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Buenos Aires, alma de piedra París

Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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25 de marzo de 2000  

LOS que estamos habituados a pasar sin detenernos frente a los edificios porteños del siglo XIX y principios del XX, de los que solía decirse que eran simples trasplantes de Europa, nos asombramos al enterarnos de que, según una encuesta de la Secretaría de Turismo del Gobierno de la Ciudad, realizada a fines de 1998, un 33 por ciento de los visitantes extranjeros se entusiasma ante todo por nuestra arquitectura. No por la colonial, ya que de ésa no ha quedado gran cosa, sino precisamente por la que creíamos mera copia o imitación. En cambio, sólo un 7 por ciento de visitantes se apasiona por el tango. Aunque mirando mejor, si sumamos los dos grupos, resulta que el 40 por ciento de los turistas que nos visitan se interesa, en el fondo, por lo mismo, vale decir, por contemplar o bailar, según los casos, lo más representativo de nuestro "ser nacional": la mezcla. Cuando Raúl Scalabrini Ortiz decía que el porteño tenía una muchedumbre en el alma, debía de pensar indistintamente en Gardel o en la piedra París.

Debo la descripción de esta última técnica a dos arquitectos, Fabio Grementieri y Victoria Braunstein, que en este momento luchan con denuedo para impedir, entre otras desgracias, la masacre de las estaciones Retiro, Constitución, Once y Lacroze. De sus palabras se desprende una curiosa comprobación: el símil piedra somos nosotros. La arquitectura colonial se hacía con lo que había, barro. En cambio, al empezar la moda de París durante el siglo XIX, los arquitectos franceses recibieron encargos que parecían irrealizables por estos pagos: casas de piedra con techo de pizarra como en el Boulevard Saint-Germain.

Por suerte, allí estaban los constructores italianos listos para derrochar ingenio. En su país de origen habían sido maestros del estuco; en Buenos Aires inventaron un revoque imaginativo que copiaba la piedra en sus menores detalles. Los cortes, las tallas, todo: dureza más, dureza menos, igualito que en París. Así la Buenos Aires del siglo XIX inauguró ese "como si" en el que iríamos a convertirnos a partir de entonces, en todos los órdenes y no sin una curiosa mueca de autodesdén. Hoy, la lucha por la preservación del patrimonio arquitectónico decimonónico rinde justicia a un invento que, al ir más allá del modelo, produce un resultado tan creativo, a su modo, como el tango mismo: ambos han sido hechos por inmigrantes capaces de concebir una expresión que se convierte en auténtica a fuerza de no ser ni original ni pura.

Daños irreparables

Lo anterior explica que, para la arquitecta Braunstein (que ha remodelado con ejemplar inteligencia el Correo Central), el enemigo número uno esté representado por una lata de pintura, "sobre todo de ese color yema de huevo, identificable con el gobierno anterior", acota gentilmente. Es que, a diferencia de la Casa Rosada, que siempre estuvo pintada, como su nombre lo indica, los edificios de piedra París no se deben pintar. La mano de amarillo que ha recubierto el Palacio San Martín, el Palacio Pizzurno o la Facultad de Ciencias Económicas ha dañado esas joyas porteñas de modo irreparable. Hay técnicas de restauración capaces de limpiar el símil piedra para hacerlo recobrar su matiz original. A menos que se opte por conservarle la pátina, ya que este hallazgo de los "frentistas" italianos, presente no sólo en palacetes sino en casas de barrio, envejece con tanta nobleza como el granito que quiso ser. Si los dueños de casa que pintan de varios colores las guirnaldas de sus fachadas, pensando poner un toque de alegría, supieran que ese material tiene que ver con su alma, sin duda lo tratarían de mejor modo.

Pero vayamos a lo más urgente. La destrucción del silo de Puerto Madero y del interior del Mercado de Abasto, así como la remodelación de la Rural, por desdicha pertenecen al pasado tanto como la decisión de cortarle un hombro al Cabildo. ¿Qué puede hacerse hoy? Los dos frentes de batalla del grupo que firma el manifiesto "¡Parar la depredación ya!" son ahora el Banco Español y, como ya queda dicho, las cuatro estaciones de ferrocarril. Dos problemas que preocupan particularmente al Consejo Asesor del Patrimonio Arquitectónico de Buenos Aires, del Gobierno de la Ciudad. Para evitar que se conviertan en sitios atronadores como el Abasto, definitivamente cerrado al fantasma del Morocho y a cualquier persona viva o muerta con un poco de oído, las estaciones en peligro deben ser declaradas monumentos históricos.

La estación Constitución muestra la evolución de la arquitectura inglesa a partir de su instalación en 1864. Las palabras utilizadas por los arquitectos para describir sus distintas remodelaciones deleitarán a quienes miramos un edificio viejo sin atinar a encontrarle otro adjetivo que ése, viejo : "Modesta y sobria estructura inicial, con rasgos neoclásicos", "arquitectura victoriana de lenguaje ecléctico neorrenacentista y una amplia nave de cabriadas metálicas", "imagen palaciega afrancesada", "monumentalidad eduardiana de posguerra". El hall de espera de Constitución, hoy sumergido en un olor a frito que lo aleja bastante del objetivo inicial, está inspirado en los espacios de las termas romanas.

Versiones heterodoxas

La terminal Retiro del ex Ferrocarril Mitre, similar al City Hall de Cardiff, tiene la misma cúpula del Wesleyan Hall, la columnata del hotel Picadilly y las fachadas del Regent Hall de Londres, y figura entre las más importantes terminales ferroviarias del mundo, mientras que el estilo de la terminal Belgrano representa la irradiación de la entente cordiale entre Francia e Inglaterra durante el reinado de Eduardo VII. La de Once, comenzada en 1895, constituye "una heterodoxa versión de ecléctico neorrenacimiento tardovictoriano", y la estación Lacroze, levantada en los años 50, es un último exponente de la arquitectura "racionalista".

Es obvio que las cuatro necesitan una buena remodelación, estrictamente controlada por la Comisión Nacional de Museos y Lugares Históricos. Nadie pretenderá que en una estación no se vendan diarios o sándwiches de milanesa: no hay estación del mundo donde los pasajeros no lean ni coman. Lo que en modo alguno debe suceder es que se transformen en otra cosa distinta de lo que son, y que el estilo "pequeña casita de la pradera" o castillito medieval en versión Disney, que ha invadido los countries no las invada también a ellas. Ni el ya tranquilizado encono nacionalista hacia los ferrocarriles ingleses ni la creciente y devoradora avidez de lucro justificarían semejante saña.

Ensañamiento que ya ha logrado echar abajo la antigua sede del Banco Español de Reconquista y Perón, construida en 1905 por el ingeniero Carlos Agote, cuya decorada fachada ítalo-francesa hace de contrapunto a la ornamentada redecoración del frente de La Merced. Hoy la solución de urgencia frente al desastre es salvar la totalidad de la fachada sobre las dos calles. No se trata de dejarle a la torre moderna que se alzará en su lugar una "pollerita de época", como argumentan algunos (ni tampoco de reeditar la hazaña de rodear una añosa torre sobresalida como un grano entre espejos, como se ha hecho frente al palacio de Tribunales), sino de rescatar lo que se pueda de ese frente macizo que no está allí por azar, puesto que respondía a una operación estético-arquitectónica urbana de principios de siglo en la City .

En todas las ciudades se cometen errores. En París, el antiguo mercado de Les Halles ha sido reemplazado por un conjunto de fierros más o menos verdosos donde se suponía que irían a crecer enredaderas. Y hay quien no aprueba la pirámide cristalina del Louvre ni el divertido y gozoso Centro Pompidou. Cuestión de gustos. Lo que sí nadie ha hecho es convertir la Conciergerie, donde María Antonieta pasó sus últimos días, en un shopping center con venta de pelucas empolvadas. Los países de mayor pasado son los que mejor lustran cada piedra vetusta para sacarle brillo. Nosotros, casi nuevos, parecemos aborrecer lo apenitas recién transcurrido. Pero eso ya es tema digno del psicoanálisis y puede ir para largo. Ahora hay que apurarse y actuar. © La Nación

El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es la novela Mireya (Editorial Alfaguara).

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