Historia de un sueño

Creada en 1989, la Universidad Nacional de La Matanza tiene el porcentaje de deserción más bajo de todas las casas de altos estudios nacionales. El 80 por ciento de los alumnos proviene de las localidades más castigadas de Buenos Aires. LNR la recorrió durante varias jornadas, y aquí muestra que el sueño fue posible
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3 de agosto de 2008  

La Matanza concentra el 14 por ciento de la población de la provincia de Buenos Aires, y el 3,5 por ciento de la población total de la Argentina, lo que configura un mapa socioeconómico muy similar al provincial y al nacional.

Aquel día de 1989, la noticia de la creación de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM) no estaba en las tapas de los diarios, que sí, en cambio, comentaban ampliamente el triunfo de River sobre Boca por 4 a 3 en la Bombonera.

Pocos sabían que ese tórrido 6 de febrero de 1989 iba a marcar un antes y un después en la vida de los matanceros. Sólo unos pocos: Daniel Martínez -un joven oriundo de ese municipio, licenciado en Administración, egresado de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora-, unos trescientos estudiantes que cursaban materias en la sede que la Universidad de Lomas de Zamora tiene en Isidro Casanova y que presionaban fuertemente para que La Matanza tuviera su propia universidad, y dos grandes amigos de Martínez: Víctor Gil, hoy contador público, y José Ibarra, actual secretario administrativo del Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNLaM.

La idea de crear una universidad nacional en La Matanza -al contrario de lo que pueda suponerse, en el sentido de que semejante proyecto se discute en ámbitos académicos y en los ministerios- nació una noche de invierno de 1984 en Los Gallegos, un barsucho de mala muerte de la rotonda de San Justo, lugar de encuentro obligado de Martínez, Ibarra y Gil en sus tiempos de estudiantes. Por ese entonces, Martínez vivía en Ramos Mejía; Ibarra, en Laferrère, y Gil, en González Catán. Los tres cursaban en Lomas de Zamora y los tres trabajaban. Pero el tiempo que demandaba el viaje de sus casas hasta la universidad, las horas de sueño perdidas, el gasto de dinero y la escasa oferta de transporte –por esos años, sólo una línea de colectivos, La Costera, circulaba por el Camino de Cintura– terminaba por convertir sus vidas en un calvario.

Hasta que una noche de ésas, en ese bar rancio y penumbroso, Martínez les dijo a sus amigos: "Algo tenemos que hacer". Y acordaron que lo que había que hacer era crear una universidad. Y se pusieron a trabajar en el proyecto. Proyecto que el Senado aprobó cinco años más tarde, el 29 de septiembre de 1989, al sancionar la ley 23.748, promulgada un mes más tarde.

Fue cuando el Ministerio de Educación dispuso una comisión de notables para organizar el funcionamiento de una nueva universidad nacional. Uno de los notables, de los cinco que conformaban la comisión, era el propio Daniel Martínez, hoy rector de la Universidad Nacional de La Matanza (ver aparte).

El primer año académico fue inaugurado el 15 de abril de 1991, con 1200 inscriptos para acceder a una formación científica y técnica. Pero al no contar la universidad con terrenos propios, las clases se dictaban en las escuelas número 27 y número 51 de San Justo. Recién a fines de 1991, el Estado, a través de la Fundación Universidad Nacional de La Matanza, pudo disponer de cuarenta hectáreas, propiedad de la empresa automotriz Autolatina SA, para levantar el complejo universitario. Los viejos galpones de la fábrica fueron reciclados, y se construyeron aulas, laboratorios, salas de computación y dependencias del Rectorado.

Casi veinte años después, la universidad que nació de la necesidad llegó a niveles que hoy la ubican entre las mejores de la Argentina y del continente. Al respecto, el último informe de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria, Coneau, un organismo público y descentralizado de evaluación y acreditación universitaria que funciona en jurisdicción del Ministerio de Educación, sostiene: "La buena imagen interna, tanto del rector como del resto de las autoridades en su conjunto, evidencian un importante liderazgo que naturalmente es funcional a una rápida y más efectiva toma de decisiones que se corresponden con los logros de la universidad en su relativa corta vida institucional (...) Ha sido reiterada la información recogida sobre el conocimiento que la comunidad tiene de ellos pues es común verlos recorrer los pasillos, detenerse a hablar con quien lo requiera, tomando nota de problemas y resolverlos sin excusas burocráticas. Otro aspecto a señalar es que los integrantes de la comunidad universitaria evidencian un alto sentido de pertenencia, que se expresa con claridad y sin ambigüedades y que le da a esta comunidad uno de sus valores más destacados. La comunicación se evidencia fluida y existe un clima de convivencia, pluralismo y respeto".

La UNLaM, con cuarenta carreras de grado y posgrado, presenta el menor índice de deserción entre las universidades inscriptas en la órbita estatal, alcanzando un promedio de retención del 90 por ciento, sobre una matrícula de 30.000 alumnos. El 80 por ciento es de condición humilde. Cada año, unos 11.000 jóvenes se inscriben en el curso de ingreso; cifra que la convierte en la universidad con mayor cantidad de aspirantes del conurbano bonaerense. A la fecha, se graduaron más de 4500 alumnos.

Ninguno de estos datos es menor si se toma en cuenta que el presupuesto de la UNLaM es de 70.826.650 pesos anuales que, dividido por la cantidad de estudiantes, arroja una cifra cercana a los 2900 pesos por alumno por año, 1400 pesos por debajo del promedio de todas las universidades nacionales.

El sueño cumplido

En ese contexto social, la UNLaM se hizo grande y digna. Y no habrá que ahondar demasiado en los secretos para caer en la cuenta de que fue el sentido de pertenencia el que cimentó el sueño universitario. Lo dicen los alumnos, que le imprimen mística, y los profesores, que hablan con orgullo. La mística y el orgullo jamás surgen de la nada. Unos y otros bien lo saben porque todo les ha resultado y les resulta más difícil, les ha costado y les cuesta más. Tal vez por eso, sólo por eso, hoy estudian allí 30.000 alumnos.

"Esta universidad les brinda a los jóvenes de La Matanza un espacio que no tenían -resume el licenciado Adrián Arroyo (43), profesor y coordinador de la carrera de licenciatura en Relaciones Públicas, del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades-. Es un polo de conocimiento, de desarrollo y de crecimiento importante, y el alumno de acá no es un alumno de paso; vive la universidad: viene, se queda, utiliza los recursos, la biblioteca. Los estudiantes pasan sus días acá en la medida de lo que pueden; son muy cumplidores y extremadamente responsables. Yo creo que el secreto de esta universidad es el alto grado de contención para la problemática de los alumnos en todos los sentidos. Lo único que les falta es quedarse a dormir, si ello fuera posible. Esa es la realidad."

La UNLaM es una unidad académica, un lugar de formación profesional, con su escuela de posgrado, y donde el mayor nivel de actividad que se lleva adelante tiene que ver con la formación de los futuros profesionales. A diferencia de otras universidades, la UNLaM no está dividida en facultades, sino en cuatro departamentos en los que se cursan las cuarenta carreras ofrecidas: Ciencias Económicas, Ingeniería e Investigaciones Tecnológicas, Derecho y Ciencia Política, y Humanidades y Ciencias Sociales.

Los primeros universitarios

"Acá no se politiza nada. No vas a encontrar el nivel de politización que tiene la UBA, por ejemplo, sin que esto signifique que sea bueno o malo. Acá se privilegia la gestión académica. El rector de esta universidad jamás se interesó por la inclinación política de ninguno de los docentes, sino por su capacidad. Por eso las cosas funcionan bien."

El profesor Arroyo se graduó hace quince años en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Enseñó en la Universidad de Belgrano, en la de Palermo y también en la de Ciencias Empresariales y Sociales, UCES. "Y ahora estoy solo acá. Es que en esta universidad encontré un mundo distinto a mi recorrido anterior como docente.Encontré mi lugar desde lo académico y desde lo emocional, y con una gran satisfacción, además, porque yo nací y vivo en La Matanza. Más que quererla, estoy en mi casa."

De la UNLaM se habla tanto de su excelencia académica como del espíritu que reina dentro de ella: abierto, popular, de respeto físico al lugar, de amor por el ámbito, de respeto por el debate y la discusión.

"Por lo que yo percibo –cuenta la licenciada Gloria Campomar (49), profesora de Educación Física–, los alumnos están agradecidos por el lugar que tienen, por el espacio, porque son escuchados, porque se sienten personas y no un número, como suele pasar en otros lugares. Yo creo que es por todo esto que, por un lado, hay un bajísimo nivel de deserción, y por el otro, una gran conciencia de mantener todo este lugar en condiciones. Ese nivel de cuidado hacia la universidad los hace sentir más dignos. Ellos cuidan las instalaciones porque saben que es lo mejor para su futuro. No vas a ver un papel en el suelo, una pintada, un banco roto, una computadora maltratada. Todo funciona."

Son treinta mil, pero el silencio es de misa y la limpieza, de quirófano. No parece lo que es, pero es. No hay pancartas, ni graffiti, ni volanteadas, ni banderas colgando de los techos, ni pintadas políticas ni fotos del Che. Y no porque todas esas expresiones de la liturgia universitaria no deban estar ahí; no están, simplemente.

Todo funciona: desde la más costosa de las computadoras hasta el botón de los inodoros.

Son treinta mil, y casi todos -el 90 por ciento- provienen de familias que nunca han tenido a nadie en una universidad. Ellos son los primeros.

"En mi familia, yo soy el primero en todo. El primero en ingresar en una universidad, el primero en graduarme... y también soy el primer ciego", dice Adrián, mientras una risotada le cruza el rostro como un latigazo.

Adrián Páez (32) es licenciado en Comunicación Social, y desde 2004, cuando se recibió, trabaja en el Departamento de Prensa de la UNLaM. Nada le fue fácil a Adrián, pero nadie, tampoco, se la hizo difícil. Ni a él ni a los otros catorce estudiantes ciegos que cursan distintas carreras en la universidad. "Tengo que ponerme a pensar muy mucho para encontrar algún gesto discriminatorio hacia mí, y no lo encuentro. Lo más que me han dicho es: mirá, a lo mejor esto no lo vas a poder hacer… Pero de ahí no pasaba. Y la verdad es que no me quedó nada por hacer. Aunque la carrera me demandó seis años. Y ya estoy pensando en iniciar otra, la de Relaciones Públicas, que también me gusta mucho. Por el momento mi trabajo consiste en desgrabar las entrevistas que hacen los chicos para el periódico de la universidad, y otras tareas de oficina. Escribo en una computadora común, con la única diferencia de que tiene un programa de voz, que se llama Jaws, que me permite escuchar lo que escribo. Cuando era estudiante, yo grababa las clases, y eso hacía que muchos compañeros se me aceraran para estudiar juntos, porque tenía las clases grabadas. Era más sencillo para ellos. Y alguna vez un profesor me dijo: «Yo nunca dije eso». Y yo le respondí: "¿Cómo que no, profe?, ¡si lo tengo grabado!"."

Adrián, que nació ciego, es hijo de Valentina y Celso, un matrimonio paraguayo que se había radicado en La Matanza, en el barrio Bomberitos, a unas quince cuadras de la estación de Ramos Mejía, a fines de la década del 70. "Mi ceguera no impidió que tuviera una buena infancia. A pesar de todo, soy un tipo con suerte: mis padres transpiraron sangre para que yo estudiara, para que tuviera un título. Y esta universidad me brindó todas las posibilidades; por eso no me quejo. Gracias a mis padres y a la universidad, hoy tengo muchos proyectos, y sigo soñando. Algunos sueños se cumplieron; otros están ahí, como armar una familia, tener hijos y consolidarme profesionalmente. Así le podré dar sentido a mi vida."

Se le ilumina el rostro a Adrián cuando habla de Cristina, su novia desde hace tres años. Y hasta le cambia la voz. Cristina es maestra en dos escuelas para ciegos de Bernal. Cristina, el amor de su vida, también es ciega.

"Hace tres años que perdió vista, producto de una enfermedad llamada artritis reumatoidea juvenil, que dicen que se da un caso entre mil y puede atacar cualquier parte del cuerpo, y a ella la afectó en la visión... Cristina tiene ojos grandes, pelo largo, es un poquito más baja que yo y muy hermosa. Mis manos me lo dicen. Pronto vamos a casarnos."

Una opción de vida

"Yo tengo amigos en otras universidades y no me siento, como muchos de ellos, un número acá. Siento que no soy un número de matrícula -cuenta, entusiasmada, Natalia Roumie (24), que estudia Comunicación Social-. Yo ahora estoy en el último año de la carrera, y hace unos días me crucé con un profesor que tuve en primer año, allá por 2002, y me dijo: "¿Hola, Natalia, cómo estás?" Eso no es común en una universidad. El profe se acordaba de mi nombre... ¡y habían pasado cinco años!"

Natalia vive en Ramos Mejía, y su padre trabajaba en el mismo lugar donde ahora estudia la hija, cuando el predio de la universidad estaba ocupado por la fábrica Krysler. "Por algún motivo que en verdad desconozco, desde chica empecé a leer los diarios, a interesarme por todo lo que pasaba. Me apasionaba seguir los casos paradigmáticos, como el de María Soledad Morales, y me sabía todo. Aunque al principio me gustaba la tevé, ahora prefiero la gráfica, y me terminé de enganchar cuando empezamos con los talleres."

Sergio Barberis (47) es profesor de los talleres de radio y director del Instituto de Medios de la UNLaM, el multimedios más importante de todo el partido de La Matanza y zona de influencia. "Acá hay alrededor de 600 alumnos de Comunicación Social, que es una cantidad importante porque es la universidad del Oeste. Lo que tiene de bueno esta carrera son los talleres de radio, televisión y gráfica; porque a los chicos se los prepara profesionalmente, lo que hace que les cueste menos insertarse laboralmente. Tenemos la radio propia, que llega a todo el partido, y a buena parte de la zona Oeste. En televisión realizamos con los profesores y los alumnos más de doscientos programas para Canal (á), y para los canales 7 y 13. Hicimos parte del guión de la película sobre el padre Mario, Las manos, así como un documental sobre el Holocausto para Canal 13, y trabajamos para el canal Encuentro, con series. El diario que editamos, Periódico Uno, de circulación gratuita, tira 20.000 ejemplares por semana. La directora de prensa del Instituto de Medios, Lorena Turriaga, es egresada de esta universidad y el 15 por ciento de los pasantes que hay en radio, televisión y gráfica salieron de acá. Un alumno nuestro que trabajó, por ejemplo, en doscientas series de Canal (á), ya tiene su experiencia y no se asusta al ingresar a un medio. No le cuesta, porque ya viene con rigor profesional."

Barberis lleva diez años como profesor en la universidad. Había dirigido los noticieros de América; fue director de programación de Radio Ciudad, coordinador de los noticieros de Telefé Internacional, del informativo de Radio Rivadavia, y durante muchos años trabajó en la producción de los programas de Juan Alberto Badía. "Yo quise volcar toda mi experiencia en esta universidad porque aprendí a quererla. No sé cuántos profesores de otras universidades podrán pensar lo mismo. Por eso acepté el desafío: salirme de la vorágine diaria del periodismo y abrazar la docencia acá, en La Matanza. Fue una opción de vida. Y, en el fondo, también una buena herramienta para quienes quieren seguir nuestros pasos. Yo no me olvido de que en nuestra época teníamos nada más que el Círculo de la Prensa, en Rodríguez Peña 80, y el Grafotécnico, en Moreno al 1900."

La UNLaM tiene el promedio más bajo en cantidad de profesores titulares por estudiante: uno cada 24 alumnos. Otras universidades cuentan con un profesor cada ocho estudiantes, pero porque se incluye a los ayudantes de cátedra. Según el rector, que las clases las dicten únicamente los titulares hace que aumente el nivel académico. Por otro lado, la creación del Consejo de la comunidad no sólo es una medida innovadora –es la primera universidad que lo presenta en su estatuto–; también achica las distancias con la sociedad. Está integrado por distintas personalidades de la comunidad, que se reúnen periódicamente y discuten ideas. Antes de ofrecer una nueva carrera, se analiza si será beneficiosa para el medio, que no se limita a La Matanza, habida cuenta de que no son pocos los alumnos que provienen de otros partidos.

"Además de cuidar al alumno, se cuida mucho al docente -cuenta la profesora Campomar-. Se nos otorgan becas de investigación, por ejemplo, y eso hace que el docente quiera permanecer en la universidad, seguir perfeccionándose. Esto garantiza una formación académica seria. Además, los docentes nos capacitamos en Bienestar Estudiantil, y lo hacemos en nuestros tiempos libres, en forma gratuita. Es un departamento que funciona como asistencia al estudiante. Los docentes tuvieron que venir tres jornadas de cuatro horas cada uno para ser tutor de sus alumnos.

–Aunque es un porcentaje bajo, ¿cuáles son las principales causas de deserción?

–En general, por trabajo. No les da el tiempo, y vienen muy cansados. Trabajan todo el día, y a la noche tienen que venir a la universidad. Así y todo, a veces hasta son los más aplicados. Pero no hay un trato diferente. La evaluación tiene que ser igual para todos, aunque les cambio la estrategia de trabajo, los tiempos; se les da un recreo un poco más largo. No por eso tenemos que bajar el nivel de exigencia.

Día tras día

"En el aula –explica el profesor Arroyo–, los docentes establecemos líneas de diálogo en las que les preguntamos cuáles son sus sensaciones y sus percepciones acerca de cómo avanzan en las materias, y tratamos de determinar si hay alumnos que tengan mayor dificultad para estudiar y que necesitan ingresar en el espacio de tutoría. Esto reduce mucho el índice de deserción. Hay veces que tienen problemas de orientación al principio. O alguna materia que les cuesta más que otra. El sistema de tutoría consiste en un cuerpo de docentes que explica técnicas de aprendizaje, de cómo estudiar, y los alumnos aprecian eso. Ese es un valor agregado más que les brinda la universidad. Hay múltiples variables a partir de las cuales surgen esos problemas. Pero nos ocupamos de atenderlo; no dejamos que el alumno caiga en un vacío. Le generamos una red de protección, y lo consultamos sobre su problema: le preguntamos si el conflicto es en su casa, en el estudio, en el trabajo. De ahí que muchos cuenten con becas económicas y para apuntes. La relación siempre es alumno-docente. Lo tienen en claro tanto el profesor como el alumno. Ese es nuestro límite. Y nuestra responsabilidad."

No hay examen de ingreso ni cupos para acceder a la universidad porque para las autoridades eso no se relaciona con la capacidad. Se implementa un sistema con un curso de admisión de tres meses que, si se aprueba, le permite al alumno el ingreso en la carrera. Este sistema permitió reducir la deserción en el primer año al 10 por ciento, uno de los niveles más bajos del país.

"Esta universidad mantiene a los alumnos en una posición de estima muy alta", explica Claudio D´Amico (27), estudiante de Ingeniería en Informática. "En otros lugares, un alumno reclama algo y no pasa nada. Acá se nos escucha, y se trata de darnos una solución. Lo que busca esta universidad es que el alumno no pase por demasiadas instancias hasta que se le resuelva su problema. Y los problemas no sólo pasan porque un alumno no puede terminar una materia; hay otras cosas, cuestiones sociales más profundas, si querés. Yo soy muy agradecido, y no sólo porque esto es estatal y recibo todo de forma gratuita. Va más allá de eso. Mirá, la ubicación del Centro de Estudiantes es lo primero que se les indica a los alumnos cuando ingresan, el primer día. Es lo primero que se les dice. Por algo será, ¿no?

–¿Qué es un ingeniero en informática?

–En realidad, la carrera conocida es ingeniería en sistemas. La diferencia es que un ingeniero en sistemas tiene una visión de todo el conjunto, lo que es el hardware, el software, y su aplicación. Un ingeniero en informática, en cambio, se basa únicamente en lo que es el software, su desarrollo, su análisis, el diseño…

–Es como el cerebro y el corazón.

–Así es. El gran problema que tiene la ingeniería, tanto de sistemas como de informática, es que a veces la persona que entra a hacer la carrera se imagina que porque sabe usar la computadora ya puede atacar la carrera de ingeniería de sistemas o de informática. El tema es que quizá lo pueda hacer desde el punto de vista de una licenciatura en informática, porque quizá implica solamente el uso de la maquina más los conceptos que vienen después que se aprende a programar; utilizar herramientas de desarrollo y demás. Al poner la denominación de ingeniero, lo que ocurre es que viene asociado todo lo que es ciencias duras, que tienen también las otras ramas de la ingeniería, como por caso la electrónica, la química, la aeronáutica. Se la denomina ingeniería porque tiene asociado física, química, matemática, ciencias que quizá no le hacen tanto a la informática pero que tienen que estar por tener la denominación de ingeniería.

–¿Son muchos?

–Hoy somos unos 6000 alumnos. Y tal vez me quede corto.

La generosa universidad

En no mucho tiempo más, Ingrid Colman (31) será contadora pública nacional. Y habrá fiesta en San Justo, en su casa, a pocos metros de la rotonda.

Será, como en la mayoría de los casos, la primera profesional de la familia. Ingrid es hija única, y sus padres, Lelys Amarilla, de 57 años, y Andrés Colman, de 60, hicieron hasta lo impensado para ver a su hija con un título debajo del brazo. Lelys es formoseña, tiene estudios secundarios y trabaja como auxiliar de enfermería y también como costurera. Andrés es paraguayo; sólo pudo completar la primaria y reniega quince horas diarias con su taxi. "Me he retrasado, como verás, pero porque tuve algunos problemas. Ahora mis padres ven en mí la oportunidad que ellos nunca tuvieron. Reconozco que todavía les debo el título; se me ha hecho un poquito largo, pero ya estoy en la curva final. Igual, siento una culpa enorme con mis padres, porque todavía no les di el título.

–¿Qué te falta para dejar de sentir culpa?

–Me falta rendir auditoría, seminario jurídico y seminario contable, y estructura económica argentina y macroeconomía.

–Suena pesado todo eso.

-Y, son las más difíciles. Son materias que requieren mucho estudio y trabajo de campo. Esas son las materias donde se encuentran más recursantes.

–¿Por qué todo el mundo habla bien de esta universidad?

–Porque es un ambiente tranquilo, limpio, lindo, donde uno se siente cómodo, donde casi todos somos muy parecidos, en el sentido de nuestro origen, ¿no? Gente de trabajo, de esfuerzo. Antes de esta universidad, había que ir al centro a estudiar, con todo lo que eso implicaba: tiempo, dinero, mayor sacrificio, y en muchos casos la imposibilidad de ir al centro porque ni para un colectivo a veces hay. Y si vas a otros lugares, sos un legajo, un número más y te sentís en el medio de la nada. Digo: es muy feo ser simplemente un número de matrícula. Acá, en cambio, conversás con el profe, que siempre estará atento a lo que te pase como persona y como alumno.

En el libro 1918-2008. La reforma universitaria. Su legado -Librería Histórica-Fundación 5 de octubre de 1954-, una obra en que distintos autores recuerdan a los que forjaron en 1918 un movimiento renovador de la universidad argentina, y que trascendió a toda América latina, el profesor y ex rector de la UBA Guillermo Jaim Etcheverry escribió:

"En reiteradas ocasiones he recurrid, para resumir la visión de la Universidad, a este párrafo en el que la escritora mexicana Angeles Mastretta recuerda su paso por las aulas: "La bendita Universidad dio para todo. Dio para entender el amor y la barbarie, para una sorpresa tras otra, para descuartizar la fe de un monje y concebir la de un pagano. Dio para crear villanos y para reconstruir héroes y dio, es de esperar que siga dando, gente empeñada en pensar la verdad como una mezcla de verdades, el acuerdo como una consecuencia del respeto, la tolerancia como una virtud, la duda como la más ardua y sensata de las virtudes. Hemos de desear que la vida guarde a tan generosa Universidad porque dio para cumplir los sueños que nunca soñamos y para sembrar los que aún no cumplimos"."

Para saber más: www.unlam.edu.ar

Medida por medida

Daniel Martínez (54) asumió como rector el 29 de noviembre de 1999. Luego, en 2005, fue elegido para un segundo mandato, que finalizará en 2011. En ambos casos, acompañado por René Nicoletti como vicerrector.

Licenciado en Administración y Analista de Sistemas, ocupó, entre otros muchos cargos, la presidencia del Consejo Interuniversitario Nacional. Fue miembro de la Comisión de Rectores del Mercosur; profesor visitante de la Ecole de Sciences de la Gestión de la Universidad de Quebec, Canadá; Profesor of Management Adam Smith University, EE.UU., y miembro del comité ejecutivo de la Asociación Iberoamericana de Posgrado, de Salamanca, España.

Durante el primer mandato de la gestión de Martínez y Nicoletti, se crearon 25 de las 40 carreras de grado y posgrado que componen la oferta actual de la UNLaM. En ese mismo período, la universidad suscribió más de 400 convenios de pasantías, superó los 40 acuerdos de vinculación académica internacional y firmó 60 convenios de colaboración con organismos y entidades públicas.

-¿Por qué la UNLaM alcanzó niveles tan altos en tan corto tiempo?

-Yo aprendo del disenso, donde está la base de la democracia. Por eso esta universidad es grande: respetamos los disensos. Por otra parte, esta universidad es hija de la necesidad y hermana de la esperanza. Es la posibilidad que tienen muchos chicos de pensar un futuro, de cambiar su situación social y la de su familia. Esta es la universidad de los sueños. No tengo dudas.

-Usted, ¿qué universidad imaginaba?

-Yo pensaba en una universidad ideal, y esto se logró con el apoyo de mucha gente. Pero hubo muchos que apostaron al fracaso. Había mucha presión política para poner aquí, en La Matanza, una sede de la UBA y otra de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Se buscó facilitar el estudio, y no complejizarlo, porque sin educación no hay justicia social.

-¿Cómo la planificó?

-La universidad pública argentina tiene cosas muy buenas y otras no. Lo que hice fue confeccionar un listado de las cosas buenas que fui recogiendo a lo largo de mi carrera, desde mi época de alumno, y después como docente y como secretario de Coordinación Académica. Leí muchísimo, investigué los distintos estatutos universitarios, no sólo de la Argentina, sino también de las universidades extranjeras que visité, como en Francia, Alemania y Estados Unidos. Y me detuve mucho en la Universidad Estatal de Nueva York, de donde saqué las mejores referencias. Lo que buscaba era una organización universitaria distinta de las conocidas; quería que la comunidad se identificara con ella. Esto es así porque aquí se trabaja en un contexto social de riesgo, donde la mayoría de las familias son humildes o de clase media baja. Hace poco, un chico salía de acá y fue atropellado por un auto. Se había desmayado en la calle porque no había comido nada en todo el día. Y no sabemos si el día anterior le había pasado lo mismo. Estas causas influyen, además, en la deserción, y había que neutralizar los factores de riesgo. Hay un dato muy elocuente: la gran mayoría de los estudiantes de esta universidad no tiene computadora en su casa, ni libros ni biblioteca. Era primordial, entonces, disponer de una buena biblioteca y de salas de computación. La biblioteca Leopoldo Marechal es una de las más importantes de la provincia de Buenos Aires, con capacidad para mil personas, tecnología de última generación y equipamiento para no videntes. A ella tienen acceso no sólo los docentes y los alumnos, sino también la comunidad en general. En ella conservamos los 53 tomos de las obras completas de Domingo Faustino Sarmiento, que nuestra universidad editó en el año 2000. Los chicos ven la universidad como un logro importante en su vida y la esperanza de salir de donde están. Eso les genera respeto por el lugar, y por eso lo cuidan tanto.

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