Cuatro mujeres y un viaje a ninguna parte

Fallida incursión fílmica en la psicología femenina
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15 de mayo de 2008  

Yo soy sola (Argentina-España/2007). Guión y dirección: Tatiana Mereñuk. Con Moro Anghileri, Eugenia Tobal, Mara Bestelli, Olivia Molina, Pablo Rago, Mike Amigorena, Damián De Santo. Fotografía: Alejandra Martín. Música: Gustavo Pomeranec. Edición: Rosario Suárez. Presentada por Primer Plano. Duración: 97 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: regular

A Inés, Vera, Lina y Mara las une la amistad, pero por sobre todo la falta de certezas sobre el futuro y el lugar que cada una de ellas ocupará en el mundo. Las cuatro están cerca de cumplir los 30 y el casamiento, el destino profesional, el amor con mayúsculas y la maternidad son, respectivamente, obsesiones tan irresueltas como los vínculos familiares y las relaciones con el sexo opuesto.

En la vida, ellas se muestran inseguras, vacilantes, resignadas a retroceder varios pasos después de avanzar a ciegas y seguir muchas veces sin rumbo. Y en esta película también, pero no tanto por las decisiones circunstanciales que aparecen en la superficie del relato sino, sobre todo, porque el film parece haberse tomado al pie de la letra ese temperamento en su concepción y puesta en escena.

Todo en Yo soy sola es fluctuante, inestable o tan forzado como los circunstanciales momentos en que el cuarteto comparte el mismo escenario. Tal vez Tatiana Mereñuk haya querido explorar distintas posibilidades expresivas y matices dramáticos a través de cada uno de los cuatro episodios en los que está dividida esta película. Pero la multiplicidad de registros y opciones (vamos aquí sin demasiada lógica del relato costumbrista al drama romántico y de la comedia a la sátira) lejos de enriquecer al conjunto no hace más que quitarle coherencia e identidad, dejando a los personajes casi siempre a la deriva.

Algo así le pasa a Lina (personaje encarnado por la española Olivia Molina sólo porque estamos ante una coproducción entre ambos países), que en la pensión donde vive enciende velas por su príncipe azul, un acaramelado y casi ridículo presentador de TV (Mike Amigorena). Cuando finalmente logra seducirlo y tenerlo a su merced, Lina resuelve las cosas (es un decir) de un modo incomprensible.

Lo mismo ocurre con Mara (la lánguida Mara Bestelli), que resuelve quedar embarazada por inseminación artificial de un donante desconocido para resolver (o contradecir, no se sabe bien) sus dilemas de feminista radicalizada. La llegada de un ex novio (Damián de Santo) desde España la coloca en el dilema de dejarlo y pedirle enseguida que se haga cargo de su futuro hijo, sin que quede mínimamente en claro hacia dónde se orienta una decisión tan vital.

Y menos vuelo levanta la cándida Inés, a quien Moro Anghileri carga de artificios y desbordes. Ella está a punto de casarse y como novia ingenua y soñadora imagina una boda como las de antes hasta que tropieza con sus propias fobias y casi desaparece, desplazada abruptamente y sin razón aparente por otros personajes (el novio, los padres de ambos), ahora en medio de una boda que a partir de sus trazos más elementales y con muy poca gracia pretende asemejarse a relatos similares de la colectividad italiana o la judía.

La única que tiene algo de suerte es Vera, quien se debate entre su vocación de periodista y el papel de ama de casa que construye en su mente a partir de los reclamos de su pareja (Pablo Rago), un inconstante y poco responsable aspirante a escritor. En las dudas y oscilaciones de Vera, encarnada con expresividad y compromiso por Eugenia Tobal, queda representada la película entera: una obra malograda en la que se vislumbran interrogantes sobre los sueños y las esperanzas de toda una generación, planteadas a medias y sobre un camino errático.

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