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De Gales a Chubut

Patagonia (Edhasa) reúne historias y retratos de pobladores de aquella región del país en distintas épocas. El fragmento que publicamos narra cómo un grupo de galeses, para conservar su lengua, se afincó en la Argentina
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17 de mayo de 2008  

Cymru, el país de Gales, es una de las tres naciones que ocupan la isla de Gran Bretaña (las otras dos son Inglaterra y Escocia). [...] A partir del siglo IV y durante casi mil años, Gales estuvo dividido en una serie de pequeños reinos y señoríos sometidos a los vaivenes de los enfrentamientos entre los distintos grupos que vivían en la región (británicos, anglos, sajones y, desde el siglo XI, normandos). A ese período pertenecen varios de los líderes que los galeses reivindican aún hoy y que tienen nombres tan sugestivos como Cadwgan, Maredudd y Iorwerth ap Cynfin; Grufdudd ap Cynan; Owain Gwynedd; Rhys ap Grufdudd y Llewelyn ap Iorwerth. Fue recién a la muerte de este último cuando Eduardo I, por entonces rey de Inglaterra, pudo completar la conquista de Gales. [...]

Durante mucho tiempo, la relación entre galeses e ingleses fue más bien distante y estuvo basada en el viejo y sabio principio de vivir y dejar vivir. Los galeses conservaron su cultura, su religión y, al menos durante los primeros siglos de dominio inglés, su idioma. Pero, poco a poco, esa situación empezó a cambiar. En el siglo XVIII, el uso del galés había quedado restringido a los asuntos domésticos. La administración, el comercio, buena parte de la vida social y cultural y, cada vez más, la educación, se llevaban adelante en inglés. Hacia fines de ese siglo y en el marco del naciente movimiento romántico, empezaron a formarse grupos interesados en la defensa de una identidad nacional que consideraban amenazada y que se identificaba, cada vez más, con un idioma. Al principio esos grupos se dedicaron, fundamentalmente, al rescate de textos tradicionales y a la traducción de obras clásicas. [...] Pero, con el correr del tiempo, se fijaron metas más ambiciosas.

En el siglo XIX Gales sufrió lo que algunos han definido como una nueva invasión inglesa. Esta vez, y a diferencia de lo que había ocurrido en los tiempos de Llewelyn y los margraves, lo que buscaban los invasores no era la tierra sino lo que había debajo de ella. Gales contiene importantes yacimientos de hierro y carbón y la revolución industrial había hecho, de ambos, productos de primera necesidad. [...]

La respuesta de los grupos nacionalistas no se hizo esperar. Ya no luchaban, solamente, por la supervivencia del Cymraeg. Ahora, lo que buscaban era la creación de una colonia galesa autónoma en algún rincón apartado del mundo. Solo así, pensaban, el idioma y, junto con él, el estilo de vida de los galeses estaría a salvo de la extinción.

La primera gran campaña en favor de la emigración fue motorizada por I Cylchgrawn Symreig (La Revista Galesa), un periódico publicado en Cymraeg. Su editor, Morgan Rhys, proponía que se buscara un área apta para la colonización en algún lugar de los Estados Unidos. Y, aun si la iniciativa no prosperó, señaló un rumbo. Entre 1850 y 1863 se lanzó una serie de proyectos orientados a la fundación de colonias de galeses en Palestina, el Brasil, Oregon, Vancouver, Australia, Nueva Zelanda, Uruguay y, finalmente, en la Patagonia. Aunque, hay que decirlo, la idea de que la Patagonia era un sitio apropiado no nació en Gales sino en los Estados Unidos. Su principal impulsor fue el reverendo Michael Daniel Jones.

Es difícil establecer los verdaderos alcances del proyecto de Jones. Seguramente, tanto él como sus seguidores aspiraban a que su idioma se convirtiera en la lengua oficial o, al menos, en una de las lenguas oficiales del área que irían a ocupar y, la verdad, nadie puede culparlos por ello. Pero de allí a suponer que, como se ha dicho tantas veces, pretendían establecer un Estado autónomo hay un gran trecho. [...] Las ideas del reverendo Jones fueron presentadas en una serie de mítines, primero en los Estados Unidos y después en Gales. En ellos, se aludía una y otra vez a la Patagonia y esto provocó que, finalmente, el cónsul argentino en Liverpool se interesara en el asunto. Al poco tiempo, la noticia de que había un grupo de inmigrantes dispuestos a instalarse en algún sitio despoblado del país llegó a Buenos Aires. Y, una vez allí, a los oídos del ministro Guillermo Rawson. [...]

Las primeras conversaciones entre la Comisión Colonizadora y las autoridades argentinas fueron auspiciosas. La Ley de Tierras sancionada en 1862 autorizaba al gobierno a entregar una pequeña parcela a cada colono. Pero si los galeses cumplían con su compromiso de instalar dos o tres mil familias en la Patagonia, anticipaba el cónsul, recibirían mucho más que eso.

Love Jones Parry, de Madryn Castle, y Lewis Jones viajaron a la Argentina con fondos provistos por el reverendo (Michael Daniel) Jones. Reconocieron rápidamente el litoral chubutense y, acto seguido, firmaron un acuerdo con el gobierno. Después, convencidos de que su misión había tenido el éxito más completo, regresaron a casa. Corría el año 1864 y solo faltaba una cosa para que la colonia se convirtiera en realidad: ir y hacerla. [...]

Por fin, el 28 de mayo de 1865 el Mimosa, un bergantín de 450 toneladas y poco más de 40 metros de eslora, zarpó de Liverpool con 153 colonos. Provenían de sitios tan diversos como Liverpool, Aberdar, Mountain Ash, Bangor, Birnkenhead, Bala, Aberystwyth, Ffestiniog y hasta de Nueva York. E iban en pos de un sueño. Durante la travesía se celebró un casamiento y tuvieron lugar dos nacimientos y cuatro muertes. El 28 de julio (exactamente dos meses después de la partida) el Mimosa echó anclas en el fondeadero de punta Cuevas, al pie del acantilado donde hoy están emplazados el Ecocentro y el célebre Monumento al Indio de Puerto Madryn. [...]

Los primeros pasos de los colonos no fueron fáciles. Es necesario recordar que se trataba, en su gran mayoría, de obreros y amas de casa que nunca habían estado en un lugar ni remotamente parecido a ese. Algunos de los incidentes que tuvieron lugar son cómicos como, por ejemplo, el que sufrió la señora Davies cuando quiso ordeñar algunas de las vacas traídas de Patagones. La señora Davies, criada en una granja próxima a Aberteifi, estaba acostumbrada al trato con animales que vivían en un establo y respondían a los llamados de sus amos como una mascota. Por lo tanto, y tal como había hecho en su infancia, se acercó a la tropa convencida de que, en cuanto vieran el balde y oyeran lo que les decía, las vacas sabrían qué era lo que quería de ellas. Al principio las vacas la miraban con desconfianza y, una vez que la tuvieron cerca, se echaron a correr; algunas para huir y otras, las más valientes, para atacarla. La señora Davies logró salir ilesa pero llegó a la conclusión de que los animales que les habían traído estaban endemoniados. Otros de los colonos, en cambio, consideraron que el problema era que esas vacas, acostumbradas a la vida en las pampas, nunca habían visto a una mujer.

Lamentablemente, también hubo episodios dramáticos. Y el primero tuvo lugar el mismo día del desembarco cuando un grupo de colonos salió en busca de agua. Uno de sus integrantes, David Williams, se separó del resto y desapareció. La búsqueda fue infructuosa y los restos de Williams no fueron hallados sino varios años más tarde. [...]

El problema principal que tuvieron que enfrentar los colonos fue, sin duda, el de la falta de agua. Ningún río desemboca en el golfo Nuevo, y en las inmediaciones de punta Cuevas ni siquiera hay charcos. La búsqueda y el transporte de agua, aunque más no fuera para satisfacer las necesidades más elementales del grupo, debían implicar un esfuerzo enorme. Y la idea de acumular la cantidad necesaria para iniciar cualquier actividad productiva resultaba, lisa y llanamente, impracticable. [...] Los colonos abandonaron el primer emplazamiento y se trasladaron a las orillas de la laguna de Derbes, situada a los pies de la colina en que está el Chalet Pujol.

Una de las primeras cosas que hicieron los recién llegados fue sembrar trigo. No sé por qué lo hicieron y, sobre todo, por qué, a la luz de las dificultades posteriores, no se dedicaron a buscar alguna manera alternativa de obtener su sustento. [...]

Como sea, bastaron unas pocas semanas para que se dieran cuenta de que, a diferencia de lo que ocurre en Gales, las lluvias de la costa patagónica son, además de escasas, impredecibles. Y que en ese sitio y en esas condiciones nunca obtendrían, no ya beneficios sino, ni siquiera, el trigo necesario para su propio sustento. Se inició, entonces, la primera de las varias mudanzas que tendrían lugar. Un grupo de exploradores fue enviado hacia el sur para reconocer el valle inferior del río Chubut. Llevaban una brújula y un caballo y la garantía de que, detrás de ellos, iría un bote cargado de víveres.

La distancia entre Puerto Madryn y la desembocadura del Chubut es de unos sesenta y cinco kilómetros. O, si uno elige, por seguridad o por lo que fuere, una ruta que lo mantenga todo el tiempo a la vista del mar, de cerca de cien. Un grupo que viaje a pie y con poca carga debería hacer el trayecto, con cierta comodidad, en dos días. Pero, otra vez, los galeses fueron víctimas de su inexperiencia. Los hombres que iban por tierra estuvieron cuatro días en el campo. Y el bote que debía seguirlos encalló unos pocos kilómetros al sur de punta Ninfas.

A partir de entonces y durante varias semanas, el grupo estuvo dividido. Un segundo contingente había partido hacia el valle llevando una majada de varios cientos de ovejas que garantizaban, al menos, que los adelantados no se morirían de hambre. Pero, además de carne, necesitaban otras cosas. Y sin bote ni una huella clara que señalara el camino entre los dos asentamientos, cada viaje se convertía en una aventura de resultado incierto. Finalmente, varios de los jefes de familia instalados en Rawson (o, más bien, en lo que sería Rawson) se cansaron de esta situación y resolvieron volver al golfo. Mientras tanto, una nave cargada de caballos había recalado allí y se aprestaba a trasladar al resto de los colonos y, especialmente, a las mujeres y los niños hasta la desembocadura del río. [...]

A principios de 1866 los colonos estaban instalados alrededor de una vieja factoría construida en la desembocadura del río y conocida por el nombre de Fuerte Viejo. Habían vuelto a levantar algunos refugios y tenían un poco de ganado, caballos y provisiones para los cuatro o cinco meses siguientes. Pero eso era todo; el trigo y las hortalizas que habían sembrado se habían perdido y, una vez que partió la nave que los había ayudado a reunirse, quedaron solos. Patagones, la población más cercana, quedaba a 250 kilómetros de distancia y, para el caso, tanto podía haber quedado a 2500 o 25.000.

Las consecuencias de esta situación no se hicieron esperar. La colonia entró en un estado de asamblea permanente. Lewis Jones, presidente del comité que dirigía la colonia, renunció a su puesto. Su reemplazante, William Davies, partió hacia Buenos Aires con la intención de obtener una nueva ayuda del gobierno argentino. Mientras tanto, un grupo de colonos envió una carta al gobernador inglés de las Malvinas pidiendo que se los trasladara a alguna posesión británica. Para ellos, la aventura había terminado.

En julio de 1866 la fragata Tritón, integrante de la flota británica estacionada en Montevideo, viajó a la colonia. Su misión era la de evacuar a los descontentos pero, a pesar de las amargas quejas vertidas en la carta, se embarcaron en ella apenas siete colonos. Entretanto, Davies había obtenido la ayuda que buscaba y, cuando regresó, trajo con él una pequeña embarcación para el servicio de la colonia y los víveres necesarios para sobrevivir hasta el año siguiente. Poco después se produjo la primera visita de los aborígenes. Las relaciones entre los inmigrantes galeses y los dos grupos de aborígenes que vivían en la región (pampas y tehuelches) han sido largamente descriptas y analizadas. Se iniciaron, como podría suponerse, con el temor de los primeros y la desconfianza de los segundos. Pero no pasó mucho tiempo antes de que unos y otros descubrieran que, a pesar del idioma, de la religión y del color de la piel y los ojos, lo que los unía era mucho más que lo que los separaba. Los galeses, desbordados por la falta de corrales y alambrados, habían perdido la mayor parte de sus ovejas y empezaban a sentir la escasez de carne. Los indios, en cambio, estaban sobrados de ella pero carecían de harina, manteca y pan. Rápidamente se inició un mercado de trueque que, con los años, llegó a alcanzar cierta importancia y se convirtió en uno de los últimos recursos que encontraron los indios para abastecerse antes de ser confinados en las reservas. [...]

El inicio del comercio con los aborígenes y la llegada de las provisiones significaron una mejoría innegable pero que no alcanzaba a satisfacer las expectativas de los colonos. La agitación se prolongó durante toda la segunda mitad del año. Además, la primavera trajo una nueva sequía y, con ella, una segunda pérdida de lo que se había sembrado. A partir de entonces, la relocalización se convirtió en la principal preocupación de los colonos. Y la pregunta que se hacían todo el tiempo: relocalización sí, pero ¿adónde? Tal como había ocurrido en Gales, volvieron a barajarse las posibilidades de mudarse a Uruguay, Canadá, el Brasil y California; o, también, a otra provincia argentina. Al fin y al cabo y a pesar de la inclemencia del sitio elegido, el gobierno nacional había demostrado, más de una vez, su buena voluntad. Davies viajó otra vez a Buenos Aires para transmitirle las novedades al ministro Rawson. El ministro se comprometió a colaborar con el traslado pero puso una condición: que la decisión estuviera refrendada por la firma de una amplia mayoría de colonos. También dijo que, si resolvían quedarse, les haría llegar suministros para un año más.

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