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Los otros, ese infierno tan temido

Hacer una obra de Jean-Paul Sartre no es fácil, pero éste es un buen intento
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18 de agosto de 2008  

A puerta cerrada , de Jean-Paul Sartre. Intérpretes: Alejandra Vicco, Alejandro Zanga, Analía Malvado y Sylvia Tavcar. Vestuario: Mercedes Arturo. Escenografía: Julieta Potenze. Coreografía: Luciana Prato. Diseño de luces: Sergio D´Angelo. Música: Fernando Giusiano. Dirección: Alejandro Magnone. En La Tertulia, viernes, a las 21. Duración: 65 minutos.

Nuestra opinión: buena

No hay verdugos ni hay tortura física en el infierno: al menos así lo plantea Sartre en esta pieza estrenada en mayo de 1944, en el teatro del Vieux Colombier, dirigida por Raymond Rouleau. "El infierno son los otros", decía el filósofo y autor francés.

A partir de este enunciado, A puerta cerrada parte de la idea de que el individuo sólo es juzgado y condenado por la mirada del otro.

En este sentido, en la pieza sartreana, son los personajes sus propios verdugos, con la sentencia permanente de entablar situaciones que se repiten por la inexistencia del tiempo y por un eterno presente en el que es difícil escapar del juicio del otro, castigo que se hace insoportable.

La obra presenta a cuatro personajes: el Mayordomo, Garcín, Inés y Estela, estos tres últimos con un pasado criminal que los condena. El lugar, una habitación sin espejos ni ventanas, sólo una puerta, una lámpara que nunca se apaga, una estatua de bronce y un abrecartas.

Saben por qué están ahí y esperan ser torturados. No pasará mucho tiempo antes de descubrir que cada uno de ellos va a ser el torturador de los otros. Se establece una relación en la que cada uno dependerá del otro a tal punto que, cuando la puerta se abre, ninguno quiere salir.

El escenario ideal

La puesta de Alejandro Magnone respeta las indicaciones del autor, respaldado por las características del escenario de La Tertulia, que le viene como anillo al dedo. Ahí, en ese espacio, se resuelve la puesta. Permite definir la sensación de encierro y agobio. Las paredes negras acentúan la profundidad del drama. Lo mismo sucede con el vestuario, que se apega a la época.

El resto es la actuación; en este sentido, se muestran ciertos desniveles en cuanto a la elaboración de los personajes. Es cierto que los textos de Sartre suelen ser difíciles de interpretar, pero lo que se percibe es que, por momentos, los actores expresan a sus personajes desde un trabajo interior, convincente, y luego, inexplicablemente, pasan a una caracterización exterior, en que los diálogos adolecen de una falta de carga dramática.

De cualquier forma, es interesante escuchar los textos de este dramaturgo, que no han perdido vigencia.

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