Desterrar la cultura del "escrache"

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3 de julio de 2008  

El ataque a huevazos que sufrieron anteayer, en Olavarría, el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, y varios intendentes del interior de la provincia por parte de un grupo de productores autoconvocados debe ser condenado por la opinión pública. Tanto como un agravio similar del que fue objeto, semanas atrás, el titular de la Sociedad Rural Argentina, Luciano Miguens, y como cualquier acto propio de la lamentable cultura del "escrache" que en los últimos años ha ganado terreno en la Argentina.

La dimensión que ha tomado entre nosotros esta particular y nefasta metodología, cuyas raíces más cercanas se vinculan con repudiables prácticas del fascismo y del nazismo, ha hecho que la prensa internacional dedicara recientemente amplio espacio a este fenómeno, que describe como típicamente argentino.

El "escrache" es un acto de violencia moral contra personas o instituciones. Es un arma definitivamente inconciliable con el respeto de la dignidad del otro y, muchas veces, un ataque a su propia intimidad.

Como fenómeno social, es un reflejo del bajo nivel de calidad institucional y de los problemas de nuestro sistema político para canalizar demandas de la sociedad. Porque es cierto que se recurriría mucho menos a las acciones directas reñidas con la ley si la sociedad confiara más en la independencia de la Justicia y en la solvencia moral de jueces y funcionarios públicos.

Pero esta situación no puede ser tomada como un justificativo de los "escraches" y de otras conductas incompatibles con el Estado de Derecho, como los cortes de rutas, cualquiera que fuera el sector que los promueve.

Los incidentes ocurridos en Olavarría son un ejemplo más de estas descabelladas actitudes. Además de insultos y huevazos a los funcionarios que participaban del acto de lanzamiento de un programa para la compra de maquinaria vial, bocinazos que partían de un camión impedían que se escuchara a los oradores.

En el actual momento político, teñido por el grave conflicto entre el gobierno nacional y el campo, es menester llamar una vez más a todos los sectores involucrados a tratar de imponer sus iniciativas por medio de la razón y no de la fuerza. Las medidas autoritarias y las reacciones desproporcionadas sólo conducirán a sembrar más anomia.

No pueden estar al margen de este llamado las autoridades nacionales y, sobre todo, el ex presidente Néstor Kirchner, cuyos últimos mensajes lejos estuvieron de contribuir a la concordia y la paz social. Del mismo modo, resulta preocupante e inexplicable que el Gobierno se siga sirviendo como una de sus primeras espadas del dirigente piquetero Luis D Elía y de otros sectores que no han dudado en recurrir a "escraches" y otros actos de violencia.

Nuestra aspiración a vivir al amparo de la noble tradición de libertad exige que los argentinos pongamos fin a estas lamentables prácticas antes de que terminemos acostumbrándonos a convivir con ellas y de que se consoliden como elementos propios de nuestra cultura política.

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