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Filosofía de las "relaciones carnales"

Por Carlos Escudé Para LA NACION
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14 de mayo de 2008  

"Los fuertes hacen lo que pueden. Los débiles sufren lo que deben." Este célebre dictum del griego Tucídides, que resume lo transcurrido en las negociaciones entre la poderosa Atenas y la alicaída Melos durante los prolegómenos de la Guerra del Peloponeso, puede considerarse el principio fundacional del realismo periférico que inspiró la política exterior argentina durante la década del 90, mancillada quizá por siempre debido al fracaso culpable de las políticas económicas que la acompañaron.

Según nos cuenta aquel precursor, cuya obra es a la vez filosofía política e historiografía, ocurrió por aquel tiempo que Melos se rebeló ante la exigencia ateniense de una alianza subordinada contra Esparta en la guerra por venir. Los melios se indignaron: ¿cómo osaban proponer tal cosa cuando ni siquiera los habían consultado acerca de una conflagración que ya tenían decidida?

Los representantes de Atenas contestaron que, dada la disparidad de poder entre las partes, no pensaban discutir sobre la agenda más amplia, sino sólo acerca del papel de Melos en la tragedia incipiente. Razonaron que una alianza sería mutuamente conveniente. También invocaron sus virtudes, alegando: "Si sois cuerdos, [ ] no tengáis reparo en someteros y dar la ventaja a gente tan poderosa como son los atenienses, que no os demandan sino cosas justas y razonables".

Los melios se exasperaron, subrayando el carácter asimétrico de la alianza propuesta, análoga (para poner las cosas en perspectiva) a la que existe entre cualquier miembro de la OTAN y los Estados Unidos. Los atenienses respondieron, ya en tono ominoso, que el pacto sería en verdad provechoso para ambas ciudades, "porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os pueden venir a causa de la guerra, y nuestro provecho consiste en que más nos conviene teneros por aliados y mandaros que mataros y destruiros".

Melos rechazó el convite y fue sitiada y devastada. El historiador ateniense no disimuló el tremendo desenlace. Su obra informa lacónicamente que los varones mayores de catorce fueron masacrados, y los niños y mujeres, enviados a Atenas como esclavos.

Cuando se desclasificaron los documentos secretos sobre el furibundo boicot desencadenado por Estados Unidos contra la Argentina como consecuencia de nuestra neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial, la analogía entre las dos situaciones pareció evidente a quienes estudiábamos esos temas desde el Instituto Di Tella. Las exigencias norteamericanas a partir de 1942 fueron, en esencia, las mismas que las de los atenienses. La obstinación argentina fue similar a la de los melios. La percepción estadounidense acerca de la justicia de su causa fue comparable a la que acompañó a la democracia ateniense en su demanda. Finalmente, salvando las distancias inherentes a contextos históricos tan disímiles, también fue análogo el desenlace del drama, traducido en sanciones que dañaron gravemente a melios y argentinos.

Este es el trasfondo filosófico de nuestra alianza con los Estados Unidos de la década del 90. En el plano del pensamiento, contribuyó a corregir el realismo de los teóricos norteamericanos para adaptarlo al predicamento tucididiano de los Estados periféricos. Simultáneamente, fue un trampolín hacia la sabiduría de fuentes bíblicas y talmúdicas.

En verdad, aunque pocos asocian la prédica que el profeta Jeremías efectuó entre 610 y 586 a.C. con nuestra política hacia Estados Unidos dos milenios y medio más tarde, el suyo fue un antecedente anterior, tan importante como el de Tucídides. Temiendo por la integridad del reino de Judea, que estaba amenazado por el ascenso de Babilonia bajo el mando de Nabucodonosor II, el profeta clamó infructuosamente por una alianza con la superpotencia. Quiso impedir así la conquista de Jerusalén y la destrucción del Templo de Salomón.

Como en el caso de nuestro realismo periférico, la prédica de Jeremías fue interpretada como poco patriótica. El conmovido comentarista de la católica Biblia de Jerusalén evoca así el drama de su vida: "Tenía ansias de paz y hubo de estar siempre en lucha: contra los suyos ( ), contra todo el pueblo, varón discutido y debatido por todo el país. La misión de Jeremías fracasó en vida suya, pero su figura no dejó de agrandarse después de su muerte" (p. 1082 de la edición de 1998).

No obstante, como el nacionalismo mal entendido es el peor enemigo de los pueblos, Judea estaba destinada a repetir las actitudes que condujeron a su debacle de 586 a.C. Lo hizo al mejor estilo de Melos y a pesar de la prédica de un gran discípulo de Jeremías, el sabio rabínico Iojanán ben Zakai. Hacia el año 70 d.C., éste intentó plasmar una alianza entre Judea y la superpotencia de turno, Roma, para evitar una nueva conquista de Jerusalén y la destrucción del Segundo Templo.

Por segunda vez, el realismo periférico fue rechazado, pero el sabio reaccionó con audacia para salvar el culto a pesar de la debacle de su Estado. Frente a la obstinación de pueblo y gobierno, Ben Zakai se hizo transportar por sus discípulos, oculto en un féretro, para traspasar las murallas de la sitiada ciudad. El tratado talmúdico Los padres según Rabí Nathan (IV: VI:1) cuenta que, una vez afuera, se presentó ante Vespasiano, quien ya tenía informes de su lealtad al César. El sitiador le preguntó qué podía ofrecerle y Ben Zakai le pidió la tutela de Yavne y sus sabios para reorganizar el judaísmo desde esa localidad, en las cercanías de la actual Tel Aviv.

Jerusalén cayó, pero la gracia fue concedida, y con ese realismo periférico triunfante nació el judaísmo rabínico moderno que hoy conocemos. Realismo periférico, por otra parte, que no es sino el de Alemania y Japón desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial, y el de Canadá y Australia durante toda su historia.

En verdad, la convergencia de fuentes griegas, bíblicas y talmúdicas en torno de las relaciones asimétricas entre Estados débiles y potencias hegemónicas es sorprendente. Cuando se comparan los ejemplos documentados en estos escritos fundadores de Occidente con el pasado de países como el nuestro se extraen enseñanzas invalorables. Aunque nuestro realismo periférico de los 90 es hoy mal comprendido y casi siempre vilipendiado, ha dejado un legado importante que pasa inadvertido.

Gracias a aquellas políticas nos alejamos del perfil de Estado paria, apartando el fantasma de sanciones internacionales que amenazaban con dañarnos gravemente, como ocurrió en aquella década de 1940 sobre la que basamos nuestro aprendizaje.

Abjuramos de producir la bomba atómica. Abortamos el desarrollo, en sociedad con Saddam Hussein, de un peligroso misil balístico. También desmantelamos nuestra industria de armamentos, eliminamos el servicio militar obligatorio y resolvimos viejos conflictos limítrofes, archivando las hipótesis de conflicto con países vecinos. En la práctica, aunque no en la retórica, nos convertimos en un Estado pacifista.

Pero no estábamos gobernados por sabios ni por auténticos profetas, y estos comportamientos, en apariencia virtuosos, vinieron acompañados por un vaciamiento vicioso de nuestra economía, que arrasó con la propuesta. Muy pronto, el torbellino de flujos de capital que iban y venían se enderezó hacia fuera, llenando nuestras calles de menesterosos que habían sido despojados de honra, empleo y haberes.

Quizá nuestro realismo periférico haya resultado funcional para la gran mentira. Si fue así, aun sin que sus gestores lo advirtieran, se convirtió en política de "relaciones carnales" en el peor sentido. El dictum de Tucídides sobre el predicamento de los Estados vulnerables frente a los fuertes cobró validez siniestra, porque como en un grotesco criollo, los "débiles" a quienes refiere pasaron a ser nuestras propias masas pauperizadas, traicionadas por sus dirigencias.

Cual vendaval del infierno, la crisis de diciembre de 2001 reveló nuestra patética verdad.

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