Angel Cabrera, con la copa en su poder, bromea con su vencido, nada menos que Tiger Woods, número uno del mundo Foto: AP
Estas hazañas sólo cobran su verdadera dimensión con el trancurso del tiempo. Una conquista como la de Angel Cabrera en el 107° Abierto de los Estados Unidos, el desafío más difícil de este deporte, sólo muestra su real valor cuando se toma distancia de ella. El 15 del mes próximo se cumplirán 40 años del que, a partir de ayer, es el otro gran hito del golf argentino: el triunfo de Roberto De Vicenzo en el Abierto Británico. Y todavía se le sigue rindiendo tributo a ese logro. Como aquel del Maestro, el éxito del Pato en Oakmont, en Pensilvania, pasará a ser inmortal, recordado por siempre y fuente de inspiración permanente. Y ya no le pertenecerá totalmente a Cabrera, porque el golf argentino y el deporte en general lo tomarán como propio y lo exhibirán con orgullo.
Cabrera plantó la bandera argentina en el torneo insignia de la nación que domina este deporte. El US Open es un acontecimiento especial para los amantes del golf en los Estados Unidos, y por eso cada año casi 10.000 jugadores se inscriben para tratar de ganarse un lugar entre los 156 privilegiados y más de 80.000 personas lo siguen golpe a golpe en la cancha. Allí surgió la figura del cordobés de Villa Allende, para dar una lección de solidez y valentía en la última vuelta, y resistir la doble presión que significan tener al alcance de la mano el primer título de Grand Slam y discutirlo con Tiger Woods.
"Angel jugó una vuelta fantástica, y nos puso mucha presión a Furyk y a mí", dijo el N° 1 del mundo. Y esas palabras elogiosas sirven para describir lo que demostró Cabrera ayer. Con su actuación, con la soltura que mostró para encarar los últimos 18 hoyos, les transmitió el peso de la responsabilidad a dos rivales de la trayectoria de Tiger y Jim Furyk.
Esta era la semana de Cabrera. Hacía falta que su notable potencial se combinara en tiempo y espacio con el estado de ánimo justo para ganar una competencia de esta envergadura. El Pato había confesado que en Oakmont se enfrentaba a la cancha más difícil de su vida; interiormente, sin embargo, sabía que estaba en condiciones de domarla. La tercera vuelta pareció apagar su ilusión, porque no sólo perdió la punta del torneo, sino que quedó a cuatro golpes de Aaron Baddeley. Pero ayer, Cabrera tuvo señales positivas desde el principio. Su primer drive, potente, derecho al fairway, le demostró que tenía con qué dar pelea, y el triple bogey del líder en el hoyo 1 lo puso en igualdad de condiciones con el resto de los que pelearían por el título. El Pato decía que con un recorrido bajo el par estaba para ganar...y no se equivocó.
Jugó en gran forma los primeros nueve hoyos, que eran fundamentales para sostener sus aspiraciones. Terminó bajo el par, con tres birdies (4, 5 y 8), el último, en el par 3 de casi 300 yardas con un putt notable de unos cuatro metros, y dos bogeys (6 y 9). Se afirmó con otro birdie en el 11, y en el 15 definitivamente anunció que le apuntaba al título: salió con la madera 3 y a pesar de quedar en el primer corte antes del rough, a la derecha, sacó un approach notable que estuvo a punto de meterse en el hoyo. Ese birdie le dio tres golpes de ventaja sobre Tiger y Furyk, pero lo más complicado apenas estaba empezando. Quedaba el tramo decisivo, donde la tensión llega al límite.
Furyk arremetió con tres birdies consecutivos, y Cabrera se metió en problemas en el 16 y 17 (bogey), por lo que los tres golpes de ventaja se esfumaron y la punta quedó compartida. El Pato se concentró entonces en terminar lo mejor posible, y lo logró: pegó un drive impresionante en el 18, y estuvo a punto de hacer birdie desde cuatro metros antes de recibir una ovación de la gente, que premió su coraje para pelear por el triunfo. Cabrera puso el score de 285 golpes (+5) en el tablero, y se sentó a ver lo que hacían sus rivales en los últimos hoyos. Furyk hizo bogey en el 17 y, quedó fuera de combate porque no tuvo chances de birdie en el 18. Tiger, aun con imprecisiones, luchó como sólo él puede hacerlo. Embocó putts muy comprometidos en el 16 y 17, y en el capítulo final no pudo alcanzar el birdie para forzar el desempate. A unos metros de allí, la TV le confirmaba a Cabrera que ya nadie le podía quitar el US Open, y el sueño comenzaba.
Angel Cabrera será a partir de hoy una nueva personalidad en el mundo del golf, y a cada paso tendrá testimonios de ello. Por lo pronto, su triunfo le asegura jugar el US Open por 10 años, además de darle un lugar en los otros tres Majors y el el PGA Tour por cinco temporadas.
Por Fernando Pedersen
De la Redacción de LA NACION