Letras para chicos y no tanto

Los libros para niños y jóvenes se han convertido en un fenómeno cultural y de ventas. Se ha producido un boom de los álbumes, en que la ilustración tiene lugar protagónico, y de los ciclos fantásticos al estilo Harry Potter y Las crónicas de Narnia. A los relatos de mundos maravillosos, se han sumado otros, de tendencia realista, donde aspectos oscuros de la vida se presentan de un modo que, sin resultar agresivo para los menores, les permite tomar conciencia de los problemas de la época
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2 de agosto de 2008  

La literatura infantil se ha hecho mayor. Ya no se discute si puede llamarse literatura a los textos que devoran los niños. Se podrán distinguir los libros buenos y los malos, pero la literatura infantil y juvenil tiene rasgos propios y un público cada vez más ávido de historias contadas con palabras e imágenes.

El fenómeno de ventas de los libros infantiles todavía deja con la boca abierta a las editoriales y a los críticos literarios. El segmento infantil y juvenil atrae cada vez más el interés de las editoriales. "En el primer semestre de 2008 vendimos un 20 por ciento más que en la misma época del año pasado", revela María Fernanda Maquieira, gerente de literatura infantil y juvenil del Grupo Santillana Argentina, que publica la colección Alfaguara Infantil y también libros de entretenimiento, bajo el sello Altea.

Cuesta aún considerar los libros de Harry Potter como algo más que la excepción "best seller" a la regla de los libros infantiles, que suelen venderse a lo largo del tiempo sin erupciones volcánicas de consumo. Más allá de las discusiones académicas, para millones de niños los libros de J. K. Rowling son lo que fueron hace tiempo las novelas de Salgari y los cuentos de Hans Christian Andersen. Cualquier chico o adolescente puede atestiguar que el mago y sus amigos del Colegio Hogwarts acompañaron su crecimiento tanto como sus padres, tutores o encargados. Esto, claro, no los convierte en lectores de por vida ni en consumidores de literatura. Pero el éxito de la serie abre cuando menos la pregunta acerca de qué buscan niños y jóvenes a la hora de abrir un libro de ficción hoy.

"Podemos ver que las obras de fantasía, como las de Tolkien y Rowling, han tenido éxito e imitadores, pero hay libros y lectores para todos los gustos: humorísticos, libros-álbum, de divulgación científica, poemas, obras teatrales o de títeres, además de la narrativa con sus cuentos, novelas y leyendas", afirma la profesora especializada en literatura infantil Alicia Salvi, quien fue jurado recientemente del Premio Internacional Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de Literatura Infantil, y que presidió la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina (Alija).

¿Qué tiene que tener un buen libro para chicos? "Un libro para niños puede (debe) ser muy interesante para todas las edades. Creo que se puede hablar de todo con los niños siempre y cuando ellos puedan entender de qué se trata. Lo que más me importa es el trabajo de lenguaje. Los niños son niños, no tontos, aunque muchos no se hayan dado cuenta", afirma Sandra Comino, autora de la novela juvenil Así en la tierra como en el cielo .

Por su parte, la reconocida investigadora argentina Lidia Blanco dice que "un buen libro para chicos tiene que tener una muy buena historia y un trabajo sobre la palabra que construya un mundo ficcional en el que los chicos y adolescentes puedan zambullirse". La literatura infantil y juvenil, agrega, surgió como tal hace pocas décadas, como una necesidad de acompañar a los lectores hasta los 14 o 15 años: "A esa edad, los jóvenes ya pueden leer solos a Saramago o a Joyce, si quieren".

"Hasta la década del 90 la literatura infantil y juvenil ni siquiera se estudiaba en la Facultad, ya que se la consideraba un género menor -informa Laura Di Marzo, profesora de Castellano y Literatura especializada en literatura infantil y juvenil argentina-. Hoy todo eso cambió: hay cátedras, seminarios, institutos dedicados a la literatura infantil, así como hay editoriales y autores que piensan en los chicos."

Aunque los libros para niños hoy vengan rotulados con indicaciones de edad para su lectura -como si fueran medicamentos con fecha de vencimiento-, los chicos se apropian de los libros no porque les quepan como un traje a medida de sus años sino porque sus temáticas, personajes y lenguajes los conmueven, les abren expectativas, los transportan a mundos maravillosos. O porque sus maestras se los hacen leer.

Mariana Vera, de Editorial Sudamericana, subraya que la literatura infantil ha dejado de ser la hermana menor de la Literatura con mayúsculas. "Desde 1987 venimos publicando libros para chicos en la colección Pan flauta. También publicamos libros-álbum y libros de no ficción para niños y jóvenes curiosos. No buscamos en los libros la enseñanza ni la moraleja, sólo nos preocupa el placer que produce la lectura de una historia", apunta Vera.

Aunque los héroes tradicionales siguen cotizando alto, ahora los personajes principales también muestran sus defectos y hasta pueden morir. Los personajes han abandonado los estereotipos y pueden permitirse dejar de ser omnipotentes. Los autores invierten inclusive el valor tradicional de los personajes: hay ogros y brujas buenas, por ejemplo."Hay cambios importantísimos en la literatura infantil y juvenil. Hay una tendencia a hablar de la marginalidad, del abuso y de la violencia que viven los chicos en todo el mundo", sostiene Lidia Blanco.

Como explica Di Marzo, no cualquier libro infantil es literatura: "La literatura infantil y juvenil tiene rasgos propios, pero comparte con el resto de la literatura el valor estético. En la escuela están muy de moda los libros de valores, que yo llamo utilitarios. Son libros que buscan enseñar valores como la solidaridad y el cuidado del medio ambiente, o los que enseñan a lavarse los dientes, a no pelearse con los hermanos, etcétera. En mi opinión, esos textos no son literatura infantil. Porque la literatura implica un plus de belleza, de trabajo del lenguaje. Y la literatura no sirve para nada, aunque sirva para todo".

La literatura infantil siempre utiliza un lenguaje cercano a los chicos de acuerdo con su desarrollo psicológico y cognitivo, pero hay otras dimensiones que deben tenerse en cuenta. "La literatura infantil argentina se deja permear por la realidad social, juega con el lenguaje, y además les suma humor a las historias -se entusiasma Di Marzo-. Pero no siempre la escuela permite el ingreso de esta literatura más innovadora; en general se maneja con los autores más clásicos."

"Hay libros infantiles que no son para nada literarios, que siguen una línea comercial sin ningún valor de calidad -agrega Sandra Comino-. En la literatura para adultos hay criterios de selección claros. En la literatura infantil hay un gran desconocimiento. La infancia está más controlada por padres, escuela, mediadores. No siempre los ´grandes eligen con criterios literarios. A veces se protege a la infancia de determinados temas y se los descuida absolutamente con libros que no compensan el gasto de papel que requirieron ."

Lidia Blanco advierte que los niños no nacen lectores: "Hay que construir lectores y la escuela tiene que plantear nuevos desafíos, para lograr que los chicos y adolescentes entiendan la narración y también el sistema de ideas que hay detrás".

El territorio de la infancia

A la hora de hablar de literatura infantil, la memoria impone su ritmo. Porque, además de la pujanza actual del mercado de libros dedicados a niños y jóvenes, todo lector adulto atesora para siempre los libros de la infancia. Claro que cada generación tiene su propio canon de libros infantiles. Para los adultos argentinos que leen estas líneas, seguramente María Elena Walsh será una de las autoras que abrazará sus recuerdos de tardes soleadas o sombrías con un libro entre los dedos. Para muchos de ellos también la colección en tapa dura Robin Hood será siempre el ícono de la nostalgia y el pivote para adentrarse en nuevas lecturas.

Pero no siempre hubo un niño, una categoría de niño, al que ofrecerle libros. Durante siglos, los niños leían fábulas morales cuando mucho. Los niños pasaban inadvertidos como sujetos de lectura o, mejor dicho, como sujetos en general. Hasta el siglo XIX, los chicos apenas calificaban como objeto de aprendizajes varios. Allí estaban entonces los libros educativos, edificantes, históricos o religiosos: para que aprendieran a ser alguien.

Las novelas de aventuras, escritas originalmente sin un target de edad, colaron a los niños en los mundos imaginarios y exóticos que siempre les fueron afines. Los viajes de Gulliver , de Johnatan Swift, o Las aventuras de Robinson Crusoe , de Daniel Defoe, calaron hondo tanto en los padres como en los hijos. La ciencia ficción de Julio Verne abrió una nueva puerta a la curiosidad insaciable de los jóvenes. Otros libros, como los que creó Lewis Carroll para Alicia, introdujeron la dimensión del juego y del sinsentido. Con las peripecias de Alicia en el País de las Maravillas , también tomaron carta de ciudadanía las ilustraciones de los libros para niños y adultos.

Durante algún tiempo, lectores pequeños y grandes compartieron algunos libros, generalmente acopiados en la biblioteca del hogar o gastados en las bibliotecas públicas. Antes de ser versiones adaptadas en volúmenes de colecciones como la de Billiken o personajes de cine, Peter Pan , Las aventuras de Tom Sawyer , La isla del tesoro y hasta El principito encontraron un destino compartido en adultos y niños. Mafalda es hoy un ejemplo de esa zona donde padres e hijos disfrutan de los mismos libros.

Con el debido respeto a las emociones, temores, deseos y fantasías infantiles, en el siglo XX aparecieron libros como los del galés Roald Dahl (1916-1990), que sacudieron la estantería infantil con sus historias descarnadas, plagadas de miedos a brujas y a otros adultos. Sus historias están contadas desde la piel de gallina de los pequeños lectores. Es cierto que Charles Dickens ya se había ocupado de los huérfanos, pero su mirada era la de un adulto. En cambio, autores como Dahl, Michael Ende (1929-1995) y Christine Nöstlinger (1936) supieron tomar el pulso a los niños. Por eso, libros como Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate , de Dahl; La historia interminable , de Ende, y La auténtica Susi , de Nöstlinger, se han convertido ya en clásicos de la literatura infantil.

En la Argentina, la literatura infantil no tuvo buena prensa y mucho menos aceptación académica, hasta que los niños reclamaron atención a través del número de ejemplares vendidos. Colecciones como Los cuentos de Polidoro y más tarde, los Libros del Chiribitil (del Centro Editor de América Latina) abrieron el camino para los que fueron chicos entre los años 60 y 80.

Entre los autores argentinos de ese período, figuran Elsa Bornemann, Emma Wolf, Laura Devetach, Graciela Cabal, Ricardo Mariño y la muy popular Graciela Montes. También autores de libros para adultos, como Ana María Shua y Silvia Schujer, encontraron campo fértil en la literatura infantil. Y ya existe una nueva camada de escritores hechos y derechos que se toman muy en serio el escribir libros para niños. Entre ellos están Pablo De Santis, Marcelo Birmajer, Luis María Pescetti y Esteban Venturino.

"Nuestra editorial se caracteriza por abrir puertas a nuevos escritores y nos enorgullecemos por haber dado a conocer autores que hoy son muy reconocidos. Los libros infantiles, a diferencia de los de adultos, no funcionan como novedades sino que son ´long-sellers , perduran en el tiempo y se venden a lo largo de los años", dice Antonio Santa Ana, hoy gerente general de Norma, editor de libros infantiles durante años y también autor del muy exitoso Ojos de perro siberiano , que cuenta la historia de un chico con sida.

Libros de consumo

La literatura infantil solía tener sellos dedicados exclusivamente a ella, como Sigmar. Pero las editoriales pequeñas, medianas y grandotas empezaron a darles cabida a estos libros y actualmente los miman como a bebés sonrosados. Hay libros para los que aún no saben leer, con elementos movibles y sonidos. Hay libros para el segmento de 6 a 9 años, de 9 a 11, para preadolescentes y para jóvenes. Hay libros-álbum y libros con DVD. Hay libros-objeto, con textura de peluche. Hay libros que transmiten valores. Y hay también libros que son la pata literaria de éxitos de cine y televisión, como los de Barney, los de High School Musical, los de las princesas de Disney y otros libros englobados en la categoría de "entretenimiento".

La edición de libros para chicos y jóvenes viene creciendo sin pausa desde 2002, cuando apenas se publicaron en la Argentina 242 de estos textos. En 2006, se editaron 1.048 títulos. Y el año pasado los títulos de literatura infantil ascendieron a 1.417, según Jorge Sethson, Gerente de la Cámara Argentina del Libro. Más de seis millones de ejemplares para chicos y jóvenes salieron a la venta en 2007 a través de 187 editoriales locales. "Un libro infantil que vende bien agota una tirada de 3.000 ejemplares. Pero también están los que venden 100.000, como la novela Los vecinos mueren en las novelas , de Sergio Aguirre", revela Antonio Santa Ana.

María Fernanda Maqueira, responsable de la colección infantil de Editorial Santillana, cuenta que "la colección de María Elena Walsh lleva casi un millón de ejemplares vendidos desde que comenzó a editarla Santillana, en el año 2000. Títulos como Socorro o Queridos monstruos , de Elsa Bornemann, alcanzaron 100 mil ejemplares vendidos cada uno. O la serie de Natacha, de Luis Pescetti, ha superado los 100 mil ejemplares, sólo en Argentina".

Desde la crisis económica del 2001, surgieron numerosas editoriales pequeñas y medianas que encontraron en los libros para niños un nicho de ventas más que interesante. Así surgieron los libros infantiles de las editoriales Del Eclipse, Pequeño Editor y Comunic-Arte, que hoy ofrecen diversas propuestas para chicos y adolescentes. "Con el encarecimiento del dólar a partir del 2001 y las restricciones a las importaciones, florecieron muchas editoriales en la Argentina -confirma Jorge Gurbanov, director editorial de Continente-. Hoy imprimimos libros que antes se hacían en España y también exportamos a México y otros países." Ninguna editorial local, sin embargo, quiere divulgar sus números de ventas. En España, en cambio, se sabe que existen en catálogo 37.000 libros escritos para niños, que facturan un 10 por ciento del total de la industria editorial española.

Hay que reconocer que el marketing y las promociones funcionan a toda máquina. El trabajo de las editoriales sobre los docentes es constante. Después de todo, son las maestras las que les dicen qué leer a la mayoría de los chicos. Las grandes librerías tienen un sector especial para la literatura infantil, equipado incluso con muebles para que los chicos puedan sentarse o acostarse a hojear los libros. Se realizan congresos académicos, encuentros lúdico-narrativos en librerías, espectáculos que consisten en lectura de cuentos y, por supuesto, la Feria Infantil del Libro, que este año empezó el 21 de julio y termina el viernes próximo y que se ha convertido en un centro de atracción para padres, hijos y docentes.

Pero la madre de todas las ferias de libros infantiles es la que se lleva a cabo cada año en la ciudad de Bolonia, en Italia. Allí no sólo se exhiben preciosos libros, ilustrados con maestría y se entregan premios muy respetados. La feria de Bolonia es además un lugar de comercio febril, donde se negocian licencias, permisos de publicación y de traducción. Este año la Argentina tuvo un lugar de privilegio, motivado por la creatividad de sus ilustradores.

Ninguna empresa comercial, sin embargo, puede compararse con el proyecto cultural de La Nube, una librería y biblioteca infantil que cuenta con 60.000 volúmenes, entre los cuales hay perlitas como la traducción que hizo Borges a los 10 años de El príncipe feliz , de Oscar Wilde. Fundada hace 30 años, la librería La Nube devino hoy en la Asociación La Nube, una entidad que organiza seminarios, charlas, talleres, espectáculos, investigaciones sobre literatura infantil en su enorme sede de Colegiales. Pablo Medina, su alma pater, fomenta sobre todo la lectura apasionada en los niños.

Ante la falta de fomento estatal a la edición de libros en la Argentina, muchos editores locales miran con esperanza las compras que decide el Ministerio de Educación y Conabip (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares). Una compra de cualquiera de estas instituciones equilibra las cuentas de los editores. Los planes nacionales de lectura también llevan felicidad a millones de niños que sólo pueden acceder a libros a través de las bibliotecas de sus escuelas.

"Entre los adultos que pueden comprar libros hoy, hay una preocupación para que sus hijos lean. Entonces los libros infantiles se venden -explica Laura Di Marzo-. Aunque los chicos hoy leen más que nunca, incluyendo lo que leen por Internet, no leen más literatura que antes. En la primaria, los chicos todavía leen cuentos y novelas, pero en la adolescencia pierden el gusto por la literatura, quizás porque se aburren con los textos clásicos que les hacen leer".

Cecilia Bajour, Máster en Literatura y Libros para Niños por la Universidad de Barcelona, señala: "La escuela es la vía de acceso principal para el encuentro de los chicos con la literatura, aunque no es la única". A los chicos les encantan las series y las colecciones que, como los libros de figuritas, buscan completar. "Hay que estimularlos para que lean colecciones si les gusta, aunque también hay que ofrecerles diversidad", aconseja Bajour, coordinadora académica del postítulo de Literatura Infantil y Juvenil, destinado a docentes de todos los niveles y dictado en el CePA (Centro de Pedagogías de Anticipación), Escuela de Capacitación Docente que depende del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El boom de los ilustradores

Los libros para niños han tenido siempre por compañía a los dibujos. Pero las ilustraciones han adquirido en las últimas décadas una calidad y una importancia equivalentes a la de los textos en muchos libros, especialmente en los dedicados a los más pequeños. Hoy, los ilustradores infantiles son tan importantes como los autores del texto. La última moda en literatura infantil son los libros-álbum, en los que la historia no se entiende si no se miran las ilustraciones.

"En su origen, los libros ilustrados eran para los niños más pequeños, por su código predominantemente visual -dice Cecilia Bajour-, pero los libros-álbum proponen un nuevo tipo de lectura, ya que van más allá de la forma convencional de contar. Los chicos los leen intensamente, porque involucran a todos los sentidos. En este sentido, los libros-álbum son ideales para el aprendizaje literario."

Uno de los más destacados creadores contemporáneos de libros-álbum es el diseñador gráfico inglés Anthony Brown. Ilustrador de artículos médicos en Manchester, Brown comenzó a innovar en los libros para niños incorporando dibujos y pinturas que agregaban elementos diferentes a las historias.

La Argentina cuenta con ilustradores muy buenos, como quedó evidenciado en la última Feria del Libro de Bolonia. Isol, una de las ilustradoras más premiadas del país y autora también de textos infantiles y juveniles, comenta: "Hay un reconocimiento del ilustrador como artista y como autor de la idea gráfica de un libro que no había hace diez años en Argentina. Hay una valoración de lo que el ilustrador propone en sus trabajos y más ganas de disfrutar propuestas originales y no tan didácticas. Mucha gente con vuelo estético e interés por expresarse a través de la narración por imágenes está encontrando en los libros infantiles un lugar donde soltar su imaginación y usar sus conocimientos, porque el medio está abierto a miradas interesantes y creativas".

Para el ilustrador Sergio Eisen, en la Argentina actual los ilustradores de cuentos para chicos son más respetados y requeridos porque la producción de libros se convirtió en un buen negocio al no entrar tanto material del exterior, por sus precios exorbitantes. "Es maravilloso que los ilustradores de nuestro país tengamos más trabajo -dice-, pero al mismo tiempo es una pena que los chicos de hoy no tengan acceso a ver ilustradores como Quentin Blake, quien ilustró Matilda y otros libros de Roald Dahl. La ilustración es el medio que permite a un chico acercarse a un formato árido formado por letras o jeroglíficos cuando aún no sabe leer. El dibujo y los colores lo invitan a saltar a otros mundos. El libro como objeto se hace amigable y los personajes dibujados se transforman en compañeros de su vida interior."

Claro que no hace falta ser pequeño para disfrutar las ilustraciones de muchos libros que hoy se ofrecen en las librerías. Sólo hace falta espíritu de juego y ganas de sorprenderse. "Hay ciertas cosas que no cambian demasiado desde la infancia -cuenta Isol-, sólo cambia nuestra manera de afrontarlas. La soledad, los deseos, el miedo, las preguntas sobre la identidad son temas que uso en mis libros. Espero que las personas que gusten de las imágenes y los textos no sean prejuiciosas y se asomen a los libros-álbum, aunque digan ´para niños . Quizá encuentren algo que no pensaban."

En cuanto a los libros dirigidos a los jóvenes, la cuestión se complica más aún. ¿Qué buscan en un libro los que navegan horas por Internet? "Yo he ilustrado un texto de Paul Auster llamado El cuento de Navidad de Auggie Wren , que no fue pensado para jóvenes. Se publicó en una edición juvenil y de pronto era para jóvenes. A veces es cuestión de perspectiva. Creo que el libro debe ser interesante más allá de a quién va dirigido, aunque se inscriba en el género literatura juvenil", añade Isol.

Los temas de hoy

Los temas clásicos de la literatura infantil son los viajes, los juegos, las amistades, los miedos y la relación con los padres. Cuentos de hadas e historias siniestras comparten la categoría de "clásicos" de la mano de Caperucita Roja y Hansel y Gretel . En los libros destinados a los más pequeños, no se toca directamente el tema de la muerte, ya que hasta los ocho años los niños no distinguen bien la realidad de la ficción. Pero cada vez entran más temas que los adultos les negaban.

"El lector demanda lo conocido, es decir, argumentos que pongan en juego sus pasiones infantiles. Pero, contradictoriamente, se frustraría si no se lo sorprendiera con novedades temáticas y formales provenientes del mundo adulto. De esa tensión entre lo que el chico demanda y lo que el adulto ofrece, surge una literatura cuya naturalidad es la frecuentación de lo fantástico, el juego, el humor, las aventuras, los miedos, el héroe cachorro", reflexiona Ricardo Mariño, uno de los autores de literatura infantil más reconocidos en la Argentina.

¿Tiene un estilo propio el autor de libros para chicos? "Creo que voy cambiando estilos y temas, pero en lo que escribo es evidente una vuelta permanente hacia una especie de cruce entre el género de aventuras, el humor y la apelación a ciertos gestos ´manieristas . Empecé a escribir para chicos consciente del absoluto rechazo personal al histórico tono estúpido del género y apostando a contar historias que contengan alguna intensidad. Espero haber logrado algo en ese sentido", responde Mariño.

Los chicos actuales no han perdido el gusto por los relatos clásicos ni por los textos que apelan a lo maravilloso. Pero es evidente que aprecian los libros que les muestren la realidad en la que viven a diario y son fieles a los autores que no los subestiman. ¿Existe algún tema de moda hoy entre los jóvenes lectores? Para Antonio Santa Ana, de la editorial Norma, las modas no existen: "En un momento todos escribían sobre niños magos, ahora se está hablando de la novela social realista, cuando es algo que ya tiene décadas. A mí me parece, como decía Michel Tournier, que un buen libro para niños es un libro que puede ser leído por todos, incluso por los niños".

Sin embargo, existen modas también entre los chicos, aunque los editores no quieran reconocer cuánto los desvelan. Los libros de mitos cuentan con legiones de pequeños fans en la Argentina. "Nosotros empezamos con mitos y leyendas celtas, y con libros de hadas de raíces anglosajonas -recuerda Gurbanov, de Ediciones Continente-. Pero luego empezamos a editar libros con mitos y leyendas de distintas regiones de la Argentina, que tienen una enorme aceptación entre los bibliotecarios del interior del país. Hoy estamos recuperando la tradición del Centro Editor de América Latina, que dirigía Boris Spivacov, con la colección Cuentan que cuenta , donde se recrean cuentos de la Argentina."

Los libros de terror y las series fantásticas arrasan entre los adolescentes. "Todo ser humano tiene adicción al terror. Las figuras amenazantes, como los ogros y monstruos, pertenecen al imaginario humano. Tal vez hoy eso esté más estimulado por la exhibición de violencia a través de los medios de comunicación", reflexiona Lidia Blanco, quien considera que el humor es una nueva tendencia en el gusto de los lectores adolescentes. "Por ejemplo -señala Blanco-, el libro Springfield, de Sergio Olguín, les ha gustado mucho a los jóvenes porque hace una parodia del sistema norteamericano y remite a la ciudad de los Simpson."

"En los libros juveniles hoy aparecen temas antes impensados, como la droga, la iniciación sexual, la guerra y, en nuestro país, también la dictadura militar. Hay una apertura, los adultos ya no piensan que los adolescentes se van a ´romper por acceder a estos temas", agrega Blanco, quien será una de las figuras principales del Congreso Internacional de Literatura para niños, que se llevará a cabo el próximo 13 y 14 de octubre en la Biblioteca Nacional, organizado por la editorial La Bohemia.

Para muchos autores, los temas de la literatura infantil son siempre los mismos; lo que cambia con las épocas es la forma de contarlos y, hoy, la narración a través de imágenes. "La literatura infantil actual tiene una tendencia a lo fantástico pero no se dejaron de abordar temas de corte realista, con fuertes críticas al mundo adulto y con cambios en los roles, principalmente del personaje principal, que ya no es el niño que acepta todo, o el que de tan bueno es casi tonto, como en otras épocas", comenta Sandra Comino.

Alguien puede leer con el solo afán de terminar un cuento de suspenso. "Pero la literatura también tiene que ir sacudiendo las ideas", reclama Blanco. Una buena historia, contada con belleza en el lenguaje y en las imágenes, siempre será bienvenida por los lectores. Si se le suma el humor o unos cuantos misterios, el plato está servido para los pequeños y no tanto que buscan, en los libros, un alimento para su imaginación y una herramienta para conocerse a sí mismos y al mundo en el que les toca vivir.

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