Herencias generacionales

Dos libros de la psicoterapeuta Anne Ancelin Schützenberger presentan su teoría sobre el modo en que los sufrimientos pueden circular dentro de las familias a través de mensajes silenciados, nunca explícitos
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10 de mayo de 2008  

Para LA NACION

¡Ay, mis ancestros!

Por Anne Ancelin Schützenberger

Taurus/Trad.: Margarita Martínez/304 páginas/$ 39

Salir del duelo

Por A.A. Schützenberger y E.B. Jeufroy

Taurus/ Trad.: Paula Mahler/143 páginas/$ $ 32

Un interrogante que hace a la condición humana es hasta qué punto somos responsables y libres de nuestros actos, si nuestros aciertos y nuestros errores no son sino un eslabón de una cadena, y si nosotros no estamos mortalmente condenados a transmitir una culpa que nos es ajena. Esa pregunta hunde sus raíces en la cuna de Occidente. Tertuliano, un protocristiano que vivió en el siglo II, creía que el alma procedía de los padres, que la transmitían a sus hijos como el árbol a una rama. Semejante doctrina fue luego adoptada por el catolicismo para justificar el pecado original: si el hombre está condenado, es responsabilidad de Adán, que transmitió a todas las generaciones una culpa extranjera. Ese dolor originario desplazado hacia una dimensión secular es la fuente de la que emanan estas dos obras de la psicoterapeuta Anne Ancelin Schützenberger: Salir del duelo. Superar el dolor y reaprender a vivir, escrita en colaboración con la argentina radicada en Francia E. B. Jeufroy, y ¡Ay, mis ancestros! Vínculos transgeneracionales, secretos de familia, síndrome de aniversario, transmisión de traumatismos y práctica del genosociograma .

Salir del duelo fue concebida en un registro afín a la autoayuda. Su presunto destinatario no aspira a examinar teorías rivales ni a internarse en vericuetos académicos. Con su lectura, espera superar el vacío experimentado por un duelo no elaborado, que persiste como una cicatriz que supura. Por cierto, no hablamos de duelo únicamente cuando nos confrontamos con una muerte, ineludiblemente ajena. También se atraviesa tras la pérdida de un objeto de amor o de una situación querida. Con su elaboración, nos despedimos de lo que uno fue, de nuestra propia historia. No solo enterramos a quien ya no está, o a lo irremisiblemente perdido, sino que con su ausencia se va el fantasma que lo acompaña, el cual es, a fin de cuentas, una parte de nosotros mismos.

Ese itinerario se condensa en el intento de abandonar progresivamente todos los contrafácticos ("si yo hubiese hecho tal cosa, ella no habría sufrido ese accidente; si yo hubiese hecho tal otra, él no me habría abandonado"). Rumiar el pasado, actitud que abreva en el pensamiento mágico infantil de creer que es posible saber todo, es un obstáculo para la superación del duelo que, cuando se vuelve patológico, cristaliza e impide crecer. Así pues, la elaboración del duelo acontece recién cuando somos capaces de perdonarnos.

El duelo fallido asociado a la transmisión transgeneracional, concebida como puente entre el inconsciente individual de Freud y el inconsciente colectivo de Jung, es el punto de inflexión que enlaza Salir del duelo con ¡Ay, mis ancestros!... , obra autorizada por la extensa trayectoria profesional de Schützenberger. Fue publicada en Francia en 1993 y reeditada en catorce oportunidades.

Su subtítulo condensa las propuestas terapéuticas de la autora, quien, tras años de investigaciones, concluye que "la experiencia reciente de quienes se ocupan del aspecto transgeneracional muestra que si uno es incapaz de hacer el duelo, o se niega a hacerlo, incluso en el intervalo de un siglo o más, pasa su sufrimiento a los descendientes". Con el propósito de explicar cómo se lleva a cabo esta transmisión inconsciente e involuntaria, la autora parte de la hipótesis de la persistencia de una cadena reprimida que se traspasa de generación en generación en un mensaje no dicho que se convierte, para los descendientes portadores de un secreto encriptado en el inconsciente, en un sufrimiento representable aunque indecible. En las generaciones subsiguientes, este "indecible" se transforma en un "impensable" que, incluso en ausencia de una conceptualización posible, continúa operando.

El camino de la cura se inicia con la construcción de un genosociograma especie de árbol genealógico realizado a partir de los recuerdos del paciente , cuyo sentido radica en que el autor de este árbol fantasmático percibe sus lazos con sus ascendientes y con sus contemporáneos, donde tanto los silencios y las omisiones, como las lagunas mnémicas, son significantes que hacen de los documentos recopilados (fechas, estados civiles, filiaciones y enfermedades) nudos existenciales a simbolizar. Los vínculos transgeneracionales explican que, a menudo, por una suerte de "lealtad invisible", e impulsados a repetir hechos dolorosos, son los descendientes quienes pagan las deudas de sus ancestros. El rol del terapeuta es acompañar a encontrar y representar la historia personal y familiar para que se pueda salir de una escena dominada por lo silenciado, por la repetición y por los mandatos con el fin de lograr una narrativa propia.

La autora ofrece una profusión de testimonios tan asombrosos las coincidencias de fechas y edades en el caso de repetición de enfermedades o de hechos traumáticos, reiterados una y otra vez en cada generación que suscitan cierta incredulidad en el lector, aunque son acreditados con datos precisos. Esos datos hacen posible contrastar la base empírica de la teoría de la autora y la salvan de ser asociada con el pensamiento mágico, al defender en todo momento un abordaje científico de la cuestión.

Esta memoria transgeneracional, sostiene Schützenberger, trasciende la dimensión subjetiva y opera asimismo en el dominio histórico, donde las guerras civiles, los genocidios, un pasado que carga con la impronta de las desapariciones, son traumatismos legados de generación en generación, y que con frecuencia se expresan a través de síntomas que, si no se elaboran a través de la palabra, parecen condenados a su repetición. ¿Tal vez la obra nos ofrezca una clave de lectura suprahistórica para nuestro pasado reciente? ¿Acaso la palabra finalmente pronunciada, el reconocimiento genuino del error, es lo que permitiría recordar y, en el mismo gesto, perdonar y olvidar, a fin de superar una violencia que, por el momento, parece destinada a perpetuarse?

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