Visión poética y mágica del mundo andino

Una gran propuesta del grupo peruano Cuatrotablas
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1 de agosto de 2008  

Arguedas, los ríos profundos. Intérpretes: Grupo Cuatrotablas de Perú (José Carlos Arteaga, Juan Maldonado, Fernando Fernández, Flor Castillo Alama). Asesoría de dramaturgia: Fernando Olea Vargas. Asesoría musical: María Rosa Salas. Asesoría técnica: José Miguel de Zela. Diseño de iluminación: Beto Romero. Adaptación y producción: Beatriz Iacoviello. Dirección general: Mario Delgado Vásquez. En el Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815). Jueves, viernes y sábados, a las 19, y domingos, a las 18.30. Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: muy buena

El punto de partida del espectáculo del grupo peruano Cuatrotablas es la novela de José María Arguedas Los ríos profundos ; pero, fundamentalmente, el germen de esta nueva producción de una de las compañías más destacadas de América latina está en la concepción de una creación que, al cabo de tres décadas, repara en la tradición andina, la lee desde un tiempo contemporáneo conflictivo, caótico, y lo devuelve desde la escena con una limpieza singular, conmoviendo el espíritu y proponiendo una seria reflexión acerca de la actual condición humana.

Arguedas, los ríos profundos sintetiza de manera trascendente la narración original. El pequeño Ernesto inicia un viaje singular describiendo en su camino una relación fuerte con el paisaje, con personajes que devienen figuras emblemáticas a la hora de hacerle comprender la realidad. El niño sigue el camino que lo lleva a la adultez y también a la oscuridad. Eso lo va haciendo reconocer el mundo original y confrontarlo con este otro, el que se ha transformado, deformado, que lo insita a insistir en su necesidad de reparar en el río, donde la pureza parecería contenerse y nunca contaminarse.

Siguiendo la estructura de estampas que caracteriza a la novela, el espectáculo va provocando al espectador en sus sentimientos más íntimos. La escena es despojada, sólo los intérpretes y algunos objetos van construyendo un mundo onírico, siempre potente, que hará descubrir una y otra vez ciertos condimentos antropológicos desarrollados en su justa medida. En un extremo del escenario el actor observa las pequeñas figuras de unas catedrales y sus palabras resuenan con fuerza y la imagen se agiganta; una mano extiende una piedra y con las palabras de otro intérprete se devela algo profundo; la voz de la imponente actriz Flor Castillo Alama vibra desde las entrañas y cierto dolor conmueve al espectador.

Cuando el viaje del pequeño Ernesto se detiene, algo de la magia que ha dominado la escena quedará instalado en la platea. Pero, para descubrirla, cada uno tuvo que haberse dejado llevar. La historia es pequeña, los intérpretes unos excelentes guías. El máximo valor está en esa gran intención de descubrir y valorar el cosmos, con mucha profundidad y sensibilidad.

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