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Cuando el Senado dice no

También el presidente Sarmiento encontró en la Cámara alta de su tiempo, y por unanimidad, un freno a sus deseos políticos
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27 de julio de 2008  

Corría septiembre de 1873. La Argentina, presidida por Domingo Faustino Sarmiento, vivía momentos difíciles. El primer mandatario, que tras asumir cinco años atrás había desarrollado un polifacético accionar de positivas consecuencias en las diferentes áreas de la administración, debía, sin embargo, superar dificultades propias de la crisis de crecimiento que experimentaba el país y enfrentar a la vez crecientes problemas políticos.

La segunda rebelión del general entrerriano Ricardo López Jordán -a quien se consideraba responsable del asesinato del general Justo José de Urquiza- se hallaba en su apogeo y las tropas nacionales dedicaban sus mayores esfuerzos a vencerlo. En medio de tan compleja situación, el Presidente había estado a punto de sufrir, un mes antes, las consecuencias de un grave atentado. Su sordera le impidió advertir cómo los hermanos Francisco y Pedro Guerri disparaban sobre su carroza trabucos tan cargados de pólvora que reventaron. Aquellos italianos recién llegados de Montevideo actuaron por cuenta ajena, y la policía comprobó que la metralla estaba envenenada.

Al enterarse, Sarmiento aseguró que el instigador había sido López Jordán, y decidió descargar su enojo contra un político al que consideraba próximo al jefe rebelde. Nicasio Oroño, senador por Santa Fe, había presidido en 1870 el Comité de la Paz, integrado por entrerrianos residentes en Buenos Aires que buscaban poner fin a la Primera Guerra Jordanista. Esto a pesar de que como su amigo el ahora vicepresidente Adolfo Alsina, condenado por el Presidente "a tocar la campanilla del Senado", el santafecino otrora había apoyado su candidatura.

Oroño, un autodidacta que había "aprendido a leer con un pobre paisano" y que, sin embargo, había ocupado altas responsabilidades por su capacidad e ilustración, integraba la Cámara alta desde 1868, después de sortear un pedido de desafuero impulsado por el gobernador de Santa Fe, que ocupaba el mando tras la revuelta que derrocó a don Nicasio. El cuerpo rechazó la solicitud pues, de aceptarla, "la representación del Senado quedaría a merced de los odios y de las pasiones que tienen su origen en causas que no es del caso analizar".

El 27 de septiembre de 1873, el jefe del Estado se dirigió al procurador fiscal de la Nación remitiéndole una carta arrancada a un revolucionario jordanista que, según sus palabras, "revelaba el propósito continuado de aquel senador de perturbar el orden de la República", a la vez que le solicitaba que promoviera las acciones legales pertinentes. El funcionario pidió en la misma fecha que se privase a Oroño de sus fueros con el fin de acusarlo penalmente de connivencia con los revolucionarios.

El Senado se encrespó. Aun los partidarios del Presidente consideraron que si se accedía a la solicitud se violaban los derechos y la independencia del Poder Legislativo. "Parece imposible -dijo el miembro informante Joaquín Granel- que un hecho que importa una absoluta negación de las nociones del derecho, tan destituido de las formas legales de que debiera estar revestido, pudiera presentarse a esta Cámara". Oroño se había declarado autor de la carta aportada por Sarmiento, pero subrayando que ésta se refería a la situación política de Santa Fe y no a la rebelión entrerriana. Por lo que la comisión aconsejó no hacer lugar y devolverle al procurador su nota.

Oroño manifestó entre aplausos de sus colegas y del público: "Cuando con tanta tenacidad se ensaña el poder contra mí, no es seguramente porque haya estado sometido a los caprichos de los que mandan; es, sin duda, porque he levantado siempre mi palabra y mi voto contra los abusos de poder, condenando con la energía propia de mi carácter los errores de su política y las torpes infracciones de la Constitución".

El rechazo al desafuero fue aprobado por unanimidad.

La prensa en general se pronunció en favor del dictamen, y LA NACION publicó un editorial en el que afirmó que "un acto de justicia, un acto de prudencia como el que acaba de ejercer, lejos de perjudicar su autoridad y su crédito, le honra altamente y quizá le era necesario".

La enemistad con Sarmiento sería de por vida. Años más tarde, cuando a su vez éste asumió una banca en el Senado, le escribió a su íntimo amigo, el tucumano José Posse, comparando los ataques que le prodigaba su comprovinciano y tenaz adversario el doctor Guillermo Rawson con los que recibía de Oroño desde la banca que aún ocupaba: "Cuando me operaba el médico sentía el escalpelo manejado por mano culta y profesional. Esta vez era el "alfajor" del desollador de saladero [en alusión al cargo de administrador del establecimiento de Urquiza "Santa Cándida" que don Nicasio había ejercido en su juventud] lo que sentía correr por mis costillas". Y en otra carta al mismo destinatario, al anunciarle la próxima inauguración del Parque Tres de Febrero, exclamaba: "Tengo diez caimanes, para alborotar a la gente, aparte de un tigre para que se coma a Oroño".

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