Gato Dumas, con la ira en su punto justo

Como un Job de fin de siglo, el popular cocinero que sale al aire por Canal 9 se queja por un destino con demasiado dolor
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10 de julio de 1998  

La única que lo llama Carlos Alberto es su madre. "La veo tan poco... No tengo tiempo... Vive en la plaza Vicente López, aquí no más... Pero no tengo tiempo... Pobre mamá, hace unos pocos días cumplió 84 años y yo la llamé por teléfono, le dije: "¡Hello, mamá, happy birthday! Y chau". No tuve tiempo ni de ir a darle un beso. Y bueno, soy único hijo y tiene que bancarme como soy", razona el cocinero al que todos los demás llaman Gato Dumas. Nacida en Francia, criada a pasos de la Torre Eiffel y llegada a la Argentina cuando tenía 18 años, ella sostiene sin enojos la relación telefónica con su hijo. "¿Cómo se va a enojar si sabe que estoy laburando y que no tengo tiempo para ir?", dice el Gato, con rugido de león. "A ella le encantaría que fuera, ya lo sé. A mí también me encantaría ir a darle un beso -se apacigua-. Pero, bueno, ¿qué querés? Me educaron así y la culpa es de ella", vuelve a rugir el cocinero que ahora propone telemanjares por Canal 9. El sonido del teléfono celular interrumpe la conversación. El intenta apagarlo sin responder. Sus habilidosas manos de cocinero no logran dar con la tecla adecuada. Pierde la paciencia y llama a una secretaria para que se haga cargo de esa impertinencia sonora. El Gato retoma el diálogo. Ahora el que se vuelve fastidioso es un inalámbrico apoyado sobre el escritorio. "¡Odio todos estos aparatos!", se enfurece. Esta vez da por descontado que sus manos no han sido hechas para dominar la tecnología, y echa mano de un recurso más elemental: tira el teléfono en un cajón y se apresura a cerrarlo para aplacar el chillido exasperante. El 20 de julio, el Gato Dumas cumplirá 60 años y no conserva mucha paciencia en la despensa de los sentimientos.

Puesto a racionar ese ingrediente escaso, decidió reservarlo para el oficio al que define como "el arte de lo efímero". "Cuanto más efímera sea la obra de un cocinero, más lograda está -asegura-. Si yo te ofrezco un plato que tiene el color de una pintura, el volumen de una escultura y un aroma irresistible, lo vas a devorar en treinta segundos. Pero para preparar ese plato que es comido en medio minuto, llevo cuarenta años quemándome las manos".

Ardiente impaciencia

Picar, cortar, sazonar, batir, untar, hornear y freír. Esos son los únicos verbos que el Gato Dumas puede conjugar pacientemente. En lo demás, al pan, pan, y al vino, vino. Ya no le quedan ganas de largas discusiones con el destino. "He tenido enormes tristezas en mi vida. Son penas que todavía continúan", dice, y no exagera.

Hijo único de un arquitecto que dedicaba su tiempo libre a la Asociación Argentina de Tenis y de una francesa, hija a su vez de un cocinero que compartió la mesa con Picasso y con García Lorca, fue criado con mucho dinero y pocas prohibiciones. Fue estudiante de arquitectura, pintor, escultor, rugbier y cazador submarino. Con su primera mujer de estirpe irlandesa, Lala Snee, tuvo cuatro hijos, tres de ellos discapacitados, que actualmente viven en Oxford. Un buen día, ella lo abandonó para casarse con su mejor amigo y el Gato creyó que aquello era más de lo que podía soportar. Sin embargo, hasta entonces se las fue arreglando para mirar al cielo e interpelar a la divinidad.

"Cuando creía en Dios le pedía, por favor, que de vez en cuando la bomba que me tirara picara al lado mío y no siempre sobre mi cabeza. ¿Por qué siempre a mí? ¿Por qué con tanta puntería?", cuenta que le reclamaba al Supremo, cuya existencia acostumbraba a poner en duda cuando se hundía en el abismo de los dolores. "Pero este último, el del año pasado, fue el tope -sentencia-. Ahí dejé de plantearme si Dios existe o no. Sí, Dios existe -me dije-, pero no es una persona buena".

Habla de ese dolor con la furia de quien tiene una llaga en carne viva. Vive con Mariana Gassó, 27 años más joven que él, y jura que ella será su última mujer. "Y tendrá que aguantarme por lo menos cien años más", profetiza. Gracias a la fertilización in vitro, el año último ella logró quedar embarazada. Dumas creyó entonces que la vida le había dado la revancha. Al cabo de tanto purgatorio, le concedía el cielo multiplicado: Mariana engendraba trillizos. Pero a los seis meses y medio de embarazo aquella promesa de felicidad se hizo trizas.

"¿Por qué? -pregunta Dumas sin esperar respuesta-. ¿Por qué? Lograr aquel embarazo nos había costado mucho trabajo, muchas ganas y mucha felicidad. Ya teníamos hasta el cuarto para los chicos... Nuestra vida ya había cambiado... y de pronto, en 24 horas, tuvieron que sacarle los trillizos. Dios se las tomó conmigo. ¿Pero por qué hacer sufrir, sufrir y sufrir? Que yo sufra, bueno... Ya tengo la piel muy gorda; ya soy viejo. Pero Mariana es muy tiernita. No está preparada para esos golpes. Lo que sufrió Mariana no existe... No hay derecho a que ella tenga que sufrir así... ¡Ella nunca hizo sufrir a nadie!", reclama con la mezcla de asombro y enojo propias de un Job de fin de siglo.

Habla con ira, pero no con el abatimiento de quien se ha dejado quebrar por la desdicha. "¿Cómo me voy a quebrar? -aúlla-. No tengo derecho. No tengo oportunidad. Necesito trabajar para comer, para mantener a mi familia. Tengo algunas cosas buenas, pero ésas no me las da el destino; las consigo trabajando veinte horas por día", dice el Gato Dumas en su escuela de cocina del barrio de Belgrano.

La crueldad de la tele

En esa bulímica carrera laboral, la televisión fue la tarea que más cruel le resultó en los días de llanto y luto. Entonces decidió sacar el pie del acelerador. "Cuando Mariana perdió los trillizos, yo salía al aire en vivo por América en el horario de las 20 -recuerda-. A las seis y media de la tarde le di la mano a mi mujer que entraba en la sala de partos para perder sus chicos y me fui para el canal a hacer el programa. En ese momento no podía decir en la pantalla que Mariana estaba perdiendo los bebes. Tuve que poner una sonrisa de oreja a oreja. La gente, amorosa, me regalaba tres chupetes o tres baberos y yo tenía que agradecerlos aunque tuviera un nudo en la garganta que me impedía hablar. Después de esa noche, fui a verlo a Eurnekian y le dije: "Eduardo, por favor, no quiero seguir haciendo el programa en vivo porque no puedo soportar estas cosas. Son muy fuertes para mí. He sufrido mucho en la vida y no quiero seguir sufriendo"." En esa huida hacia adelante para que el dolor no le pise más los talones, el Gato hace de la cocina una guarida. Cuando habla de comidas, se vuelve todo vitalidad. "Los cocineros de hoy día sólo se preocupan por hacer una obra de museo y terminan olvidándose del sabor. Yo, en cambio, digo: "No nos preocupemos tanto por la decoración del plato y pongámosle un poco más de sabor y aroma, que eso es una decoración para nuestras barrigas"." Casi una provocación en tiempos de vida diet y productos light.

El Gato se enfurece contra esa moda de paladares anoréxicos y mandíbulas condenadas a triturar zanahorias. "En los 40 años que llevo como cocinero y dueño de restaurantes sólo debo de haber vendido cinco menús dietéticos -argumenta-. Cuando la gente va a comer a un restaurante y paga, quiere salir pipón; quiere salir gordito y rodando. Si quieren ir a un restaurante, que coman. Si quieren comer Gato Dumas, que coman. Si no, que vayan a un restaurante naturista o que no salgan; que se queden en sus casas comiendo arroz integral". Y el enojo le enciende la lengua: "Veinte mil médicos me han propuesto hacer recetas para enfermos del corazón. ¡Que agarren a un nutricionista! ¿Qué me vienen a hablar a mí de una receta para los que sufren enfermedades cardíacas? ¡Que se ocupen ellos! Después de todo, yo me ocupo de que ellos ganen plata haciendo bajar de peso a la gente a la que yo hago engordar".

Sexo sin Viagra

Y puesto a protestar, reparte diatribas a diestra y siniestra: "A mí que no me vengan con cosas raras. Esto es igual que el asunto del Viagra. Estos tipos que tienen de cuarenta para arriba y que quieren comprar el Viagra, ¿por qué no piensan que el problema es que hace cuarenta años que tienen al lado a la misma vieja gorda, arrugada y con olor a humedad? ¿Por qué no buscan a una piba de veinticinco y se olvidan del Viagra? Yo voy a cumplir 60, estoy casado con una chica a la que le llevo veintisiete años, la amo y me ama, y te juro que no tengo ninguna necesidad de pensar en el Viagra. Funciono como un chico de quince".

Algo parece un gran malentendido. ¿Por qué el mismo destino que le regala a un hombre una sexualidad plena a los sesenta le niega la alegría de la paternidad? Pero es de imaginar que de puro obstinados, el Gato y su mujer Mariana no han de darse por vencidos. "Uno nunca pierde las esperanzas", asiente él. Alcanza con escuchar cómo lo dice para comprender que habla en serio, que no ha de darse por vencido. Y es inevitable pensar que si la vida le concede ese bebe, ese hombre estaría dispuesto hasta a reconciliarse con Dios. Pero él dice que de Dios ya no quiere saber nada. "No, no me interesa más -retruca el Gato-. Ahora me he dado cuenta de que estoy solo en el mundo" .

A esa conclusión llegó de la mano de su primo hermano, Marcos Dumas. "El tuvo problemas de salud muy serios -cuenta-. Recuerdo que vino a verme cuando acabábamos de perder a los chicos. Yo estaba muy mal. El me dijo: "Gato, estamos solos en el mundo. Nadie se va a ocupar de nosotros". "Y lo estaba diciendo un tipo que es sobrino directo del obispo Jaime de Nevares y nieto de la negra Casares, marquesa pontificia", aclara el Gato Dumas. Y como para dejar en claro que alguna vez fue alimentado en la fe católica, agrega: "Mi madre es Hija de María y mujer de comunión diaria. Pero para mí se acabó. Marcos tiene razón: estamos solos en el mundo. Ni arriba ni abajo, nadie va a ocuparse de nosotros. Cuando te sucede algo tan doloroso como lo que te estoy contando, perdé cuidado de que estás más sola que nunca porque no hay siquiera un estímulo de arriba".

¿Y tampoco de las otras personas? El Gato escucha la pregunta y dispara: "De nadie. La fuerza la tenés que tener adentro. Si un amigo trata de consolarte, es peor. Tenés que salir vos por tu propia fuerza. Tu coraza sos vos misma. Si no te levantás vos, no te levanta nadie". Cuesta creer que un hombre que se sabe definitivamente solo siga de pie. "¿Cómo creés que el Gato Dumas puede ser un flojo? -dice con la actitud de un boxeador golpeado empecinado en no tirar la toalla-. El Gato Dumas no puede darse el lujo de ser un flojo. El Gato Dumas tiene que ser el tipo más fuerte del mundo. O por lo menos, tiene que creérselo".

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