La atribulada vida de "Sole" Rosas

Quienes la conocieron dicen que la squatter no pudo soportar el cautiverio ni la pérdida de su amor
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19 de julio de 1998  

La de María Soledad Rosas es la historia de una chica de 24 años que no encajaba en la sociedad en la que había sido criada. Que en Italia halló su lugar en el mundo y en el squatterismo un estilo de vida que la hacía feliz. Una chica que amaba la libertad y sólo en la muerte pudo, una semana atrás, encontrarla.

Aquella joven de clase media acomodada que vivió en Barrio Norte, que asistió a un colegio laico con orientación religiosa, que se costeó los estudios de Hotelería en la Universidad de Belgrano paseando perros es la misma que, por amor a su novio o por convicción, abrazó el anarquismo en Italia, donde fue acusada de "ecoterrorista".

Quedó atrapada en la política que tanto repudiaba y terminó por ahorcarse en la granja donde cumplía arresto domiciliario. Los squatters (usurpadores de edificios abandonados) la consideraron un emblema y, a una semana de su muerte, ya empezaron a mitificarla. Pero esa no era "Sole". En todo caso seguidora, nunca líder, dice Josefina Magnasco, su mejor amiga.

Es la "Sole" de Buenos Aires y la "Sole" de Turín. No hay por qué separarlas. La que aquí "nació para ser libre" y allí lo fue plenamente y durante un tiempo.

Sin retorno

En junio del año último, su padre, Luis Rosas, le regaló un pasaje de ida y vuelta a Italia. Se fue con una amiga mayor que ella, cuya hermana era dueña de una hostería en Alpedevero, al norte de ese país. Allí podría trabajar sin tener la ciudadanía.

Llevó plata como para quedarse, aunque, asegura Josefina, nunca planeó hacerlo por tanto tiempo. La razón tiene nombre y apellido. Se llama Edoardo "Edo" Massari y era un militante anarquista de 35 años que conoció en Turín y del que se enamoró.

La joven se rapó el pelo. Se casó "pro forma" con Luca Bruno, el mejor amigo de Edoardo, para obtener la residencia italiana. No lo hizo con su novio por el simple hecho de que Massari no tenía domicilio constituido.

Se fue a vivir a un centro de squatters de Collegno. A punto de cumplir 24 años, había "encontrado un lugar donde era feliz", como le dijo a su padre. De un día para el otro, Soledad se convirtió en la "reina de los squatters ", aunque su mejor amiga asegura que en realidad era "la novia de...".

A principios de marzo último, la fiscalía de Turín la consideró responsable, junto a su novio y al militante anarquista Silvano Pellisero, de atentados "ecoterroristas", algo que ella negó hasta el cansancio.

Las cosas fueron de mal en peor. El 28 de marzo último, "Edo" decidió quitarse la vida colgándose de una sábana y la furia estalló entre los squatters italianos que salieron a las calles con banderas con la "A" de anarquismo y protagonizaron actos de violencia que saltaron a la tapa de los diarios.

Soledad esperaba en la cárcel de Levallet que le dejaran leer la última carta que su novio le había escrito. Lo hizo sólo un mes más tarde. Afuera, los squatters transformaban a "Sole" en un símbolo y los diarios italianos tejían una historia en la que era comparada con Dolores Ibarruri, "La Pasionaria", una de las fundadoras del Partido Comunista Español.

En mayo, la Justicia le concedió el arresto domiciliario hasta tanto se realizara un juicio que se dilató más de lo planeado. Así fue trasladada a una granja en Bene Vagienna, a 80 kilómetros de Turín, donde la visitaron su hermana Gabriela y sus padres.

Los tribunales dieron a Soledad la oportunidad de cumplir su condena en Buenos Aires. Pese a los ruegos de su padre, ella se negó a viajar. No había hecho nada malo, dijo a su familia, y quería que el juicio se llevara a cabo en Italia.

Privada de la libertad

En la granja, Soledad quedó casi olvidada por la Justicia. El gobierno italiano, de acuerdo con Marta, "no le dio asistencia psicológica, ni religiosa, ni comida. Nada. Sólo pasaban los carabinieri una vez por día o menos para ver si no se había escapado".

Fueron sus amigos squatters los que la ayudaron. Le llevaban desde frascos de miel hasta jabón, dijo Marta, pasando por paquetes de algodón y alimentos. Su madre la acompañó casi dos meses y se volvió. Es que unas semanas atrás, Soledad fue tía. Su hermana, de 25 años, tuvo a Valentina.

Planeaba volver no bien probara su inocencia para conocerla y pasar las fiestas junto a su familia.

Mientras, Josefina Magnasco la llamaba por teléfono y se enteraba de que su amiga recibía visitas de squatters de todos lados. Incluso se compró un diccionario francés-italiano para poder conversar con varios de ellos.

"Hablaba de futuro. Quería quedar en buenos términos con las autoridades italianas porque estaba fascinada con ese país. Había pasado de ser una desconocida a ser una protagonista."

En una de sus conversaciones, Soledad contó a su amiga que luego de la muerte de su novio tenía dos opciones: llorar o seguir adelante. Y ella había optado por la segunda.

Pero el juicio se dilataba cada vez más y las explicaciones no llegaban. Soledad no entendía por qué llevaba más de cuatro meses de encierro por unos atentados que, juraba, no había cometido. Y la impotencia pudo más.

"No soporto el encierro. No conozco otra manera de ser libre". Luca Bruno leyó por teléfono a Marta y Luis la carta que su hija había dejado. Luego la quemó, como Soledad lo había pedido una semana atrás, cuando decidió ponerle un punto final al asunto.

Y eligió el mismo camino que su novio: cortó una sábana en tiras, las trenzó, las ató al caño de la ducha y se ahorcó. Sus restos fueron cremados y despedidos en medio de la indignación de los squatters con un dolido " Ciao Sole ". En Buenos Aires se celebró una misa para rezar por su alma en el colegio al que asistió, el Río de la Plata.

En su estilo, cada uno le dijo adiós a María Soledad Rosas. La misma "Sole", querida allá por los squatters y aquí por quienes la conocieron. Dos caras de la misma moneda.

"Perdí a una amiga del alma"

Josefina Magnasco planeaba viajar a Europa y sorprender a su amiga en Italia, donde se encontraba recluida en arresto domiciliario. Pero la decisión de Soledad hizo que esto no fuera posible. Josefina perdió a "una amiga del alma, ésas que no son fáciles de encontrar".

-¿Cómo te enteraste de que Soledad estaba presa?

-Por los diarios. Como estaba moviéndose todo el tiempo, le había perdido el rastro. Al principio no entendía todo lo que decían, porque "Sole" nunca militó en política. Es verdad que no era igual a las chicas de nuestra clase. Quizá no pensábamos lo mismo, pero nos queríamos muchísimo.

Ella era distinta. Le gustaban las artesanías y esas cosas. No era para nada materialista, le encantaban los animales, el aire libre, el sol. Era muy vital, pero no tenía personalidad de líder, como dijeron. En todo caso, de seguidora.

-¿Qué creés que le atrajo de los squatters ?

-Creo que fundamentalmente se enamoró de Edoardo Massari y lo admiraba mucho. Le debe haber gustado esta cuestión relacionada con el arte y la cultura. Al principio me preocupé porque pensé que estaba viviendo como una linyera , pero después averigüé que los squatters tomaban casas y las arreglaban, que no vivía así.

-¿Cuando volviste a tomar contacto con ella?

-Cuando le dieron el arresto domiciliario. Ahí empecé a hablar por teléfono. La noté bastante bien. Obviamente, estaba triste por la muerte del novio, pero ella era de las que siguen para adelante. Además, la Justicia la había dejado trabajar y "Sole" consiguió un laburo en un restaurante, pero como le pagaban en negro, el abogado le recomendó que busque otro.

-¿Hablaron sobre los cargos que le imputaban?

-"Sole" me dijo que no había participado de los atentados de los que la hacían responsable. Incluso casi no la controlaban durante el arresto. Pensá que la visitaba un montón de gente y que ella se podría haber escapado con cualquiera.

El día de su cumpleaños, el 23 de mayo, la llamé por teléfono. Después la madre me dijo que sólo había atendido tres llamados: el mío y los de ellos y su hermana.

-¿Te sorprendió que se haya suicidado?

-Al principio no lo entendía, porque Soledad no era de las que se quedaba llorando en la cama. Pero cuando me contaron lo de la carta, me cerró. Esa era Soledad, la que necesitaba estar libre. No la mataron, lo decidió ella. Y yo la respeto.

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