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Un inteligente entramado de causalidades

Echarri, Belloso, Santamaría y Villamil, al frente de un brillante texto de McDonagh
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5 de julio de 2008  

The pillowman (El hombre almohada), de Martin McDonagh. Con Pablo Echarri, Carlos Belloso, Carlos Santamaría, Vando Villamil, Pía Uribelarrea y elenco. Música: Gabriel Goldman. Escenografía: Alberto Negrín. Iluminación: Estudio del Altillo. Vestuario: Gabriela Pietranera. Producción: Daniel Grinbank. Teatro Lola Membrives. Duración: 150 minutos.

Nuestra opinión: buena

The pillowman (El hombre almohada) parece ser un largo recorrido por indicadores que van tomando forma a medida que avanza la acción. "Lo que me dice es que en la superficie estoy diciendo esto, pero debajo de la superficie estoy diciendo otra cosa", interpreta el investigador Tupolski cuando Katurian, el personaje interpretado por Pablo Echarri, paradójicamente le da una pista a quien está investigando su caso.

Katurian pasa su vida escribiendo cuentos, es todo lo que hace. En general, son historias oscuras, de abusos infantiles, de perversiones y de finales trágicos. Tan oscuro es todo que Katurian y su hermano Michal están en una comisaría de un país Occidental porque sobre ellos cabe la sospecha de haber matado a tres niños judíos. Tres niños que, no casualmente, fueron asesinados de la misma manera que en tres cuentos de Katurian.

Claro que por fuera de cierta narración lineal, el brillante texto de Martin McDonagh se convierte en una aguda y maníaca reflexión sobre el acto creativo, sobre la autoría de las cosas y sobre quién actúa los deseos de quien. Como en capas, a lo largo de las dos horas y media se van esbozando preguntas. ¿Será, acaso, que Michal (Carlos Belloso) es el que actúa las ficciones imaginadas por su hermano Katurian (Echarri)? ¿Será, acaso, que esas ficciones fueron marcadas con cierto determinismo irritante por sus padres? ¿Será, acaso, que los mismos padres son producto de un tiempo social, religioso y político? Entonces, ¿quién es el verdadero autor de esas muertes?

Con un humor oscuro y apelando a elementos de un thriller psicológico, el texto desgrana cuestiones ligadas al principio, las causas y las propiedades de las cosas. Coherente con esa línea, la puesta está basada en la palabra y en lo actoral. Por eso no hay muchos más artilugios que ver a esos cuatro intérpretes (Echarri, Belloso, Carlos Santamaría y Vando Villamil) evocando, indicando pistas, habilitando posibilidades.

La única vez que Enrique Federman, director del montaje, sale de ese esquema (la poco lograda escena de los padres), la atención se dispersa. En contraposición, cuando la acción está más concentrada en la palabra y en el juego interpretativo, la obra toma más cuerpo, se expande.

Fiel a ese planteo, las actuaciones son medidas y sin grandes desplazamientos. En ese sentido, los cuatro intérpretes se mueven con solvencia y entrega, aunque -sea porque todavía al trabajo le falta madurez o por problemas en la marcación- no transitan la variedad de finos matices que sí están presentes en la dramaturgia de McDonagh. El único que despliega más herramientas es Belloso, quien encara a un personaje con problemas mentales. Su trabajo físico, gestual y vocal es sumamente intenso, aunque no sorprende del todo porque ya ha transitado esa línea. Pablo Echarri es el único que está todo tiempo en escena y el que menos experiencia teatral tiene. Sin embargo, sale airoso. Probablemente, cosas de la fama, le juegue en contra arrastrar a un público que espera de él otra cosa y que con reacciones exageradas termina desconcentrando.

La puesta de Federman y su equipo hace que las palabras de El hombre almohada retumben en medio de una habitación despojada, funcional a la propuesta. A lo sumo, es cuestionable el uso de micrófonos que no hacen otra cosa que quitar diversidad de planos a una trama compuesta por hábiles indicadores de preguntas inquietantes.

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