. Hace alianzas estratégicas, como la que posibilitó, tras años de esfuerzo, que en el hospital de Abra Pampa se construyera un pabellón para la maternidad.
Para tener cuentas claras, el dinero está en manos de dos tesoreros (kipus) de cada comunidad, donde siempre debe participar por lo menos una mujer.
“En la puna la mayor carga la lleva la mujer. Es más fuerte y responsable. No tengo problema en que la decisión esté en manos de ella o él. Pero la plata se la doy a ella. Cuida más las cosas, no negocia con la dignidad”, dice Rosario.
La cuestión es tan seria que el reglamento aclara: los cargos directivos quedan reservados a las damas, aunque los varones se hayan integrado a la organización. René Calpanchay vino de Susques, inquieto por la regularización de las tierras aborígenes, a tocar la puerta de la Warmi. Desde 2003, René trabaja como miembro del equipo estratégico. “Coincidimos en el tema de los sueños que tenemos con todas las comunidades. Vivir del propio trabajo, como vivían nuestros abuelos, y en armonía con la naturaleza”, dice René.
Esto que suena tan bonito, en la práctica es una guerra silenciosa. El manejo de los recursos naturales y la regularización de las tierras que les pertenecen son sus dos cruzadas. La minería a veces avanza más allá de los derechos que resguarda la Constitución a los pueblos originarios.
Pero la Warmi es poderosa. Dos días después de aquella conversación entre Rosario Quispe y el doctorcito por el tema del plomo, varias camionetas estacionaron frente a la sede amarilla de la asociación. Eran funcionarios del área de minería de la secretaria de Medio Ambiente de la Nación y miembros de otras organizaciones civiles. Doña Rosario estaba masticando una hojita de coca, se puso crema en las manos y mandó a comprar gaseosas para una veintena de personas. La reunión se hizo en el salón donde las Warmis venden los tejidos. “No se preocupen, que aquí estamos bien organizados”, les dijo Rosario, y remató la frase con una de esas carcajadas tan suyas.
La líder no pierde jamás el sentido del humor. Pero el año pasado, contará en otro momento con la voz muy baja, fue bien duro. Hubo varias muertes. La Warmi estuvo ahí con su tristeza y organizando el velorio, los preparativos, los cajones. Las administradoras pasaron unos meses sin cobrar.
Le pregunto a una de ellas, Mirta Andrada, cuál le parece el mayor desafío entre tantas luchas. Ella responde: “Uno se va adaptando a estar al servicio de la gente. Es como que alguien te da algo y es algo especial. No es difícil si estamos juntas. Siempre salimos adelante. Feo es cuando no hay unión.”
A unos metros Rosario habla por celular con su nieto y le dice que el lunes lo irá a visitar. Hoy es sábado, le toca estar en Abra Pampa en el bautismo de Lautaro. Pero también llevarle flores a su madre al cementerio, pasar por la procesión de la virgen de la Candelaria, preparar la charla que dará en la Universidad de Harvard –invitada por John Kennedy School of Government– y hacer 200 empanadas para el bautismo.
–¿De dónde saca fuerzas?
–Del trabajo. Siempre estoy pensando qué vamos a hacer y a discutir mañana. El “no se puede” no existe. Voy y hago. Si me siento mal, me pongo dos minutos al sol y listo.
–¿La han tentado desde la política?
–Sí, todas las elecciones. Pero le sirvo más a la gente donde estoy. Si algún día los collas pudieran hacer un partido distinto del tradicional que hay, los apoyaría. Si hoy decidiéramos armar un partido, te aseguro que ganamos. Pero tendríamos que capacitar a muchos jóvenes con una cabeza distinta de lo que es la política: trabajar para el resto de la gente. No vale la pena quemarse hoy.
En la cocina, mientras repulgamos empanadas entre varias mujeres, me cuentan del proyecto de hacer varias Warmi descentralizadas en doce comunidades aborígenes, que a sus vez agrupen a otras. Que este año empezarán a trabajar en turismo con Argentina, Chile y Bolivia. Que hay inversiones fuertes del ministerio de Desarrollo, la IAF, el BID, Avina.
Le pregunto a Rosario por las críticas que le hacen a la asociación: una de ellas es que trabaja con familiares (“pero claro, no puedo tener gerentes en cada empresa porque nos fundimos, todo es muy transparente”). Me cuenta que la hace feliz el hecho de que su marido la acompañe. El es el chofer que conduce la camioneta casi las 24 horas. “¿Te imaginás lo que hubiera sido mi vida de otra manera, tantas horas viajando?” El día que él pasó a ser empleado de la Warmi, ella renunció a tener un sueldo en la organización.Trabaja ad honorem y sólo cobra por proyectos puntuales.
–Preferí perder plata. No iba a perder a mi familia. Todo esto es mi vida. Estoy agradecida a Dios por el compañero que me dio.
–¿Qué es la Warmi ?
–Algo que nos debe servir para ser libres. Para que nadie tenga que depender ni de la Warmi.
Ariel, uno de los hijos de Rosario, cuelga globos y ella comenta que cree que su hijo, que padece un retraso mental, ha sido afectado por el plomo. Una nena me enseña a doblar las servilletas. La cuestión colectiva es el valor que las atraviesa como sociedad, en los bautismos, en los velorios, en la organización. Después de la fiesta nadie se retira hasta que los pisos están barridos, los papeles en la basura y la cocina, impecable. Rosario enjuaga, y seca platos y vasos. Acomoda los repasadores antes de apagar la luz y cerrar la puerta. Casi seguro alguien la espera.
Por María Eugenia Ludueña
Colaboró con la investigación: Felicitas Tedeschi.
"El proyecto que dio origen a este trabajo fue el ganador de las Becas Avina de Investigación Periodística. La Fundación Avina no asume responsabilidad por los conceptos, opiniones y otros aspectos de su contenido”
Estados paralelosAbra Pampa tiene 14.000 habitantes –todos collas–, una patrona, Nuestra Señora del Rosario, un slogan municipal –“Cada uno debe producir por lo menos lo que consume”– y un intendente llamado Herman Zerpa. Zerpa trabajó en la Cooperativa Puna, otra ONG crucial en la región. Amable, de traje y corbata, conversa con LNR: “En Abra Pampa no hay piqueteros. Creo que han sido contenidos por muchas organizaciones”, dice.
–¿Por qué en la puna hay tantas organizaciones de la sociedad civil?
–Quizás porque trabajamos en grupo, más allá de las peleas. Nuestra raza nos ha permitido trabajar en comunidad, tener una mirada común. Hubo un momento, cuando cerraron las minas, que todos se vinieron a vivir a Abra Pampa. No había trabajo ni vivienda ni animales. En esa coyuntura nos juntamos y capacitamos, por ejemplo, en la Cooperativa Puna.
–¿Cómo ve el trabajo de la Warmi?
–Algunas instituciones de Abra Pampa hemos construido estados paralelos, armando planes de capacitación, creando trabajo y desarrollo local.
–¿Y a Rosario Quispe cómo la ha visto evolucionar como líder?
–Siempre ha sido muy trabajadora. Trabajamos juntos en la Cooperativa Puna. Tiene una forma de conducir muy particular. Lo que le critico es que desprecia la política, pero recurre al Estado para buscar financiamiento. La política debe volver a ser buena palabra.
Un modelo de organizaciónPor Sebastián Tedeschi
La Warmi es un modelo de organización. Desde Cohre(Centre on Housing Rights and Eviction) asesoramos su lucha por el reconocimiento de su derecho a la tierra y a la participación en los recursos naturales. Pudimos compartir con ellas la victoria en el fallo judicial de los tribunales provinciales que les reconocieron sus derechos e intimaron al gobierno provincial a entregar la totalidad de los títulos colectivos de sus territorios antes de junio de 2007.
La construcción colectiva y democrática que han emprendido es una referencia para las organizaciones sociales. Lo que las diferencia de otras agrupaciones es su preocupación por los procesos internos, su buena lectura sobre el ambiente político y social provincial, su apertura para el debate, su sustentabilidad económica y política basada en el protagonismo de sus integrantes y en la autonomía frente al Estado, las ONG que las apoyamos y las agencias que las financian.
Coordinador del Programa de las Américas de Cohre (Centre on Housing Rights and Eviction)
A los ojos de JesúsJesús Olmedo es el párroco de Abra Pampa y conoce a Rosario Quispe desde que ella se formó como animadora cultural en el movimiento Oclade (Organización Claretiana para el Desarrollo). “Siempre tuvo muchas inquietudes. Hubo un momento que rompió con la Oclade. Quería ser ella y sus mujeres de la puna –recuerda el padre Olmedo–. Lo valioso es que no ha caído en la trampa de los líderes políticos o sindicales. El valor más grande de Rosario es que no se lo ha creído, sigue siendo la Rosario colla de siempre, humilde. Mantiene su actitud de luchar por la gente, con su gente, y acá”.
-¿Por qué la filosofía Warmi arraiga tanto en la puna?
–Ya era hora de que las personas que han nacido, vivido y sufrido en estas tierras sean los protagonistas de su historia. Los emprendimientos y proyectos que promueve la Warmi son una forma concreta da canalizar la supervivencia por la vida y la lucha por la tierra. Con esa orientación la gente se queda y vive de su hábitat.
La importancia de perseverarPor Carlos Martínez Sarasola
Carlos Martínez Sarasola es antropólogo, director de la Fundación Desde América y autor de Nuestros paisanos los indios.
En cifrasLa Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI), que realizó entre 2004 y 2005 el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (Indec) dice que en nuestro país viven 485.460 aborígenes. Se trata de resultados parciales. Cifras del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa) hablan de 1.011.600 personas que se reconocen aborígenes. La mitad de ellos habitan en ciudades. Y 200.000 se asumen kollas, la etnia con más peso de las 31 que se registran en el país. El INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas) no está autorizado a dar opiniones oficiales a la prensa. Depende del Ministerio de Desarrollo de la Nación, donde a pesar de insistentes llamados, no se han ofrecido datos en los últimos tiempos.
Ciudadanas del mundoDesde hace varios años, Agustina Roca, jujeña y técnica en antropología, acompaña el trabajo de la organización Warmi. Ella distingue diferentes etapas: “Primero fue el hambre, la desesperación, la urgencia de generar recursos. Después se sumaron los temas indígenas y el reclamo de los derechos ciudadanos”, explica Agustina Roca. Según ella, uno de los puntos más destacables de esta experiencia es “el ejercicio de la ciudadanía de estas mujeres. No piden limosna sino ser tratadas como ciudadanas, con equidad de acceso a servicios de salud, educación, oportunidades laborales y de negocios, y respetadas en su cultura e identidad. Estos dos aspectos son complementarios, el primero se refiere a los derechos humanos básicos y el segundo a los derechos colectivos como pueblo indígena”. Los avances están a la vista.
Han dejado de ser excluidas del sistema para aprender a manejar herramientas legales y a defender sus recursos naturales. Es una batalla menos mediática y más silenciosa que la de Gualeguaychú, pero igualmente crucial. “Siguen dando contención y asistencia allí donde debería estar el Estado, pero han avanzado sobre la agenda pública de la provincia en el tema indígena y se han insertado como un actores fuertes. Hace cinco años todavía se debatía en Jujuy si existían aborígenes”, señala Roca. Y adelanta que los principales desafíos para el futuro son insertarse en el mundo a través de emprendimientos relacionados con el turismo, y medios de comunicación propios.
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