Tato Bores: contra la "cara de bragueta" nacional

De cómo se extraña a quien, con inteligencia, puso incómodos a 16 presidentes, civiles y de facto, y a 37 ministros de Economía
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4 de mayo de 2008  

El mayor homenaje póstumo que con frecuencia recibe Tato Bores es que, frente a las reiteradas crisis y situaciones de nuestro país, de esas que parecen sin salida, muchos evocan su figura preguntándose: "¿Qué diría Tato de todo esto?".

Estas semanas, no faltaron quienes volvieron a pensar en qué hubiera dicho el actor cómico de la Nación sobre el precio y escasez de la carne, sobre el humo que ocultó media ciudad y oscureció las rutas, o sobre el elevado porcentaje de apellidos Fernández en el actual gobierno. Seguramente, acerca de esos y otros tópicos de la actualidad, Tato y sus libretistas se hubieran hecho una panzada, como el cómico lo hizo en su extensa trayectoria: con crítica, pero con humor inteligente; con sátira demoledora, pero dejando en claro que su posibilidad de existencia sólo tenía sentido dentro de nuestro imperfecto sistema democrático.

El domingo 27 de abril, aniversario de su nacimiento, Tato Bores, fallecido en 1996, demostró que continuaba sorprendentemente vivo. La señal Volver exhibió durante toda la tarde los capítulos del extraordinario programa La Argentina de Tato , producido en 1999 por sus hijos Alejandro y Sebastián Borensztein, con Pedro Saborido y un equipo conducido por Emilio Cartoy Díaz. La recopilación tiene un punto de partida ficcional inquietante: en el año 2499, unos científicos de la Universidad de Heidelberg, Alemania, con el conocimiento del argentinólogo germano Helmut Strassen y el apoyo de los videos de un cómico llamado Tato Bores, presentan un documental que intenta aclarar un tremendo enigma: por qué una república llena de posibilidades se esfumó de la faz de la Tierra y dejó un agujero imposible de llenar.

La maratón de Volver estimuló al máximo la fantasía de lo extraordinario que sería poder contar otra vez con el monologuista que, durante su trayectoria entre 1957 y 1993 puso incómodos a 16 presidentes civiles y de facto, y a 37 ministros de Economía.

Pero más allá del razonable deseo, es necesario recordar que Tato atravesó sus últimos tiempos con varios crueles dolores a cuestas: el de la grave enfermedad que lo llegó a postrar y el de la convicción de que, después de más de 30 años de destacadísima trayectoria, ningún canal quiso contratarlo. Lo pensó, lo sintió y hasta lo dejó por escrito en unas memorias que más temprano que tarde se conocerán.

Historia ficción

Resulta complejo hacer historia ficción (género que está de moda en el mundo) como para decir si el hombre del frac estaría hoy en el aire o no, si los canales se lo disputarían como antes, si el poder político admitiría su presencia o preferiría omitirlo de la lista de preferidos, y si él mismo, con poco más de 80 años, tendría la suficiente tenacidad como para memorizar cada semana monólogos de 12 a 15 páginas de extensión.

Lo que sí se puede afirmar, por evidente, es que el humor político se ha ido alejando de una televisión que prefiere la crispación a la ironía, la confrontación cizañera a la reflexión que conduce al humor, el grito a la carcajada, la lágrima a la risa. Vaya elección.

El último bastión de humor sobre la realidad lo hizo el programa ShowMatch . La imitación impecable e implacable del entonces presidente Fernando de la Rúa quedó en la historia no sólo por la suma de detalles, sino porque un funcionario cercano al mandatario la consideró esmerilante para la figura presidencial. Casi todos los líderes partidarios fueron remedados en ese ciclo: de Duhalde a Lilita Carrió; de López Murphy a Rodríguez Saá. Al ex presidente Kirchner y a su esposa, la actual presidenta, los presentaban en pareja, pero un día los simuladores se fueron de la pantalla y fueron reemplazados por bailarinas, patinadores y cantantes.

Respecto del matrimonio Kirchner, posteriormente sólo aceptó breves convocatorias al paso de los reporteros de CQC . En los tiempos más recientes, el humor político se concentró en las radios, en la que muy buenos imitadores copian eficazmente los rasgos vocales de Kirchner y en un par de locutoras remedan más que eficazmente ciertos tonos de la Presidenta.

Además de la revista de humor Barcelona , otro ámbito en el que se parodia a la autoridad es el de los jóvenes monologuistas (¿herencia de Tato?) y el del teatro de revistas, aunque, curiosamente, una de sus figuras más representativas genera un doble standard, por lo menos polémico, porque cuando abandona los disfraces después de cada función se dedica a la política y nunca deja de reconocer que ambiciona la presidencia de la Nación.

En el mencionado especial, se ve que después de castigar con risa a todos los políticos, Tato también les dio letra para que actuaran a la par de él. Algunos lo hicieron bastante mejor que su gestión pública; otros demostraron que no era lo suyo. Pero en cualquier caso, dominaba la escena una moraleja que Tato dejó para siempre. En 1974, ante un enojo del general Perón con los medios y uno de cuyos destinatarios inequívocos era Bores, el actor y su libretista de entonces, Aldo Cammarota, intentaron explicar que los chistes -los de suegras o los políticos- siempre eran "en contra". En el programa inmediato al reto presidencial ejemplificaron con dos relatos que a continuación se sintetizan al máximo. Primero, el caso del tipo que se levanta muy puntual en su casa, que desayuna armónicamente con su familia, que toma el tren en horario, llega diez minutos antes a su trabajo y el gerente lo recibe con los brazos abiertos para anunciarle un ascenso. Todo eso -consentía Tato- es muy positivo, pero no tiene nada de gracioso. Segundo, el mismo tipo sale para la oficina furioso porque mientras se bañaba le cortaron el agua, en el colectivo le robaron la billetera y al llegar al trabajo tiene el pantalón tajeado y se entera por el gerente de que le bajarán el sueldo. Eso no tiene nada de positivo, pero es gracioso porque al pobre santo -contrariedad va, inconveniente viene- todo le resulta en contra.

Con las formidables herramientas de su gracia y de su peluca de pelos parados, Tato fue capaz de hacernos olvidar, en tiempos argentinos difíciles (¿cuáles fueron fáciles?) de la clásica cara de bragueta nacional. A favor y en contra.

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