La catedral de la revista

El Maipo cumple cien años. En él actuaron las vedettes y los cómicos más importantes del país, desde Gloria Guzmán, Nélida Roca y Nélida Lobato hasta las hermanas Pons y las Rojo. pero también tiene una historia ajena a la frivolidad: Lola Membrives estrenó alli Bodas de sangre, de García Lorca. Hoy, el empresario Lino patalano ha rescatado esas dos caras de una misma tradición
Ernesto Schoo
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7 de mayo de 2008  • 18:40

El 7 de mayo de 1908 abrió sus puertas, en el predio de Esmeralda 443, el teatro Scala, luego bautizado Esmeralda y finalmente Maipo. No debe de haber un porteño, de cincuentón para arriba, en quien ese nombre no suscite un eco de nostalgia y un guiño de picardía. Porque tener acceso al Maipo era, en Buenos Aires, entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado -junto con el pantalón largo, el cigarrillo, las primeras afeitadas y la llave de casa-, uno de los ingredientes fundamentales del rito de pasaje de la adolescencia a la virilidad plena. Las madres y las tías, y a veces hasta las hermanas, no querían ni oír hablar (pero bien que aguzaban el oído) de esas incursiones pecaminosas: el Maipo era, para un criterio convencional, el templo pagano de la revista, el reino de las bataclanas, hermosas mujeres que osaban aparecer en público semidesnudas, destructoras de hogares y de la moral de los espectadores más jóvenes.

El género revisteril (también llamado, por la prensa seria de aquellos años, género frívolo) tiene, en la historia del teatro argentino, una tradición afincada en los primeros espectáculos musicales de puro entretenimiento, parientes cercanos del music-hall y el café-concert de la Belle ...poque : el varieté, que en Estados Unidos se conoce como vodevil (nada que ver con el género francés de ese nombre). En los sainetes que las compañías españolas traían al Plata desde fines del siglo XIX, y en las zarzuelas, había cuadros condimentados con la presencia de algunas muchachas más o menos agraciadas, según los cánones de entonces, todas vestidas iguales (y bien tapadas que estaban: solamente mostrar los tobillos era una provocación indecente), que esbozaban unos pasitos de baile y hacían coro a los gorgoritos de la tiple o el tenor de turno. A medida que las costumbres fueron modificándose, esas representaciones también se hicieron más audaces: las letras de las canciones solían tener doble o triple sentido y aunque las coristas se desvistieran apenas un poco más, estaban obligadas por ordenanza municipal a cubrirse con mallas de color carne.

Según los eruditos, el primer elenco argentino que usó la denominación "teatro de revistas", fue el de Vittone-Pomar, en 1915, fecha que marcaría el comienzo del auge del género. El cual consiste, esencialmente, en que números musicales y de baile alternan con pasos de comedia y monólogos cómicos; los primeros directores integrales de revistas se llamaron Luis Bayón Herrera, Manuel Romero (ambos también dirigieron cine), Ivo Pelay, Ulises Favaro.

El gran salto hacia la revista moderna, con despliegue escenográfico, vestuario lujoso y mucha gente en escena, suele fecharse en Buenos Aires con el debut, el 13 de julio de 1922, en el venerable Teatro de la Ópera (apagado ya su esplendor, desde la inauguración del nuevo Colón, el 25 de mayo de 1908), de Madame Rasimi y su elenco del Ba-Ta-Clan de París. El espectáculo se llama Paris-Chic , en dos actos y treinta cuadros, y propone una audacia inusitada: las intérpretes prescinden de las púdicas (¿o hipócritas?) mallas color carne y lucen su piel al natural. Todas bailan, algunas cantan y otras se limitan a desfilar o a permanecer estáticas, luciendo espléndidos cuerpos estilizados (hay trucos de vestuario que crean la ilusión de una esbeltez irreal) y sonrisas mecánicas. Cabe aclarar que ya en el porteño Royal Theatre (después bautizado Tabarís) se había presentado uno de los cuadros que trajo Rasimi (con menos elenco y menos desnudez), y que desde 1920 el antiguo teatro de variedades Roma se llamó Ba-Ta-Clan.

También conviene enterarse de que en el hoy desaparecido Porteño (eterno rival del Maipo) de la calle Corrientes, Narciso Ibáñez Menta ofrecía por entonces, con su ecléctica "compañía de dramas, comedias, sainetes y revistas", una de estas últimas titulada El botones del Maipo . Y que ya en 1920, en la Ópera, Bayón Herrera y Francisco Collazo, con música de Arturo Bassi, estrenaron La gran revista , de la que María Esther Podestá hace esta descripción en sus memorias: "El gran escenario estaba totalmente cubierto de terciopelo negro, incluidas diez escaleras, de las que bajaban cien bailarinas vestidas de blanco".

Ya estaban aquí en juego, hacia 1920, los elementos fundamentales del género: las bataclanas (así denominadas por los porteños, con cierto retintín peyorativo que aún perdura) y las escaleras, pruebas de fuego de las vedettes que deben descenderlas sin mirar los escalones, abrumadas de plumas y de diamantes falsos. A propósito: ¿qué significa la palabra "vedette"? Según el diccionario Larousse, la primera acepción es la de una lancha ligera, a motor, y la segunda se refiere a una persona importante (en una edición más antigua, la primera acepción es castrense: el soldado que avanza adelantándose a los demás).

En esos mismos años veinte, el Maipo, aunque solía albergar elencos de teatro, digamos serio, se afianzó como sede natural de la revista porteña. Allí, el 22 de febrero de 1923, la compañía Felisa Mary-Carlos Morganti-Eliseo Gutiérrez, estrena el sainete En el fango de París , de Manuel Romero, donde Morganti entona por primera vez las estrofas inmortales del que será prácticamente el himno de la capital argentina, el tango "Buenos Aires", letra de Romero, música de Manuel Jovés: Buenos Aires, la reina del Plata/Buenos Aires, mi tierra querida . Al año siguiente, Iris Marga estrena "Julián", de José Luis Panizza y Edgardo Donato: ¿Por qué me dejaste, mi lindo Julián?/ Tu nena se muere de pena y afán . Iris Marga (Iris Pauri, nacida en Lucca, Italia, 1902-1997, llegada a la Argentina a los cuatro años de edad) será al comienzo una de las "chicas del Maipo", hasta convertirse en vedette y por fin en gran actriz de comedia. Sus compañeras de aquellos años locos, en la compañía de revistas que tiene como director artístico a Roberto Cayol , autor del célebre sainete El retrato del pibe , son Carmen Lamas (española, debuta en 1921 en el elenco encabezado por su padre, Miguel Lamas), Dora Galez (porteña, nacida en 1903, que comenzó como cantante lírica y que el Maipo presenta como "el ruiseñor de la casa"), Gloria Guzmán (1894-1979, española criada en Cuba, llega a Buenos Aires en 1924 con una compañía de zarzuela, andando el tiempo también ella será una refinada comediante) y Tita (Laura Ana) Merello, quien figura en los programas como "segunda tiple".

Como alternativa a los espectáculos musicales en el Maipo, Morganti-Gutiérrez estrenan, el 7 de agosto de 1923, ¡Toque fierro, le digo! , versión por Joaquín de Vedia de La patente de Pirandello, y el 18 de septiembre ¡No me hablen de ellas! , de José López Silva y Nicolás de las Llanderas. Algunos títulos del repertorio de revista en aquellos años: Las modernas Scherezadas , de Aquino y Weisbach; ¿Quién dijo miedo? , de Cayol y De Bassi (donde Iris Marga estrenó "Julián"); Así da gusto , de los mismos autores, en cuyo primer número, "Las camisas negras", debuta la Guzmán. La reseña de este diario informaba que ella y las coristas vestían "camisitas de encaje, muy cortas, con una capotita".

El Porteño, eterno rival del Maipo, presenta en 1925 (año en que el Estado compra el Cervantes y en que el Colón, hasta entonces privado, pasa a la órbita municipal) a Maurice Chevalier y su mujer, Ivonne Vallée, en Chevalier revista , de Romero, Ivo Pelay y Bayón Herrera. En tanto que en el Ideal, de Paraná 426, inaugurado en 1923, actúa la Compañía Porteña de Grandes Revistas, donde Pepe Arias (1900-1967; se inició como comparsa del teatro Excelsior) dice uno de sus famosos monólogos, "Uno que se defiende", que es la respuesta del lindo Julián a la quejosa del tango original.

En 1923, Morganti y Gutiérrez estrenan en el Maipo Luz de cabaret , que según una crítica es "un pastiche con todas las obras con cabaret que se estrenaron en el teatro nacional desde Los dientes del perro (sainete de González Castillo y Weisbach, 1918) hasta hoy". Porque se puso de moda el sainete cuya última escena transcurría en un cabaret, lo que daba ocasión a matizar con música y baile y a que las actrices vistieran de largo y los actores de frac o esmoquin, prueba infalible en la época para confirmar la soltura y la elegancia de los intérpretes. El modelo se prolongó por más de una década, hasta Boite rusa , en el Liceo, en 1935.

Siempre en 1925, el Maipo, con el empresario Humberto Cairo, acumula 287 representaciones de Las alegres chicas del Maipo y 178 de Me gustan todas . En la primera de esas revistas, Iris Marga estrena "Sonsa", un tango de Emilio Fresedo y Raúl de los Hoyos, y en la segunda es Vicente Climent quien entona por primera vez "Viejo rincón", de Cayol y De los Hoyos: Oh, callejón de turbios caferatas/ que fueron taitas del mandolión/ ¿Dónde estará mi garçonnière de lata,/ testigo de mi amor y su traición? El gran debut en ese escenario es el de Celia Gámez (1905-1922), una vivaz porteña que triunfará definitivamente en España, convertida en la vedette más famosa a lo largo de varias décadas, quien, años después de la Guerra Civil (1936-39) declaró haber entrado con Franco en Madrid. "¿Por afinidad política?", le preguntaron. "¡Qué va! -contestó-: así me aseguraba la devolución de mis joyas, depositadas en el Banco de España."

Antes de retirarse de la dirección del Maipo, Cayol estrenó las revistas Labios pintados (326 representaciones), En el Maipo no hace frío y ¡Viva la revista! Y en 1926 se produjo un acontecimiento histórico: Sofía Isabel Bergero Bozán, recomendada por su prima Olinda a la compañía Vittone-Pomar, opta por el apellido materno y, convertida en la Negra (1904-1958), se erige como uno de los pilares de la revista al estilo de Buenos Aires. Digamos la verdad: Sofía Bozán no cantaba -pero sabía decir como nadie- y si acertaba un paso de baile era por casualidad. Pero poseía una cualidad indefinible e indispensable: le brotaba de todos los poros la gracia porteña, el desparpajo, el no tener pelos en la lengua. Lo que pudo enajenarle el favor de la pareja presidencial Perón-Evita, pero nunca el favor (y el fervor) del público que la adoraba. Con ella se entra en un período deslumbrante en la historia del teatro de la calle Esmeralda. Sofía y Pepe Arias son los pilares, ella con su inimitable manera de decir tangos como "Cafferata", su primer éxito, o "¡Qué calamidad!", de Contursi y Terés, él con sus monólogos de intención política -heredero del legendario Pepino el 88 (José Podestá) y antecesor de Tato Bores y Enrique Pinti- que también le acarrearon las iras peronistas (además de que su peculiar elocución recordaba demasiado la del ascendente coronel).

A fin de contrarrestar la aureola pecaminosa que envolvía al teatro de revistas, el Maipo resolvió en 1927 ofrecer matinés familiares. La publicidad declaraba que "el público compuesto en su gran mayoría de señoras y señoritas, aplaude a diario la gracia de los sketches de La revista negra y Cabecita loca". Por ese entonces llega a la dirección del Maipo, como dueño, empresario, autor y director, el italiano Luis César Amadori (1895-1977), en el país desde los cinco años de edad y naturalizado argentino. Viene de dirigir el Cervantes, entre 1927-28, y se inicia en la revista con Ivo Pelay. Durante largos años será el responsable de la sala de la calle Esmeralda, a la que dará lustre singular. Casado en primeras nupcias con la vedette Alicia Vignoli, su segunda mujer será la estrella de cine Zully Moreno, cuyo hermano, Alberto González, administrará la sala por varias décadas. Junto con los inamovibles Bozán y Arias estarán los cómicos Marcos Caplán, Adolfo Stray, Castrito y Dringue Farías (la parodia que este perpetraba de la morosa cantante tropical Elvira Ríos, fonomímica mediante, era deslumbrante); el chansonnier Juan Carlos Thorry (con esmoquin blanco, atrapando en el aire la rosa que desde una reja le enviaba Dolores, una norteamericana disfrazada de caribeña, que se limitaba a ser bella, solo que en grado sumo); Aída Olivier (1910-1988), elegantísima bailarina de fantasía, en la línea de Ginger Rogers o Eleanor Powell. Como un índice de la opulencia argentina de entonces, en las temporadas de 1928 y 1929 los decorados y la ropa de las revistas del Maipo estaban firmados por Erté, nada menos.

Con todo, el Maipo no deja de cultivar su costado serio, y es en 1933 el escenario elegido por doña Lola Membrives para estrenar nada menos que Bodas de sangre de Federico García Lorca. Una placa en la entrada conmemora el acontecimiento. Veinte años después la reina legendaria de la revista será, desde el mismo tablado, Nélida Roca, acaso la vedette más representativa del estilo argentino de revista: bellísima, estatuaria y estática. Se la ensalza como el prototipo nacional de mujer, y acaso es la primera en ser saludada desde la platea al grito, casi místico, de "¡Diosa!". Triunfante en el Lido de París, llega otra diva esplendorosa, Alicia Márquez, más refinada que la Roca, aunque no alcanza a desplazarla. Hasta actrices de probada eficacia en el teatro de prosa, Claudia Lapacó y Nelly Prono, incursionan en la revista. Y se acumulan nombres que desbordan de la memoria (muchos otros han de quedar, injusta pero inevitablemente, en el tintero): las hermanas Pons (una de ellas, Mimí, se casará con Alberto González; la otra, Norma, demostrará luego singular valor como actriz dramática), las hermanas Rojo (Ethel y Gogó, famosas por haber aparecido en escena desnudas y pintadas de dorado), Jovita Luna, Severo Fernández, Nené Cao, Alfredo Allaria, Alfredo Barbieri, Moria Casán.

Inolvidable, magnífica, también triunfadora en el Folies Bergère de París, la bellísima Nélida Lobato, desaparecida en plena gloria, hasta el último instante empeñada, dolorosa y heroicamente, en responder a su demanda de excelencia como bailarina acrobática sin par.

Desde 1991, al frente del Maipo está Lino Patalano, como director ejecutivo, compartiendo la dirección artística con Julio Bocca y con Elio Marchi a su lado como fiel lugarteniente. Ellos son los responsables de la renovada vitalidad de la bella sala, cuyo refinado estilo Art Déco ha sido subrayado por la magnífica araña en la cúpula (bautizada en homenaje a las dos Nélidas famosas) y el friso alusivo diseñado por Renata Schussheim en la embocadura de escena. El Maipo Club, con su elegante restorán, y la sala de arriba, que conmemora a una notable mujer de teatro, María Luz Regás, completan hoy la propuesta de un lugar al que no se vacila en calificar de histórico. Ecléctica, la programación más reciente ha permitido alternar el teatro de prosa de altísima calidad, con Norma Aleandro, Alfredo Alcón o Sergio Renán, los intencionados monólogos de Enrique Pinti, restallantes de aguda observación cotidiana y santa ira cívica, las travesuras de Jean-François Casanovas y sus sagaces, brillantes parodias travestidas. No es exagerado afirmar que si, como dice Shakespeare, estamos hechos de la misma materia de nuestros sueños, así también ocurre con el Maipo.

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