Cañete, en su casa del barrio Pueblo Nuevo, espera que se normalice el trabajo en el frigorífico Foto: Mario García
ROSARIO.- Tiene miedo y no le da vergüenza admitirlo, aunque cuando lo dice mira al piso, se restriega las manos, hace un largo silencio.
"No es por mí, es por las nenas que, aunque son chicas, se dan cuenta de lo que me pasa. El otro día la mayor, cuando vio que no había gaseosa para el almuerzo, me dijo. «Estamos probres, papá»."
Adrián Cañete tiene 32 años, esposa y dos hijas, Agustina, de 11, y Micaela, de 6. Trabaja en el Frigorífico Swift, donde trabaja "chaqueando", es decir, limpia a cuchillo los cortes de res. Y desde que se suspendieron las exportaciones de carne su horario laboral se redujo y también su salario.
"Estoy muy preocupado, porque la cosa viene para largo y por lo que estamos viendo se puede poner peor en los próximos días", confiesa a LA NACION y, sin poder ocultar su nerviosismo, añade: "Yo ya pasé por esto hace unos años y fue muy duro; no quiero que vuelva a pasar, no me la banco".
Cañete vive con su familia en Pueblo Nuevo, en la casa que era de la abuela de su esposa, a una cuadra del frigorífico. En el barrio, la gran mayoría de los hombres se ganan la vida como obreros de la carne. En la calle, en los negocios, en el club se respira la incertidumbre.
"Yo no entiendo nada de política, no tengo idea de quién tiene razón, si el Gobierno o el campo, pero de lo que estoy seguro es que con esta pelea pierde la gente, como siempre", enfatiza Cañete. En las últimas elecciones votó a Cristina Fernández, aunque ahora duda de si hizo bien en hacerlo. "Espero que la Presidenta se dé cuenta de que nos tiene que ayudar, que no nos puede dejar desamparados."
ChangasPese a la inquietud que siente por estos días, Cañete confía que la situación se va a mejorar. "Mi mujer me dice que me quede tranquilo, que los problemas se van a resolver y que todo va a volver a ser como antes -cuenta-, pero yo no sé, tengo fe, pero también miedo."
Desde que se desató el conflicto, el frigorífico redujo el horario de los trabajadores, Cañete trabaja por las tardes en el taller de herrería de un amigo. "Es una changa que me deja unos pesos. Corto caños, hago soldaduras, lo que venga", explica.
Y sigue: "Mis compañeros están en la misma. A los que les sale una changa la hacen; los que tienen moto hacen delivery y los que tienen auto lo ponen como remise. Todos salimos a pelearla. Aunque las cosas están jodidas, nadie se queda en la casa esperando que las cosas mejoren".
En un esfuerzo por contar lo delicada de su situación, Cañete dice que lo que gana no le alcanza para pagar las cuentas. "Además de cobrar menos, las cosas en el supermercado están cada vez más caras", se lamenta.
"Si esto no se soluciona pronto no sé cómo nos las vamos a arreglar. Por suerte la familia nos ayuda, si no, no sé qué haría."
Por Ricardo Luque
Corresponsal en Rosario
11.05.0817:27
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