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Viajé los 490 km entre Loja y Cuenca con un sol espectacular, y apenas me bajé del colectivo y salí de la terminal, se largó a llover. Pero como descubrí en Loja, la sierra ecuatoriana es así: llueve, se nubla, sale el sol, llueve... Así que sin preocuparme demasiado por un poco de agua, me tomé el transporte público hasta el centro histórico de la ciudad y me bajé a pocas cuadras del hostel. Empecé a caminar en busca de la calle Luis Cordero y me pasó algo entre raro y gracioso. Había una mujer parada en una esquina, sosteniendo un paraguas; me paré al lado y mientras esperábamos que el semáforo se pusiera en verde, me preguntó adónde iba. Al principio la miré con un poco de desconfianza y no le di mucha información, solamente le dije que estaba yendo para mi hotel (lo cual era obvio porque estaba cargada de cosas), pero no di nombres ni direcciones. Le pregunté por qué y me dijo: "Es que yo voy hasta la Luis Cordero y tal vez podíamos caminar juntas hasta ahí". Fue demasiada casualidad. Durante las tres cuadras me preguntó todo acerca de la educación en Argentina y me contó un poco sobre la de Ecuador, después yo entré al hotel y ella siguió su rumbo, como si nada.
Cuando paró de llover salí a caminar por las callecitas de piedra de esta ciudad colonial, considerada la capital cultural del Ecuador. El centro de Cuenca se podría recorrer en pocas horas, pero hay tantos museos, iglesias, parques, edificios y lugares para ver, que la caminata se interrumpe constantemente. Al fondo de cada calle hay una construcción colonial, incluso los hoteles, restaurantes y bares están construidos con el mismo estilo arquitectónico. Existen cuatro "rutas" para hacer en el centro de Cuenca: la ruta de los museos, la de las galerías, la de las iglesias y la ruta artesanal, cada una con muchísimas y variadas opciones. Pero no todo se reduce al centro: se puede caminar bordeando el Río Tomebamba o el Yanucay, o se puede observar la ciudad en miniatura desde cualquiera de los dos miradores.
Hay, además, varios atractivos a pocos minutos de la ciudad. A 35 km hacia el oeste está el Parque Nacional Cajas, ubicado a más de 3000 metros de altura. Cajas viene de la palabra quechua caxas, que significa frío (¡por algo tiene ese nombre!), aunque también se dice que el nombre de este Parque se debe a su geografía: hay más de 200 lagunas y todas están contenidas en "cajas" formadas por la tierra. En estas 28 hectáreas de tierra hay una gran diversidad de flora y fauna y muchísimos bosquecitos escondidos, con árboles de entre 8 y 10 metros de altura. Es ideal para caminar, pescar y acampar, aunque hay que ir preparado para el frío y la lluvia. El paisaje es imponente, el silencio es abrumador y la sensación de soledad es grande. Los bosques parecen salidos de una película de misterio, con sus árboles torcidos, húmedos y llenos de musgo. Otra opción para conocer son las ruinas incaicas de Ingapirca, a 2 horas de la ciudad.
Cuenca es la tercera ciudad más importante del país, así que durante el día hay mucho movimiento. De jueves a sábado hay bastante vida nocturna: restaurantes, bares, discotecas. Por la calle se ven grandes grupos de amigos, de todas las nacionalidades, que van de un lado a otro hasta que deciden en dónde quedarse. Pero los domingos no hay nada que hacer, son pocos los lugares que abren (incluso durante el día) y cuando empieza a caer el sol, casi no se ve gente caminando. El domingo que pasé en Cuenca fue gris y lluvioso, uno de esos días deprimentes que parecen existir en todas partes del mundo. Por suerte esa mañana me topé, de casualidad, con el cierre musical del Festival del Acordeón, parte del homenaje por los 451 años de la fundación de Cuenca. Así que me quedé toda la mañana en el Parque Central disfrutando de la música.
A lo largo del viaje fui cruzándome con viajeros que vienen a Sudamérica para trabajar como voluntarios en distintos países y proyectos. En Lima conocí a un grupo de estadounidenses, canadienses y británicos que estaban ayudando a reconstruir Pisco tras el terremoto de agosto del año pasado. En Cuenca conocí a Jack y a Mark, un australiano y un californiano que están viviendo hace 4 meses en Guayaquil, en casas de familias ecuatorianas. Ellos forman parte de una organización internacional y se dedican a trabajar con chicos de la calle en los barrios más pobres de la ciudad: les enseñan, juegan, los acompañan. Ambos son parte de un grupo de jóvenes voluntarios, de entre 18 y 22 años, que vienen de países como Holanda, Noruega, Alemania, Estados Unidos, Dinamarca para ayudar. No reciben ninguna remuneración monetaria, pero su premio es mayor: durante varios meses tienen la oportunidad de insertarse en otra cultura totalmente distinta, conocer gente de todas partes del mundo y enriquecerse con las experiencias de trabajo.
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Vivir 100 años es posible, especialmente para los habitantes de Vilcabamba. Este pueblito, ubicado a 41 km al sudeste de Loja y a 1500 m.s.n.m., ostenta varios mitos que le dan una mística especial: entre ellos, que sus habitantes son los más longevos del mundo y que algunos han superado los 120 años de vida. A pesar de que muchos niegan lo que los folletos turísticos afirman, es imposible no sentir curiosidad por la gente que envejece (o se rejuvenece) en este valle escondido.
Durante la hora y media de viaje entre Loja y Vilcabamba no paré de mirar -discretamente- a la gente que se subía al colectivo en cada parada. Quería conocer a algún habitante de este lugar para corroborar la veracidad (o no) de estas historias. A mitad de viaje se me sentó al lado una señora bastante mayor que me espiaba con ganas de charlar. Me sonrió y me preguntó si iba a Vilcabamba, le dije que sí y le pregunté, ilusionada, si ella era de ahí. Me dijo que no, murmuró el nombre de su pueblo, sonrió otra vez y al ratito se bajó. Después no tuve suerte: todas las personas que se me sentaron al lado no tenían más de 10 años.
Apenas llegué a la terminal me reí maravillada al leer el nombre de la calle principal: Avenida Eterna Juventud. Caminando hacia el hostal me crucé con un "Mini Market Longevo" y con otro puestito "Vida eterna". A cada paso el mito se iba alimentando y mi curiosidad crecía. Recorrí el pueblo en pocas horas. Vilcabamba está formado por un pequeño centro de seis cuadras de largo y seis de ancho: ahí hay un parque central y una iglesia, y varios restaurantes y posadas. El resto son largos caminos de tierra que suben por las montañas y llevan a las distintas casitas dispersadas por las laderas.
No hay demasiado para hacer, y en eso radica la magia de este lugar. Todos los hostales, tanto los de 5 como los de 15 dólares, ofrecen también servicios de spa, masajes, limpieza facial. La comida es de muy buena calidad, casera, sana, y hay muchas opciones para vegetarianos. Se puede andar a caballo, recorrer el lugar en bicicleta, nadar en las piletas o ríos, o simplemente caminar y descansar. La temperatura durante el día es cálida (la media anual es de 20 grados), el sol sale temprano y hay luz hasta las 7. Es el lugar ideal para relajarse, y eso fue lo que hice.
Caminando por el pueblo, sobre todo de mañana, me crucé con muchísimas personas mayores, más que nada hombres. Algunos estaban sentados en la puerta de sus casas, con un sombrero de paja, mirando hacia la nada; otros iban a caballo o cargaban bolsas con alimentos; otros caminaban dando pasos cortitos, ayudados por su bastón; las mujeres andaban por el centro, vendiendo frutas frescas y verduras. Todos, absolutamente todos, dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y saludaban a quien pasara con un sonriente ¡Buenos días! para luego seguir con sus tareas. Intenté adivinar sus edades: físicamente se los veía saludables, fuertes, llenos de energía, pero se notaba que eran mayores de 80 o incluso 90 años.
Desde los años ´60, muchos científicos se han dedicado a estudiar las razones de la supuesta inmortalidad de los habitantes de Vilcabamba. Los más escépticos se aferraron a la teoría de que la mayoría de los ancianos mentía acerca de su edad; otros, en cambio, buscaron explicaciones más lógicas para la eterna juventud de estos hombres. El clima templado, la inexistencia de cambios bruscos de temperatura, la pureza del agua de los ríos y del aire, la comida sana y libre de grasas, el estilo tranquilo de vida y el ejercicio físico que implica el trabajo diario son algunos de los factores que hacen que la esperanza de vida en este pueblo sea mucho mayor. Además, tras realizar varios estudios descubrieron un elemento importante: el agua del río contiene un mineral que previene la osteoporosis y el colesterol.
Muchos ecuatorianos y extranjeros eligen irse a vivir a este pueblo que parece estar congelado en el tiempo. Lee, por ejemplo, es un estadounidense que, después de viajar varios años por Latinoamérica decidió instalarse en Vilcabamba. En este pueblito tiene todo lo que quiere: su mujer ecuatoriana, sus hijos y una paz que no se consigue en cualquier lado. Puso una biblioteca para comprar, vender e intercambiar libros usados con viajeros de todo el mundo. Al igual que Lee, muchos extranjeros se han asentado en este valle y han montado pequeños negocios: alquiler de caballos, de bicicletas, restaurantes, hostales. Sin embargo, todo parece armonizar con el paisaje, se siente que hay un respeto profundo por este lugar.
En Vilcabamba el tiempo pasa despacio, mucho más despacio que en las grandes ciudades, donde el caos acelera la vida y envejece más rápido. En este valle las preocupaciones son otras, el contacto con la naturaleza es distinto, más armonioso, más puro. Tal vez esta gente no viva 120 años, pero no hay duda de que eligen un estilo de vida saludable que los ayuda a mantenerse mental y físicamente jóvenes. Para algunos es la vida ideal, para otros quizá sea aburrido. Lo cierto es que el mito de la longevidad siempre está presente. Una tarde, mientras estaba leyendo, se me acercó una nena de unos 8 años y me contó que al día siguiente era su cumpleaños; sonriendo le hice le pregunta obligada: ¿cuántos cumplís? Se quedó en silencio y mirándome con una cara misteriosa, seria y pícara a la vez, me respondió, sin decir más: MIL.
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Entré a Ecuador con una sonrisa. ¡Ya estoy en el tercer país de mi viaje! Mis últimas horas en Perú habían sido bastante cómicas, especialmente gracias a los taxistas y a los conductores de las combis que me fui cruzando en el trayecto entre Órganos y Aguas Verdes. Cada vez que me iba acercando más a la frontera y debía cambiar obligatoriamente de medio de transporte, aparecía el encargado de la siguiente combi o taxi y, sin dejarme siquiera asentir, sacaba mi mochila de donde estaba y la llevaba automáticamente al nuevo vehículo. Tampoco tenía demasiadas opciones -cualquier turista que esté yendo hacia Tumbes se dirige lógicamente hacia la frontera-, así que me lo tomé con calma y me preparé para cruzar el puente que une (o separa) Perú y Ecuador.
Ya estaba ansiosa por entrar, había escuchado tanto acerca de este país, de sus paisajes, de su diversidad, de su gente. Algunos peruanos que fui conociendo en el camino me dijeron, orgullosos de su gastronomía, que una vez que cruzara el puente me iba a dar cuenta de la diferencia -y superioridad, según ellos- entre la comida peruana y la ecuatoriana. Pero las diferencias que más me llamaron la atención entre estos países vecinos fueron otras.
Apenas entré a Ecuador me pasó algo que, después de estar dos meses en Perú, me resultó bastante extraño: no se me acercó ningún taxista para intentar convencerme de que lo tomara, ningún hombre para cambiarme dinero, ningún agente de viajes para ofrecerme algún tour, nada. Caminé varias cuadras... y nada. En Perú, cada vez que ponía un pie en la calle, donde fuera, se me acercaban en malón: "taxi, taxi, ¡miss! ¡¡taxi!!", "señorita, cómpreme una chompita, tengo gorritos también, pruébese estos guantes...", "niña, por favor, una colaboración para la parroquia", "información sobre tours: Machu Picchu, Valle Sagrado, Salineras, ...", "¡señorita! ¡señorita!". Confieso que me sentí un poco desolada.
Por fin se me acercó un hombre que me preguntó a qué parte de Ecuador quería viajar para derivarme a la empresa de transportes correspondiente. Me quedé mirándolo: qué buena pregunta. No tenía idea hacia dónde ir primero, lo único que sabía era que no quería quedarme en la frontera demasiado tiempo. Las opciones eran varias: Quito (que me pareció muy al norte para empezar), Machala (según me dijeron, un centro comercial similar al fronterizo), Guayaquil (la ciudad más grande del país, una buena opción, pero si me iba directo para el oeste me iba a perder parte del sur de Ecuador) y Loja (provincia al sur, conocida como la capital musical de Ecuador). Así que, como quien hace ta-te-ti, saqué pasaje para Loja. La mujer que me vendió el boleto no podía creer que estuviera viajando sola ("¡qué valiente! ¡tan joven y se va sola!") y después de darme mil consejos al mejor estilo madre ("no camine sola de noche, lleve la mochila de mano siempre adelante, tenga cuidado con los billetes falsos, no hable con extraños, no...") me mandó a migraciones a sellar el pasaporte. Como tenía tres horas horas hasta que el colectivo saliera me fui a caminar un rato por Huaquillas (el pueblo fronterizo).
Ecuador es un país dolarizado, pero para que se den una idea, los precios son los siguientes. El alojamiento (un hostel) está entre 4 y 8 dólares la noche, a veces hasta con desayuno incluido; un menú de almuerzo o cena que incluye entrada, plato principal y bebida o postre está entre 1,50 y 3 dólares; el colectivo de larga distancia hasta Loja (casi 7 horas), 5 dólares; una botella de agua, 25 centavos de dólar. Lo más caro, hasta ahora, me resultó internet: alrededor de 1 dólar la hora. Es muy difícil cambiar un billete de 20, y los de 100 dólares casi ni están en circulación. Todos se manejan con billetes de 1, de 5 y con monedas. Me hizo mucha gracia encontrarme con varios negocios de "Todo x 0,50".
Durante el viaje en colectivo descubrí otra diferencia con Perú: la música. Los conductores peruanos ponían cumbia a todo volumen, una cumbia histérica, pasional, gritona y a veces un poco insoportable. La música que pasaron en el trayecto a Loja fue totalmente distinta. Primero, el volumen: no podía creer que si quería escuchar mi mp3, PODÍA, porque la música del colectivo no me taladraba el oído. Segundo, las letras: en Perú las canciones hablaban de una chica que tenía un novio celoso y que no podía dejar que descubriera a su amante o de otra que pedía que le sacaran la botella de cerveza porque ya estaba demasiado borracha, en cambio en Ecuador un señor muy formal le cantaba a su amada y le decía que era la única en su vida, la luz de sus ojos, su mujer por siempre. Aunque me parece que me pusieron esa música para darme la bienvenida, porque en los colectivos que viajé después volví a escuchar la cumbia de siempre.
En Loja no hay mucho para hacer, no es una ciudad demasiado turística, pero es un lindo lugar para empezar. Estuve un día y medio y seguí descubriendo características de este país. En Ecuador no hay plazas de armas como en cada ciudad de Perú, acá hay Parques Centrales, plazas, placitas, parquecitos y muchas iglesias. El tráfico es más tranquilo, pude cruzar la calle sin que me tocaran bocina o intentaran atropellarme. Los ecuatorianos son amables, siempre saludan con un ¡buenos días! y están dispuestos a ayudar a los viajeros. El clima cambia constantemente: sale el sol (fuertísimo), al rato llovizna, después llueve más fuerte, sale el sol otra vez, se nubla, llovizna... Descubrí también por qué Loja es la capital de la música: todos tocan algún instrumento, la primera mañana me despertó alguien en el hostel que estaba practicando con su tuba (creo que nunca conocí a alguien que tocara la tuba).
Más allá de lo bueno y lo malo, Perú es un país que disfruté muchísimo y que me sorprendió constantemente. Estoy segura de que Ecuador, con sus peculiaridades y diferencias, también me va a encantar.
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La última semana fue bastante movida: en pocos días recorrí más de 1200 km, conocí tres ciudades, varios pueblos y cambié de país.
Después de mi estadía en Lima junté coraje y seguí sola hacia el norte de Perú. Mi primera parada fue Trujillo, tercera ciudad más importante de Perú, a 550 km de la Capital. Decidí quedarme en Huanchaco, uno de los tantos balnearios de Trujillo y, según me dijeron, el más lindo. Huanchaco es un pueblo de pescadores situado a lo largo de la costa del Pacífico, a 12 km de Trujillo; sus principales ofertas son los mariscos y las olas para practicar surf. No hay mucho más para hacer, salvo disfrutar del mar o animarse a navegar en un caballito de totora. Estas embarcaciones hechas de juncos son una tradición heredada de las antiguas culturas Chimúes y Mochicas, antepasados de los pobladores del lugar. Como era temporada baja, no había demasiada gente ni muchos turistas como en verano, pero tampoco estaba desierto. Un artesano me contó que eligió pasar unas semanas ahí porque le hacía bien la tranquilidad del lugar y además era una buena manera de trabajar relajado antes de ir a Cusco para la temporada alta europea. Conocí también a una chica belga que vive y trabaja en Lima y eligió, como muchos limeños, tomarse unas mini vacaciones en Huanchaco. El alojamiento no es más caro que en el resto de Perú: entre 10 y 15 soles la noche (algo así como 3 o 6 dólares), y la enorme oferta de mariscos variaba entre menúes de 2,50 soles a 25 soles.
En la ruta entre Huanchaco y Trujillo está situada Chan Chán, la ciudad de adobe más grande de Latinoamérica, construida por los chimúes, civilización pre-incaica que habitó en el norte de Perú entre 850 y 1470 d.C. Esta ciudad fue capital de un antiguo reino y estaba dividida en tres sectores bien delimitados: el religioso-administrativo, el residencial y el funerario (donde aún se conserva una momia). Lamentablemente, debido a los saqueos y al paso del tiempo, sólo quedan 14 km2 de los 20 km2 originales de esta construcción conformada por 9 ciudadelas. La guía que nos llevó por las ruinas nos explicó la cosmovisión de esta cultura y nos habló de su estrecha relación con el mar y con su deidad principal, la luna. Mientras estábamos parados bajo el sol la guía me preguntó si en Buenos Aires también hacía tanto calor en esta época del año y me contó que Trujillo es conocida como Ciudad de la Eterna Primavera porque su temperatura siempre ronda los 20 grados.
Por recomendación de la belga que conocí en Huanchaco me fui a Chiclayo (200 km al norte de Trujillo) y de ahí a Lambayeque, un pueblo a pocos kilómetros, a conocer el Museo de las Tumbas Reales del Señor de Sipán. Este museo es, en mi opinión, el mejor de los que recorrí en Perú hasta ahora. Su diseño está inspirado en la arquitectura de las antiguas pirámides truncas de los mochicas y en sus tres pisos hay más de dos mil piezas de oro y 13 tumbas, entre ellas la del Señor de Sipán. Esta tumba fue descubierta en 1987 intacta: el gobernante mochica aún estaba enterrado con todas sus joyas, cerámicas y objetos personales. En el museo hay una réplica exacta de esta tumba, tal como fue encontrada, pero lamentablemente no se puede tomar fotografías. Después de visitar otro museo arqueológico, caminando por las callecitas de Lambayeque descubrí la Casa Montjoy, el lugar donde se hizo el primer pronunciamiento de independencia del país. En su momento la llamaron la Casa de la Logia para que las autoridades creyeran que allí se reunían los Masones y no detuvieran al grupo de gente que buscaba proclamar la libertad. Actualmente está vacía y abandonada.
Cuando volví de Lambayeque a Chiclayo (hay 20 minutos en combi de un lugar a otro) me interné un rato en el Mercado Modelo: un enorme mercado montado en medio de la ciudad donde los chamanes y curanderos hacen sus compras. En los cientos de puestitos se puede conseguir desde plantas medicinales, muñecos vudú, piedras energéticas, talismanes, semillas, elementos para ahuyentar a los malos espíritus hasta todo tipo de pociones para atraer amor, dinero, trabajo, salud. Le pregunté al dueño de uno de los puestos para qué servía cada cosa que vendía y él con mucha paciencia me fue explicando. La mayoría de los productos se utilizan en rituales chamánicos en las lagunas de Huancabamba, un pueblito conocido como la Cuna del Curanderismo. Como su papá es chamán, el vendedor sabía de memoria cómo se desarrollaba cada ritual. Uno de los más realizados consiste en lo siguiente: el ?paciente? recibe ropa totalmente nueva y la lleva, junto con lo que tiene puesto, a una de las lagunas; allí se desviste, deja su ropa vieja, se sumerge por unos segundos en la laguna helada, sale y se viste con la ropa nueva. De esta manera ha eliminado toda la energía negativa y puede comenzar una nueva vida, limpio de malas influencias. Entre los productos que ofrecía había muñecos vudú: los de tela negra para alejar a determinadas personas y los de ropa blanca o de color para atraer. En los puestos cercanos había muchos carteles ofreciendo la lectura de manos o de cartas, este vendedor me alertó contra los "charlatanes" y me dijo que un verdadero "brujo" no se acercaba a sus clientes ni ponía un puesto en la plaza, sino que esperaba que sus potenciales clientes se acercaran a él. Me contó que en el Mercado había varios muy buenos y otros que no sabían mucho de lo que hablaban. Como en todos lados.
Ese mismo día viajé dos horas y media a Piura para ir de ahí hacia mi último destino en Perú: un pueblito costero llamado Órganos, 13 kilómetros al sur de la popular Máncora y cada vez más cerca de la frontera con Ecuador. Fui a conocer Órganos por recomendación del artesano de Huacachina, que nació y vivió la mayor parte de su vida ahí. Apenas se entra a este pueblito hay un cartel que da la bienvenida diciendo El Paraíso existe... Disfrútelo. Y así es, la playa de Órganos es ideal: el agua no es tan fría, la temperatura del sol no es demasiado fuerte y el mar es bien bien azul. Este pueblo no está tan explotado turísticamente, aunque durante el verano las casas y bungalows de Punta Velero, la playa más popular de este pueblo, se llenan de turistas. Ahí pasé mi última noche en Perú.
La mañana del sábado me desperté y decidí que era hora de cambiar de país (además ya se me estaba por vencer el permiso de permanencia en Perú). Me tomé una combi hacia Tumbes y en tres horas ya estaba en Aguas Verdes, la última ciudad del norte del país. Crucé la frontera 59 días después de haber llegado a Perú, con 2 kilos más de regalos en la mochila, miles de historias y anécdotas y ansiosa de conocer el próximo país: Ecuador.
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Mientras caminaba por la costa de Huanchaco, un pueblito de pescadores a 12 km de Trujillo, leí un cartel que me preguntaba, consternado: ¿Huanchaco sin cebiche, chicharrón, anticuchos y picarones? Y enseguida pensé qué sería del Perú sin esos íconos populares que hacen famosa a su gastronomía alrededor del mundo. Más allá de su cocina milenaria y mestiza, de su enorme variedad de platos, de sus sabores de cuatro continentes combinados en un solo país, hay ciertas perlitas que uno no se puede perder si viene a Perú. Uno de los platos obligados es el cebiche.
Tengo que reconocer que cuando llegué a Perú, no sabía muy bien qué era el cebiche. Para aumentar mi confusión, noté que algunos restaurantes ofrecían cebiche, otros ceviche, y algunos hasta seviche. Pensé que tal vez cada denominación correspondía a una manera distinta de preparar esta comida a base de pescado y mariscos, pero descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay un nombre que sea el correcto. Algunos creen que el término cebiche proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno.
Más allá de las discordias, todos están de acuerdo en los ingredientes básicos del cebiche: pescado fresco, limón, cebolla roja, ají y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto de cada uno. Un buen plato de cebiche está alrededor de 20 soles (entre 7 y 8 dólares), pero en varios lugares se puede conseguir a 5 soles o incluso menos (de 2 dólares para abajo). El cebiche es parte de la gastronomía de varios países latinoamericanos, pero en Perú no es un plato más, es algo así como el orgullo nacional peruano, y fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.
Para los interesados en probarlo, les dejo una de las tantas recetas. Así como en la mayoría de los restaurantes se ofrece el cebiche, en todos, absolutamente todos lados (léase bares, cines, puestos callejeros, carritos, locales de comida) se vende la famosa chicha morada. Según los peruanos, esta bebida a base de maíz sirve hasta para curar el cáncer. Hay investigaciones que aseguran que el maíz morado tiene propiedades beneficiosas para la salud: ayuda a prevenir enfermedades cardiovasculares, tiene acción antiarrugas y puede ayudar a combatir la obesidad y la diabetes. Se prepara con maíz morado hervido al que se le agrega piña (ananá), limón, azúcar y hielo. Un vaso de chicha morada se consigue a 50 centavos y es considerada la bebida natural nacional. Si hay algo que todos los peruanos van a defender a muerte es que el Pisco les pertenece.
?Decir pisco peruano es una redundancia, el pisco es pisco y es nuestro?, me contestan cuando pregunto si el pisco es peruano o chileno. Este licor tiene su propio día y todo: en Perú, el primer sábado de febrero es el Día Nacional del Pisco Sour. Si bien el pisco se produce desde el siglo XVI, el popular trago conocido como Pisco Sour surgió recién a principios del siglo XX. Este cóctel se prepara a base de pisco, limón, azúcar, huevo y hielo y se consigue por entre 8 y 15 soles (de 3 a 5 dólares), según el lugar. En 2007, el Instituto Nacional de Cultura del Perú declaró al Pisco Sour Patrimonio Cultural de la Nación. Finalmente, no podía irme de Perú sin probar la famosa, y algo extraña, Inca Kola. Esta gaseosa de origen limeño existe desde 1935 y en Perú es más popular que la Coca Cola.
¿Cómo describirla? La primera vez que la tomé me pareció demasiado dulce, como chicle o caramelo derretido y gasificado. Después descubrí que era ideal para contrarrestar el picante de las comidas peruanas y terminé disfrutándola a pesar de su color poco tentador. En realidad es difícil no sentir curiosidad por la Inca Kola, ya que su logo, simple y a la vez llamativo, está por todos lados: en remeras, en restaurantes, en carteles, en quioscos. Es la bebida artificial más popular de Perú y su precio varía de 1 sol a 3.50, dependiendo del tamaño de la botella. Es difícil elegir solamente un plato o bebida de la amplia oferta que tiene la cocina peruana. La comida chifa, fusión entre la comida china y el gusto peruano, también es un gran invento, y la enorme variedad de frutas y verduras que se cultiva en el país merece un capítulo aparte. Por último, si hay algo en lo que los peruanos también son expertos es en preparar pollo a la brasa.
Este plato fue reconocido como Patrimonio Cultural de la Nación, y así como en Argentina tenemos los famosos asados, en Perú todo ocasión es buena para realizar una pollada: una reunión informal destinada a recaudar fondos en la que los vecinos se juntan a comer, nada más y nada menos, que un buen pollo peruano.
Hace ya más de un mes y medio que estoy viviendo en Perú y de a poco voy conociendo y entendiendo a este país tan fascinante como diverso. Todos los peruanos me dicen lo mismo: Perú es un mundo multiétnico, una mezcla cultural, un país que en algún momento perdió su identidad y luego comenzó a recuperarla de a poco, de manera fragmentada. Los del sur son distintos a los del norte, los de la sierra no tienen nada que ver con los de la costa, los de la selva son un grupo aparte. Sin embargo a todos los une un pasado y un presente en común y una tierra compartida.
En estos 45 días fui conociendo a muchísimas personas, de distintos rincones del país, y escuché lo que cada uno tenía para contar. Así fui recopilando aunque sea fragmentos de sus vidas, y me contenté con lo que cada persona quiso confiarme. Todavía me falta recorrer el norte de este país y la selva como para ofrecer un panorama mayor, pero mientras tanto iré compartiendo mis vivencias.
En Cusco, visitando las terrazas incaicas de cultivo de Maras Moray conocimos a una nena, pastora, que vivía literalmente en medio de la montaña. Se nos acercó, desesperada por tener algún tipo de contacto, y nos pidió que le sacáramos fotos con sus ovejas. Cuando le mostramos su imagen en la pantalla sonrío, tal vez lo que buscaba era dejar su huella en alguna parte del mundo.
En la Plaza de Armas de Lima conocí a un profesor de escuela primaria. Me sorprendió con su gran conocimiento sobre la cultura argentina: me habló de jugadores de fútbol, de programas de televisión, de escritores, de cine, de música, de política y me hizo sentir algo de nostalgia por mi país. También me recomendó libros, películas y música de Perú. Me dio una clase acerca de la época de la guerrilla en Perú, del terror que sentía la gente al saber que en cualquier momento podía explotar una bomba en la puerta de su casa y me contó cómo mucha gente se unió a la guerrilla en busca de un futuro mejor. En voz baja me confesó la gran discriminación que existe en Perú, el rechazo entre cierta gente de la sierra y de la costa y me expresó el rencor que siente hacia los blancos que manejan el país. Riéndose me relató el vergonzoso 5 a 1 de la selección peruana frente a Ecuador.
Durante mi estadía en Lima también conocí a un cusqueño, estudiante de Comunicación Social y recibido anteriormente de abogado. Fanático de Soda Stereo, también escribe y está luchando por publicar su primer libro de cuentos. Sueña con ir a Argentina para comprarse las obras completas de Borges, internarse en las librerías y ver un show de tango. Me enseñó palabras y expresiones del lunfardo peruano, como chibolo (chico), chambear (trabajar), jato (casa) o estar misio (sin dinero). Me contó anécdotas acerca de la vida de Mario Vargas Llosa y me explicó lo que son los periódicos chicha (al igual que la famosa bebida, se trata de diarios baratos que se inclinan hacia el amarillismo). Descubrí escuchándolo hablar que los cusqueños pronuncian claramente las eses mientras que los limeños la dicen de manera similar a la jota (cujco).
Conocí a miles de vendedores ambulantes que intentaron convencerme de distintas maneras de que comprara lo que me ofrecían. Algunos lo lograron con su simpatía, otros me hicieron enojar con su insistencia, uno me hizo reír cuando me juró que los cigarrillos del Inca eran ?buenos para la salud?. De todos me queda de recuerdo su simpático ?anímese, señorita, a 5 solcitos se lo dejo?.
En estos 45 días escuché y recopilé muchísimas historias. La del hombre que pasó de tener un puesto ambulante de cebiche frente a un estadio de fútbol a tener uno de los mejores restaurantes de mariscos de Lima. La de un limeño que me contó llorando cómo se enamoró de una argentina a la que no volvió a ver. La de una familia que sufrió separaciones, rupturas, abandonos, mudanzas a otros países y reencuentros varios años después. La de un padre de familia que se hizo amigo de un grupo de saqueadores de tumbas y atesora en su casa piezas arqueológicas de culturas ancestrales. La de un hombre que en su adolescencia vivió durante un año en la casa de un ex presidente peruano. La de dos estudiantes que durante una revuelta en su universidad aprovecharon el caos para llevarse decenas de libros escondidos en sus mochilas. La de un chico que presintió, con fecha exacta, el terremoto de agosto del año pasado y alertó a su familia pero nadie le creyó.
También me confesaron, en voz baja, muertes. Dos chicos que atropellaron por accidente a un vagabundo que estaba ebrio en medio de la calle y tuvieron que irse de su pueblo natal para que no los mataran. Un ex convicto que estuvo preso durante dos años por homicidio y que hoy se ha convertido en Testigo de Jehová. Una turista italiana que murió en el desierto porque el conductor estaba alcoholizado y no pudo controlar el buggy.
Cada lugar al que fui tiene su propia historia y siempre había alguien dispuesto a contarla: un guía, un chico en busca de propina, un taxista, un extraño. Así, recorriendo y escuchando, aprendí acerca de San Martín de Porres, el primer santo negro de América, un hombre al que se le atribuyó el don de bilocación (poder estar en dos lugares al mismo tiempo) y la capacidad de levitar. También escuché la historia de Julia Hernández Pecho Viuda de Díaz, conocida como la brujita buena de Cachiche, quien, según cuentan, tuvo 17 hijos, ayudó a un ex presidente peruano, murió a los 106 años y hoy sigue protegiendo a su pueblo. Entré al Museo de la Santa Inquisición, en el centro antiguo de Lima, y me indigné al ver las réplicas de los métodos de tortura utilizados contra quienes eran considerados herejes. Caminé por las catacumbas que están bajo el Museo del Convento de San Francisco de Asís de Lima y observé los restos de los huesos de las 10.000 personas que alguna vez fueron enterradas ahí.
En estos 45 días conocí a personas con todo tipo de sueños. Una chica que desea que le otorguen la Visa para poder ir a Estados Unidos a conocer a la familia de su novio; un grupo de chicos que busca tener su propio bar en el oasis; un chico de la calle que quiere ser contratado por un local de comida rápida para poder tener algo de plata para comer; una familia que ruega que los terremotos no destruyan su vivienda.
Las historias son más de las que puedo recordar. Tal vez algunas fueron exageradas con el paso del tiempo, otras quizá fueron modificadas por quienes las vivieron, pero todas son auténticas. Yo simplemente escucho y confío en lo que la gente tiene ganas de transmitirme.
Me encantaría poder dar datos detallados de lo que se vivió el sábado a la mañana en Lima: contar la reacción de la gente, transmitir la desesperación o tranquilidad que se vio en las calles, dar cuenta del pánico o la calma de cada familia. Pero no puedo. Estaba dormida.
Me desperté de golpe, sin saber qué hora era ni qué pasaba. Sentí que algo o alguien sacudía mi cama. Al instante me di cuenta, pero me pareció una situación medio irreal: primero porque nunca experimenté un sismo y segundo porque estaba tan dormida que no sabía si todavía estaba soñando. Por suerte logré mantener la calma y a los pocos segundos el temblor había parado. Miré a mi alrededor: no se había caído nada de las paredes ni del techo, no hubo roturas ni derrumbes, todo parecía estar intacto? Igualmente cuando puse los pies sobre la tierra firme, lo que temblaba eran mis piernas. Al rato me quedé dormida y varias veces sentí ?o soñé- que el piso estaba por moverse otra vez.
Más tarde, cuando estaba un poco más despabilada, me senté a buscar información en Internet sobre lo que había pasado. Lo que se vivió en Lima a las 7.51 de la mañana fue un sismo de 5,3 grados, y, según leí en un medio peruano, el temblor número 33 en lo que va del año. Al parecer hubo pánico en las calles, muchos temieron que se repitiera la tragedia del año pasado. Por suerte esta vez no hubo víctimas, aunque se registraron algunos derrumbes en ciertas zonas de la ciudad.
Perú esta situado sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas sísmicas más activas del mundo, por lo que sus habitantes están, lamentablemente, acostumbrados a los movimientos de la tierra. En Lima, por ejemplo, casi no hay edificios, las construcciones son bajas y dentro de muchos lugares, especialmente iglesias y museos, hay carteles que indican las distintas zonas seguras para refugiarse en caso de sismos. Huacachina, el oasis en el desierto de Ica, fue una zona muy afectada por el terremoto de agosto de 2007. Gente que vive ahí me contó la desesperación que sintieron cuando el pequeño oasis se empezó a sacudir como si estuviese dentro de una coctelera.
Toda la gente con la que hablé tiene su vivencia personal y su historia, los peruanos han tenido que aceptar los sismos como algo normal de la tierra en la que viven.
Dos datos que me llamaron la atención en su momento y que ahora cobran otro sentido: en Cachiche, un pueblo cercano a Huacachina, los sismos se sienten con mayor intensidad porque es una zona donde se concentra más la energía y la gravedad es más fuerte. Y el segundo: en Cusco hay ciertas construcciones incas que están hechas de tal manera que ningún terremoto ha logrado destruirlas.
Sigo en Lima, ciudad en la que no podría aburrirme nunca. Todavía me quedan muchos lugares por conocer, así que estos días me dedicaré a ir a varios museos antes de partir hacia el norte.
El martes pasado fui a conocer Punta Hermosa, una de las playas del sur de Lima, a 25 minutos en auto. Nunca me había bañado en el Océano Pacífico, así que no sabía cómo imaginármelo. Según me dijeron mis amigos, comúnmente el agua es más fría, pero ese día la temperatura estaba ideal. Había olas grandes, tal vez no tanto como para hacer surf, pero sí para divertirse un rato esquivando la rompiente. Agarré mal algunas olas (mejor dicho, ellas me agarraron a mí) y terminé de cabeza en la arena, pero feliz. Hace más de un año que no iba al mar y ya lo estaba necesitando. La playa estaba vacía, sólo para nosotros, y el sol no pegaba fuerte. En Lima no hace frío y es muy raro que llueva, incluso en invierno (históricamente, la temperatura más baja registrada en la ciudad fue de 8 grados). Nada que ver con Cusco, donde a la noche para salir del hotel teníamos que ponernos dos pantalones, tres buzos, bufanda y gorro de lana.
Para los limeños, ir a la playa es una opción más en su rutina. Hay muchos universitarios que practican surf durante la semana y lo único que necesitan es viajar menos de una hora hasta la costa. A menos de 10 cuadras de mi hotel en Miraflores hay playa, no es de las más lindas para bañarse, pero se puede hacer surf o simplemente tirarse en las piedras a escuchar las olas. La playa de moda se llama Asia y está un poco más al sur que el resto. Todavía no fui, pero me contaron que hay un boulevard lleno de bares y lugares para salir de noche. Obviamente los precios están al doble que en el resto de los pueblos.
El miércoles a la noche empezó el éxodo por Semana Santa, todos los limeños abandonaron la ciudad y se fueron para el sur, a festejar las Pascuas en el mar. Yo me fui de sábado a domingo a lo de Mirla, una chica peruana que conocí en el hostel a través de su novio estadounidense que también se alojaba ahí. Ella trabaja en San Isidro, un barrio de Lima, pero es de Punta Negra, un pueblito costero. Así que el sábado me sacó a pasear con sus amigos para conocer la noche del sur. La música que más se escucha por acá es la salsa, la cumbia, el reggaeton, la electrónica, pero toda mezclada. Los ritmos latinos se funden con los golpes de la electrónica y la gente no para de bailar. El domingo a la tarde dejamos Punta Negra y nos volvimos para Lima. Lamentablemente, debido a la gran cantidad de gente que fue y acampó los cuatro días, las playas quedaron bastante sucias.
Lima me parece una ciudad limpia y bien cuidada. Una peculiaridad es su sistema de transporte, hay muchas opciones para moverse por la ciudad. Los más desafortunados son los peatones, ya que los conductores van como locos y no frenan jamás para dejar el paso. Yo estoy bastante acostumbrada a eso ya que viví en Buenos Aires toda mi vida, pero conocí a dos alemanes que estaban casi horrorizados por la falta de respeto a las normas. Una variante para ir de un punto a otro es el transporte público: hay colectivos y combis de dos tamaños. Tienen recorridos fijos, pero no me resulta fácil saber cuál es cuál porque las combis se diferencian más que nada por color y no tengo nada parecido a una Guía T para saber cuál tomarme. Así que cuando quiero ir a algún lugar me dedico a preguntar o me quedo parada y espero que frene alguna combi (estas paran casi en cada esquina y tienen a una persona que se dedica a anunciar por la ventana hacía dónde van).
Algo que me resulta muy gracioso son los taxis. Apenas uno pone un pie en la vereda, de todos lados comienzan a ofrecerle ¡taxi, taxi! Por supuesto, cuando uno realmente los necesita, no aparece ni uno. El miércoles pasado necesitaba ir de Surco a Miraflores (un viaje que cuesta alrededor de 10 soles) y estuve parada de 9.30 a 10 de la noche sin conseguir ni uno. Muchos frenaban y cuando les decía que tenía que ir a Miraflores me decían que no (quién sabe por qué). Finalmente me llevó uno por 7 soles, ni siquiera le pedí un descuento porque ya me pareció barato. Como acá los autos no tienen taxímetro hay que acordar el precio antes de subirse (el regateo también sirve con los taxistas). El mínimo son 3 soles y para ir de un barrio a otro pueden cobrar entre 6 y 10 soles, o más, dependiendo de la distancia. De noche los precios aumentan, y cuantos más quieran viajar, más alta será la tarifa. Igualmente no me parece un servicio tan caro. Lo más peculiar es el tipo de auto que usan: más de la mitad de los taxis que circulan por Perú son Ticos, un autito chiquito y muy económico, ya que gasta poco. También hay mototaxis y muchos taxis truchos con los que hay que tener cuidado. Así es el transporte en Lima, impredecible, caótico y a veces demasiado cómico.
La comida peruana es un capítulo aparte. Los mismos peruanos me dicen que ellos pueden tener fama de lo que sea, pero que jamás les pueden decir que no tienen buena cocina. Es cierto que a la mayoría de los platos les ponen ajo, pero si es poco no se siente y le da más gusto a la comida. Ya probé varios platos típicos: la papa a la huancaína, el lomo saltado, el anticucho (corazón), la yuca, el camote? y me encantaron todos. También fui a un lugar de mariscos y comí el mejor plato de langostinos de mi vida (sin exagerar). Me falta probar el plato nacional del Perú: el ceviche (o cebiche), pescado macerado en jugo de limón, condimentado con ají, cebolla, sal y pimienta y preparado con pescado o mariscos frescos. Por último, otra curiosidad de Lima: hay muchísimos locales de comida rápida de Estados Unidos. Ejemplos: Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken, Dunkin? Donuts, Starbucks, McDonald?s, Burguer, TGI Friday?s. Así es Lima, una combinación entre lo típicamente nacional y lo importado.
Hace una semana que llegué a Lima y todavía no tengo intenciones de irme. Las razones son varias. Necesitaba una dosis de ciudad, aunque recién me di cuenta de esa necesidad cuando llegué y me enteré de la cantidad de cosas que hay para hacer en este lugar: shows de jazz, muestras de arte, festivales de música, ciclos de cine, bares, boliches, shoppings. Aunque no se parezca tanto en su arquitectura, Lima me hace acordar mucho a Buenos Aires: es una ciudad muy cosmopolita, con muchísimas opciones para el día y la noche, hay bastantes espacios verdes, gente por todos lados y el tráfico es un desastre. El plus: la playa. Aunque la costa de Miraflores (el barrio en el que me estoy quedando, con el Pacífico a cinco cuadras) no es para bañarse, hay balnearios a dos horas, muy populares entre los limeños los fines de semana. Los hostales están preparados para recibir mochileros: tienen bar, música, internet gratis, mesa de pool, películas. Cuando vi la pila de dvds que había en el hotel me di cuenta de cuánto extrañaba sentarme a ver una película, así que lo hice sin ningún tipo de culpa.
Todavía no recorrí todos los lugares turísticos de Lima, tampoco saqué demasiadas fotos. Caí en la cuenta de que lo que más me atrae de esta capital es su gente. El miércoles pasado Vicky, mi amiga y compañera de viaje, se volvió a Buenos Aires. Durante la última semana habíamos estado viajando con Flor, Pau y Vero, tres argentinas que conocimos en Cusco y con las que enseguida nos llevamos bárbaro. De casualidad, ellas se volvían a Argentina el mismo día que Vicky, así que de un momento para otro quedé totalmente sola. Y me di cuenta de que es imposible estar sola en un viaje como este. Hay muchísima gente, de todas partes del mundo, haciendo viajes como el mío. Algunos también viajan solos, otros en pareja, otros en grupo, pero en general la mayoría es muy abierta y está dispuesta a conocer gente nueva. La manera de relacionarse en un viaje es totalmente distinta: en pocas horas uno se siente muy cerca de estas personas que decidieron, al igual que uno, salir a conocer el mundo. Todo pasa más rápido, los tiempos son distintos, se viven cosas que tal vez nunca pasarían en la rutina diaria de nuestros respectivos países. Y así como las amistades nacen de golpe, también terminan, obligatoriamente, cuando las rutas se separan. Por supuesto siempre queda el recuerdo de las experiencias vividas, las anécdotas, y el contacto para reencontrarse en futuros viajes.
Conocer gente nueva y distinta es, para mí, lo más enriquecedor, lo que le da su encanto al viaje. Nunca había tenido contacto con un iraní, nunca había ido a cenar con un grupo de australianos, nunca había tomado una cerveza con un alemán, nunca había conocido a un barman nacido en el Amazonas. Esto, que en Buenos Aires sólo podría haberme pasado de casualidad a lo largo de varios meses, acá me pasó en pocas horas. Me sorprendió ver cómo las diferencias culturales se borran y todos nos convertimos en lo mismo: personas con curiosidad por conocer lo que hay más allá de sus fronteras.
La mayor parte del tiempo uso el inglés para comunicarme con otros mochileros (en esta época hay mucho turismo europeo), y cuando digo que soy argentina todos automáticamente contestan eufóricos: "¡Argentina! ¡Maradona! ¡River, Boca!". Los sudamericanos se burlan, de manera simpática, de nuestra forma de hablar: "che, vos, la cashe". Cuando me quieren llamar me dicen che, ¡argentina! y yo sonrío orgullosa. De a poco voy aprendiendo el lunfardo de cada lugar y también enseño expresiones argentinas.
Quienes más me sorprendieron, tal vez porque nunca había conocido a ninguno, fueron los peruanos. Somos más parecidos de lo que creía. Todos los chicos que atienden el hostel en el que me estoy quedando son peruanos de entre 20 y 30 años, muy simpáticos y atentos, y me hacen sentir como en casa. Uno de los barman del hotel, Joseph, nació en Iquitos, ciudad amazónica de Perú, estudió turismo y viajó por varios países del mundo con solamente 28 años. No para de sorprenderme con sus historias y con lo que sabe de cada lugar. El sábado a la noche fui a un casamiento con él, con otros dos chicos que trabajan en el hotel y con un holandés que también se está alojando acá. Algo que en Buenos Aires me demandaría días de preparación me llevó pocas horas. Joseph me dijo de ir a la fiesta ese mismo día y apenas dije que sí fuimos a conseguir ropa (en mi mochila no llevo nada de ropa arreglada, menos como para un evento así). Su cuñada me prestó un vestido y una chilena del hotel me prestó sandalias. Me intrigaba muchísimo ver cómo era un casamiento en Perú.
El hombre que se casaba había sido electricista del hotel durante varios años; sin conocerme, me agradeció cálidamente por haber ido a su festejo. Llegamos a eso de la 1 de la mañana, justo a tiempo para ver un show de danza típica peruana. Había alrededor de 200 personas, mucha más gente de la que esperaba, todas sentadas en mesas: de un lado la familia del novio y del otro la de la novia. La música era en vivo, no había disc jockey, sino una banda que tocaba salsa y algo de cumbia peruana. Me divertí muchísimo. ¿Una diferencia con los casamientos de Argentina? El carnaval carioca, que para nosotros es casi obligatorio en cualquier fiesta, fue "la sorpresa" del casamiento, ya que acá no es muy común que se haga. Eso sí, al igual que en Argentina, en varios momentos de la noche se armó el trencito; lo que no vi fue hombres con la corbata en la cabeza. Hubiese sido demasiado. A eso de las 6 de la mañana, cuando ya no quedaba tanta gente, hubo una improvisación de música afro-peruana, y los que estaban en la pista se pusieron a bailar, demostrando la fuerte cultura de baile que hay en Perú.
Lima es una mezcla de ciudades, por momentos me siento en Buenos Aires, por momentos me hace acordar a lugares como Miami, por sus palmeras en medio de la calle. Pero lo que me gusta es que tiene personalidad propia. Todavía me falta recorrer bastante, pero como no tengo ni reloj ni almanaque, nada ni nadie me apura. Quiero seguir conociendo gente y disfrutando de todo lo que ofrece la ciudad. No se cuál será mi próximo destino. Muchos viajeros me recomendaron que fuera a Iquitos, ciudad en medio del Amazonas, así que ya veré. Quiero conocer el norte de Perú y después pasar a Ecuador. Aunque me gusta tanto estar acá que sospecho que me voy a quedar varios días. Necesitaba hacer un poco de vida de ciudad.
Nos despedimos de Cusco y viajamos 15 horas hasta Nasca. Fue un viaje muy cansador, no dormimos en toda la noche por el frío y llegamos al pueblo bastante desganadas. Apenas bajamos nos empezaron a decir que tuviéramos cuidado con los rateros y con los taxis. Fuimos a la policía de turismo y un policía (que en sus ratos libres hacía de taxista) nos llevó directamente al aeropuerto para contratar el avión con el que sobrevolaríamos las milenarias líneas de Nasca.
Viajamos en una avioneta para cuatro personas, y durante los 35 minutos de vuelo el piloto iba haciendo de guía. Vimos unas 15 figuras desde el cielo, entre ellas un astronauta, un mono, un árbol, un colibrí, algunas de hasta 275 metros de longitud. Fue una sensación rarísima, desde chica me interesaron muchísimo estos enigmas y ver estas líneas de cerca me pareció irreal, como si no me estuviese pasando a mí. Fue todo muy rápido? me hubiese quedado más tiempo sobrevolando, aunque la avioneta nos mareaba un poco.
Almorzamos en el pueblo, caminamos un rato por la plaza principal y fuimos a un museo. Mientras miraba los restos que dejó la cultura Nasca (principalmente cerámicas y arte) no paraba de pensar en las líneas. ¿Cómo las hicieron? ¿Qué significado tendrían para ellos? ¿Cómo es posible que hayan perdurado tantos años? Estas mismas preguntas se las hicieron miles de científicos, arqueólogos astrónomos, investigadores desde que las líneas fueron descubiertas en 1927, y aún no se ha llegado a una sola hipótesis. María Reiche, una científica que dedicó su vida a estudiar este enigma, afirma que se trata de un calendario astronómico gigante. Esta idea es la más aceptada, sin embargo no faltan los que creen que se trata de una gran pista de aterrizaje para OVNIs. Lamentablemente, las líneas están desapareciendo: los autos y camiones pasan por encima de las líneas, sin ningún tipo de respeto, y destruyen de a poco las huellas de una antigua civilización.
Ese mismo día nos fuimos para la ciudad de Ica, a dos horas de Nasca, porque uno de los tantos viajeros que conocimos en el camino nos había recomendado que fuéramos al oasis de Huacachina. Estábamos cansadas, con sueño y fuimos sin saber con qué nos íbamos a encontrar. Creímos que íbamos a mirar el oasis e irnos, pero nos terminamos quedando casi una semana.
Huacachina tiene algo que hace que uno no quiera irse. Todos los mochileros que conocimos se quedaron por lo menos cinco días en este lugar. No hay mucho para hacer más que caminar por la laguna, mirar el atardecer desde lo alto de una duna, meterse a la pileta, hacer sandboard por el desierto? ¿qué más se puede pedir? Como dijo una canadiense, Huacachina es "backpacker?s paradise" (el paraíso de los mochileros).
La gran pregunta era si este "Oasis de América" es una formación natural o si fue creado por el hombre para atraer turistas. Después de preguntar y averiguar, puedo concluir que fue obra de la naturaleza, aunque las distintas autoridades lo manipularon bastante y ahora está un poco descuidado. A mediados del siglo 20, Huacachina fue uno de los balnearios más exclusivos de Perú, debido a su clima cálido (ideal) y el poder curativo de su agua. Hoy, de aquella época, solamente quedan las construcciones y una laguna un poco más sucia.
Cerca de Huacachina hay un pueblo llamado Cachiche, que es conocido como la ciudad de brujas. En el pasado fue un centro de reunión de brujas, hoy hay todavía muchas personas que leen las manos y tiran las cartas. Lo más impresionante de este lugar es la palmera de las siete cabezas. Como en Cachiche hay más gravedad que en otras partes del mundo, los árboles crecen de costado; de la raíz de esta palmera salen siete troncos, que crecen como serpientes arrastrándose por la tierra. Solamente hay dos en el mundo y la otra está en África. En pocos días conocí e hice cosas que jamás en mi vida me hubiese imaginado: anduve en buggy por el desierto, hice sandboard y bajé por una duna de 250 metros sin caerme, estuve en un oasis, conocí un lugar donde los árboles no crecen rectos y me senté en la cima de una duna a ver cómo bajaba el sol y se escondía entre la arena. Les dejo un video.