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Una arqueóloga que asciende hasta las nubes

Es argentina y una de las pocas en el mundo que estudian los sitios sagrados de los incas, ocultos en la alta montaña
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25 de julio de 1998  

María Constanza Ceruti no le tiene miedo a las montañas, por gigantes que sean. Las encara, las trepa y siente que las vence cuando alcanza alturas que van más allá de los 5000 metros, donde el frío y el viento congelan todo y es difícil respirar.

Pero, ¿qué busca allí esta porteña de 25 años que se recibió de antropóloga con medalla de oro en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y ahora vive en la quebrada de Humahuaca?

"Estudio los santuarios de altura -dijo tímidamente, durante una visita a La Nación -. Me dedico a la arqueología de alta montaña, relevando lo que quedó de aquellos sitios donde los incas llevaban a cabo algunos de sus ritos."

El objeto de su trabajo es tan particular como su especialidad, que recluta a sólo tres científicos en todo el mundo. Y Constanza es uno de ellos.

Todo lo hace a pulmón, con un magro sueldo de ayudante de cátedra de la UBA y la colaboración de montañistas, maquinistas de locomotora, gendarmes y maestros rurales, entre otros.

La empuja un deseo: entender por qué los incas efectuaban sus rituales en esos lugares casi inaccesibles y, por supuesto, cómo eran aquellas ceremonias que a veces incluían sacrificios humanos.

Avanzan los incas

Hacia la segunda mitad del siglo XV, en América del Sur mandaban los incas. La sede del imperio se ubicaba en Perú y desde allí no dejaban de ampliar sus dominios. Por un motivo que para los investigadores todavía no está muy claro, en algún momento del siglo partió desde el Cuzco la orden de avanzar hacia el Sur, tal vez por la riqueza minera de la región.

En el camino estaban los actuales territorios de Bolivia y el norte de Chile y de la Argentina.

Se supone que la ofensiva comenzó hacia 1470. Pero quien imagine una horda de guerreros salvajes abalanzándose contra todo lo que encontraba a su paso, probablemente se equivoque: "Los incas eran sumamente diplomáticos -explicó Ceruti-. Negociaban con los curacas , que eran los jefes locales y, de ser posible, luego de sendos intercambios de ofrendas, los confirmaban en el cargo. Por ejemplo, hay un caso documentado en el que un curaca entregó como ofrenda para el sacrificio a una de sus propias hijas y, de ese modo, conservó su poder".

Cuando los incas llegaban a un lugar, no se andaban con chiquitas. Permitían cultos y ritos locales, pero se llevaban al Cuzco los objetos de veneración.

El problema era que, en muchos casos, esos objetos de veneración no eran otra cosa que las montañas. "Por eso creemos que los incas construyeron los santuarios en las altas cumbres, para demostrar que, de alguna manera, ellos también estaban allí", continuó la investigadora.

El enojo de los dioses

Hasta que Ceruti comenzó sus investigaciones, hace unos dos años y medio, se sabía muy poco de estos particulares santuarios.

"En los años sesenta se produjo el hallazgo de momias en el cerro Toro y, en una fecha mucho más reciente, en el Aconcagua -afirmó-. Sin embargo, la tendencia en ese momento era la de estudiar los objetos encontrados y no el marco arquitectónico, que dice mucho acerca de las ceremonias."

Hoy, con más de 40 ascensiones en su haber, Ceruti afirma que casi todas las cumbres tienen vestigios de santuarios y que no son todos iguales; existe una cierta diversidad.

"En principio, creía que a las cumbres sólo llegaban los encargados de la ceremonia y, eventualmente, las víctimas para los sacrificios -dijo-. Sin embargo, algunos fueron construidos como verdaderos centros de peregrinaje, con estaciones a lo largo del camino. Eso indica que, quizás, en aquellos lugares podía subir más gente."

En el siglo XX, pocas cosas horrorizan tanto como pensar en los sacrificios humanos que realizaban las culturas precolombinas. Pero tenían un significado.

"A los objetos y a los lugares sagrados se los llamaba huacas -continuó Ceruti-. Cada huaca tenía que tener sacrificios, porque de lo contrario podían enojarse y enviar al pueblo toda clase de calamidades."

Las huacas menos importantes se conformaban con maderas y llamas. Las más importantes exigían sangre humana. Generalmente se sacrificaban chicos de 6 o 7 años y mujeres vírgenes de entre 13 y 14. "Los incas aparentemente eran menos crueles que los aztecas -agregó la investigadora-. En este caso, las víctimas primero eran embriagadas y luego se las enterraba vivas o se les golpeaba la cabeza. Sin embargo, ser sacrificado era considerado todo un honor."

Cuando la suerte acompaña a Ceruti, en lo alto de las montañas se encuentra con rectángulos de piedras apiladas de unos 7 por 12 metros y menos de 20 centímetros de altura. A veces aparecen plataformas sobreelevadas y algunos leños quemados hace 500 años.

Las ofrendas de los incas probablemente estén enterradas. Pero, cazadores de tesoros abstenerse, ya que el botín es escaso. Aún si lograsen llegar hasta esas alturas y excavar allí, no se llevarían de recuerdo más que un trozo de tela o alguna estatuilla de metal, tal vez con ínfimas cantidades de oro. Sin embargo, para el conocimiento de la historia de la humanidad, semejante pérdida sería enorme.

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