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El honor mancillado

Interesante puesta de Julio Molina
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2 de junio de 2008  

Estación de fallecimiento, de Luis Cano. Dirección y puesta en escena: Julio Molina. Con Lucas Lagré, Mercedes Fraile, Germán De Silva y Eduardo Ramoni. Música y diseño sonoro: Guillermina Etkin. Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux. Diseño de vestuario: Mercedes Arturo. Realización escenográfica: Eduardo Ramoni. Teatro del Borde, Chile 630. Sábados a las 23.45. Duración: 45 minutos. Entradas: 20 pesos.

Nuestra opinión: buena

No hay historias nuevas, sostienen algunos artistas. La humanidad cuenta desde tiempos inmemoriales las mismas odiseas, sólo que lo hace con pequeñas variantes o en contextos distintos que resignifican los relatos. Una y otra vez referimos a esa reserva mítica de la memoria universal todo lo que nos ocurre. Es un mecanismo casi automático. Vemos un joven afligido por la muerte de su padre y una madre y un tío completando el cuadro y no podemos menos que pensar en Hamlet .

El niño-rata de esta historia dice que "está acá para ver hasta el fondo y limpiar el honor". Pero, a diferencia del príncipe de Dinamarca, no enfila su odio hacia el tío, sino hacia la madre. Sus palabras describen un matricidio, como el de Orestes. ¿Por qué? ¿Tío y madre han conspirado como Egidio y Clitemnestra para matar a Agamenón? ¿O el joven repudia a esa madre porque, como Gertrudis, ha caído bajo la seducción de Claudio, luego del asesinato del progenitor? No lo sabemos.

Sabemos sí que el honor familiar está mancillado. El texto nos informa además de ciertos reproches del hijo y de una sospechosa marca negra en el cuello del padre. También aparece una imagen de la madre afilando un cuchillo, que podría incluso incriminarla. Pero nada más. Cano trabaja su material dramático como un poema en el que las palabras sostienen visiones que se encadenan sutilmente para terminar de armar los fotogramas del matricidio, perpetrado según parece en Punta Mogotes. ¿Un episodio policial extraído de un diario? ¿O pura ficción? No importa demasiado. El mar como fondo, al igual que la memoria, está ahí para llevar y traer esas peripecias que nos igualan en el tiempo.

Los datos son lanzados como bengalas que iluminan fragmentos del cielo oscuro, pero nos dejan al segundo otra vez en las sombras. Como en cualquier poema, el lector -en este caso el espectador- debe abrirse paso entre las penumbras por medio de la imaginación, que es la encargada de construir su propia versión, porque los motivos que alega el honor para levantarse en armas suelen ser muchos y a menudo muy ambiguos y mixtificadores como para interpretarlos de manera lineal.

Una atmósfera sugestiva

Preocupado por acompañar con belleza la densidad poética del texto, Julio Molina trabaja su puesta en escena con un interesante diseño lumínico de Alejandro Le Roux. Este se apoya en la distribución estratégica de varios proyectores de diapositivas, que arrojan chorros de luz sobre distintos espacios y crean una atmósfera muy sugestiva, por momentos espectral. Ese recurso ablanda notablemente un ámbito en que el despojo general y el ladrillo a la vista imponen una nítida aridez.

Los objetos escénicos son también mínimos: un tocadiscos en el que se escucha la marcha fúnebre de Chopin, un tacho de agua, una piedra de afilar instrumentos de metal, un marcapasos y algunos trajes colgados sobre la pared. En general, esos adminículos sirven para que los actores objetiven situaciones marcadas por el texto: el intento de purificación de la madre a través del agua o la sospecha que se levanta sobre ella cuando saca filo al cuchillo.

Pero, más allá de ese afán ilustrativo, el conjunto de la puesta logra un lenguaje propio que realza el texto. El elenco tiene un firme pilar en Mercedes Fraile, que aporta solidez a la interpretación de la madre. No ocurre lo mismo con el joven Lucas Lagré que, a pesar de su entrega, tiene problemas de dicción que empastan demasiado la elocución de un texto que merece, por su calidad, más cuidado. Germán De Silva como el tío cumple con profesionalidad.

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