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El hornero, ese paciente constructor de ranchos de adobe

Para esta ave no existen los "no lugares", por lo que puede instalar su casa hasta en los monumentos urbanos
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31 de mayo de 2008  

Supongo que ninguno de nosotros ignora que "la casita del hornero/ tiene sala y tiene alcoba", tal vez por haber leído El libro de los paisajes , de Leopoldo Lugones, o algún remoto texto escolar que tomara estos versos.

Si bien cada vez que vemos el nido de un hornero vuelve a nuestra memoria aquella descripción de Lugones, otros escritores también le han hecho un lugarcito para que apoyara su "hornillo" entre los temas argentinos; y no sólo escritores, asimismo se ocuparon de él pintores, músicos, cantores populares, fotógrafos, autores de célebres piezas teatrales... ¡Quién no recuerda la escena final de Barranca abajo , de Florencio Sánchez? Citaré al poeta Rafael Obligado, quien hasta su muerte sintió el remordimiento de haber destruido, de niño, los nidos del hornero, cuando con sus amigos recorrían "las quintas de su tiempo"; por haber desobedecido la advertencia de su madre: ".. ¡Cuidado con los nidos... pero digan horneros y zorzales/ si les valió la maternal piedad"... "En el horno de barro construido/ para vivir y amar/ introducía sus rosados dedos/ el pequeño aprendiz de gavilán..."

La escena es demasiado cruel para transcribirla por completo, pero sí transcribiré la ya inútil reprobación del poeta ante "...la alegría triunfal/ de aquel enjambre de inocentes niños/ que así destruía un inocente hogar..."

Múltiples observadores

Tampoco sabios ornitólogos (como B. Marchetti y C. Olrog) pueden evadir la sugestión que ejerce sobre ellos nuestro Fumarius Rufus cuando lo estudian. Nos hablan de su "alegre canto" en concierto con la hembra y de su "maravilloso nido"; lo describen minuciosamente: "marrón pardo, cuello rojizo, garganta blanca, pardo claro, vientre blancuzco, pecho pardo claro, cola rojiza, pico y patas marrones". Reseñan, asimismo, que su nido está dividido en dos cámaras y consignan las exactas dimensiones, sin olvidar su resistencia a los rigores de la intemperie, ni a los subinquilinos ocasionales...

Nos instruyen haciéndonos saber su genealogía. Por ellos sabemos que pertenece la familia de los Furnáridos y a la más genuina de sus tres ramas, la del Furnarius Rufus, que pesa unos cincuenta y cuatro gramos y que, cual consumado arquitecto, construye el plano impreso por Dios en su pequeño cerebro.

Nuestro Guillermo Enrique Hudson, el naturalista poeta, pero no por eso de menos rigor científico, igualmente se detiene, maravillado ante el hornero, y nos habla, en Aves del Plata, de sus costumbres, su nido, y sobre todo, de su canto.

Los investigadores trataron según creo, en vano, de descubrir en sus laboratorios los secretos del nido y de su canto, analizando la secreción de las glándulas salivales y contando las células nerviosas del cerebro del pajarito... muerto.

Físicos y matemáticos menos reñidos con la filosofía han escuchado y grabado su extraordinario dúo. En un interesante artículo en el que comunicaron las conclusiones de sus estudios, G. Mindlin y Laje, investigadores físico matemáticos, formularon su teoría para explicar la causa del canto del Furnarius Rufus , de su alegre duetto sincopado con la hembra, y llegaron a esta conclusión que, sin comprenderla, cito con el mayor respeto: "Los ritmos sincronizados de machos y hembras responden a simples leyes de la física particular, la que gobierna los sistemas conocidos como osciladores no lineales, tales como un péndulo que oscila impulsado por una fuerza vertical en una región amplia..."

El vuelo de la fama

En cuanto a su vuelo, nuestro "Caserito", no lo hace a largas distancias, puesto que permanece en la zona donde habita, y en el caso de nuestro país, el mismo abarca casi todo el territorio, sin embargo su fama ha volado sobre el océano y le ha merecido el honor de figurar en el Dictionnaire Des Oiseaux , de Michel Cuisin (miembro del Consejo de la Sociedad Ornitológica de Francia). Pero nuestro querido "Alonsito" no puede cantar en jaula científica, se ríe como en las leyendas guaraníes, y vuela con su "prenda" a apoyar su nido cerca del rancho de Alonso García, aquel legendario español, que, imitándolo, fue el primero en construir su rancho con barro y paja, para hacerlo más resistente a los ataques y rigores de la intemperie.

Para anidar, el sociable hornero no sólo "elige como un artista/ el gajo de un sauce añoso/ o en el poste rumoroso/ se vuelve telegrafista", según la retina impresionista de Lugones; cualquier porteño puede comprobar que el "Alonsito" apoya su simpático rancho en lugares a veces insólitos de la ciudad o, con más frecuencia, en parques y plazas. Puede vérselo, sobre todo después de las lluvias, caminar paso a paso sobre la tierra húmeda pisando fuerte como buen gaucho, y detenerse de pronto, ladear su cabecita y atrapar con pico certero la casi imperceptible lombriz, golosina para sus pichones.

Es que para el hornero no existen los "no lugares", de Marc Augé. Yo misma, cruzando la Plaza de Mayo, advertí con gozoso asombro que un hornero había apoyado su nido en una ala saliente de nuestra venerable Pirámide. También lo vio un fotógrafo artista, ya que la imagen del patriótico hornerito apareció a toda página en la sección dominical de un importante periódico. Pero como yo sólo soy poeta y en plena Plaza de Mayo no contaba más que con la intangible guitarra del viento, improvisé estas décimas: "Tan gauchito y tan casero/ trabajando sin desmayo/ la Pirámide de Mayo/ le ha servido de aparcero./ Allí aguanta el aguacero/ sol ardiente o ventarrón/ su intrépido corazón/ no se asusta de la gente/ y asiste -santo inocente-/ a la manifestación.// El no ha traído pancarta/ ni una antorcha ni una vela/ él sólo sabe que vuela/ que Dios lo ampara sin falta/ que en su tribuna tan alta/ nadie lo intenta alcanzar/ puede tranquilo esperar/ que tanta gente se vaya/ a ver si por fin ensaya/ el dúo de su trinar..."

Creo que coinciden poetas, artistas, científicos, especialistas ornitólogos, habitantes del campo y de la ciudad, en sentir simpatía y admiración por nuestro criollo Furnarius Rufus . Y estoy segura de que, entre todas las "criaturas finas de Dios" -como llamó a los nidos Gabriela Mistral- se destaca con relieve nítido, sobre el fondo incomparable del paisaje argentino, el humilde rancho de adobe de nuestro gauchito alado.

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