"Actuar me quita el miedo a vivir"

En el primer protagónico de su carrera, como una anciana que recuerda su intensa vida, la actriz despliega su gran talento
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9 de agosto de 2008  

De la redacción de LA NACION

Por primera vez en treinta años de carrera, Beatriz Spelzini interpreta un papel protagónico en teatro. En Rose , el unipersonal de Martin Sherman dirigido por Agustín Alezzo que se presenta en el Maipo Club, la actriz se luce como una anciana de 80 años que cuenta la historia de su vida mientras cumple con la shivá , el ritual judío del duelo. Sentada en una silla de madera, sin escenografía ni decorado, con un maquillaje natural y un vestuario sobrio, Spelzini mantiene la atención del público durante casi dos horas y logra transmitir el dolor y el amor que siente su personaje.

"Nunca había estado sola en el escenario. Me asustaba mucho. Era un gran desafío sostener el interés de los espectadores durante toda la obra. Hoy puedo decir que lo disfruto, aunque durante la función siento una soledad enorme", contó Spelzini a adn CULTURA en un restaurante de Boedo, cerca de su casa en refacciones.

Discípula de Agustín Alezzo y Augusto Fernandes, la actriz fue convocada por David Masajnik, productor del espectáculo, a fines del año pasado. "La propuesta había partido de Alezzo, con quien trabajé muchas veces. Me gustó el texto, pero me pareció que iba a resultar difícil encontrar la acción dramática y cómo crear la ilusión de que tengo 80 años sin hacer uso de ningún artificio. La idea fue evocar a una anciana, con cierto comportamiento, cierto acento, sin que nada estuviera acabadamente definido. La obra tiene una mirada muy humana sobre los conflictos, no toma partido. A pesar de todo lo que le pasó en su vida, Rose nunca pierde el humor. Es una característica marcada en el original, que Alezzo respetó en su puesta. Por elección del director, hay un solo momento donde el dolor estalla." Spelzini se refiere a una escena conmovedora, en la que la mujer, que escapó del Holocausto pero perdió a su pequeña hija y su marido, ya no puede contener la furia ni la angustia y ataca a sus agresores con lo único que tiene a mano: un puñado de papas.

-¿Qué aprendió con este trabajo?

-A disfrutar más y a confiar en lo que he aprendido.

Egresada de la Escuela Nacional de Arte Dramático y de las escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón, Spelzini trabaja como actriz desde 1976. Integró, entre otros, los elencos de El jardín de los cerezos y La gaviota , de Chejov, y más recientemente, de El último yankee , de Arthur Miller. Además es docente de la escuela de teatro de Fernandes, donde toma clases de entrenamiento. "Algunos actores, cuando les va muy bien, dejan de estudiar. Es su elección. Yo busco entrenarme, tengo necesidad de seguir al lado de gente que sabe más", aseguró Spelzini, a quien se le llenaron los ojos de lágrimas en medio de la entrevista.

Sucedió mientras contaba que la obra apareció en un momento delicado: "Perdí a mi hermana del alma hace cinco meses y justo me tocó un personaje que también está de duelo. Yo trabajo sobre la historia que tengo que interpretar y también sobre las resonancias que esa historia tiene en mí. Encaro un viaje donde mi propia experiencia se mezcla con la experiencia del personaje y donde mis pérdidas y amores se cruzan con los suyos".

Para crear a Rose, además de sus vivencias personales, Spelzini recurrió a historias reales que le contaron algunos sobrevivientes del Holocausto y a documentales y películas que tratan el tema, como El pianista , de Roman Polanski. "Hago un trabajo muy objetivo sobre los hechos para acumular experiencia. Además de aportarme información, me ayuda a entender a esa persona y a hacerla mía. Una cosa es leer y otra es que te cuenten cómo piensa esa cabeza. Como actriz tengo que darle alma a cada personaje."

Rose le llevó cuatro meses de ensayos. "Estoy contenta con que no sea una puesta realista. Queríamos estimular la imaginación del espectador, como cuando se le lee un cuento a un chico. Me han leído muchos cuentos en mi infancia: mi madre y mi abuelo eran grandes narradores. Sabía que era ficción, pero iba al encuentro de esa magia y hacía de cuenta de que era real".

-¿Eso influyó en su vocación?

-Creo que sí. En mi casa el juego estaba muy presente: en la vereda, en el almacén de mi papá, donde yo jugaba como si fuera un teatro. Los acentos de los abuelos inmigrantes, míos y de mis amigas, me hacían soñar, igual que el teatro que tenía mi escuela. Siempre me gustó actuar ahí.

Fue la primera integrante de su familia que se dedicó al arte. Hoy siguen el mismo camino su hija de veinte años y un sobrino. Antes de estudiar teatro sorprendió a sus padres con otra elección: "A los 12, cuando terminé la primaria, quise estudiar Bellas Artes. Para un hombre que tenía un almacén y una madre que venía del campo, era algo raro. Mi papá me preguntó si estaba segura. Entonces, se puso su mejor traje, creo que era el único, y me llevó al museo. Se quedó maravillado frente a algunas pinturas. Nunca voy a olvidar su cara". En el Conservatorio fue mejor promedio de su grupo, junto a Jorge Marrale y Osvaldo Santoro: apenas recibidos, los tres empezaron a trabajar en el teatro Cervantes.

-¿Siempre eligió al teatro por las mismas razones o cambiaron con el paso del tiempo?

-A los 16 lo elegí por una necesidad de expresión, porque era muy tímida. Todavía me siento más segura en el escenario que en la vida. Hoy, en lo más profundo, creo que actuar me quita el miedo a vivir. De alguna manera hay que enfrentar este misterio que es la vida. Yo prefiero encararlo así, a través del teatro.

CARTELERA

Rose tiene funciones de jueves a sábados a las 20 y los domingos a las 18 en el Maipo Club (Esmeralda 443, teléfono 4322-4882). Las entradas cuestan $ 35 y $ 50.

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