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El Vasco Marcó, un artesano de Polvaredas

"Yo tenía siete u ocho años y andaba con unos palitos y unos tientos haciendo pasadores", dice el soguero
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6 de septiembre de 2008  

POLVAREDAS (provincia de Buenos Aires).- Cuando se avanza por los caminos arenosos de esta región, uno descubre sin preguntar el porqué del nombre de la pequeña localidad que circunda la estación de vías muertas en la que hoy funciona una escuela. "A la casa del Vasco Marcó la va a encontrar fácil", dice un lugareño consultado unos kilómetros antes de llegar al pueblo, y agrega: "Siempre hay cerca de ella un caballo atado a soga larga".

Pero ese día, justamente, Héctor Marcó ha atado el animal como a una cuadra, para que pueda pastar más a gusto. A su vez, en la casa de la esquina están a punto de comenzar una siesta.

"Yo tenía siete o tal vez ocho años y andaba con unos palitos y unos tientos haciendo pasadores que, con los años y bien hechos, son éstos", rememora antes de señalar un prolijo trabajo que se halla sobre la mesa de madera, que hace las veces de banco en su pequeño taller.

Su origen es similar al de la mayoría de los sogueros. Nació y se crió en una estancia en la que su padre era encargado, y allí trabajó entre los dieciocho y los veintidós años. Se desempeñaba como mensual, recorría los potreros y domaba (amansaba) algún caballo mientras tanto, hasta que decidió "venirse al pueblo" y emplearse en una cooperativa, lapso que duró diez años, durante los cuales atendió al público detrás de un mostrador.

"Fue entonces cuando con un hermano mío que no podía seguir trabajando en el campo por problemas de salud empezamos a trabajar en talabartería, haciendo pecheras, anteojeras, maletas para juntar maíz, guarniciones, cosas que hoy sólo se pueden ver en algún desfile", recuerda. Después su actividad derivó en la de tapicero hasta que desde hace unos veinticinco años, el de las sogas es su oficio exclusivo.

Elige el cuero de novillos de raza Hereford. "Debe ser un animal de 500 kilos, por lo menos", aclara. Se encarga del sobado con una máquina de engranajes, hasta que las lonjas quedan en condiciones. "Hago trabajos fuertes para atar potros o para realizar tareas pesadas y también, si hacen falta, prendas para dominguear, que sean finas. De talabartería sólo hago esos estribos", dice, y señala unos de forma circular que cuelgan de un travesaño del galpón-taller, en el que pasa la mayor parte del día.

Sin embargo, "los estribos arequeros" parecen ser su especialidad. "Son de madera en la base y el arco de cuerno de carnero. El verdadero arequero debe tener una base de 9 centímetros, pero éstos son para un hombre de pie muy grande y tienen once. Ocurre que si la entrada es chica el jinete puede quedar colgado en cualquier accidente", advierte.

El hombre es de manos firmes y acciones decididas. Sale de la habitación y vuelve con un par de rastras y tiradores en los que se puede apreciar un delicado trabajo artesanal. Una de las rastras es de plata y tiene grabado el antiguo escudo de la Confederación Argentina. Las de cuero tienen delicados motivos con tejidos barqueros y pluma y trenzas patria de trece tientos conforman la rastra.

Para estas prendas es importante el volumen de los tientos y la calidad de los mismos. "A los de cueros de yeguarizo se le pueden sacar las más gruesas de los costillares y las más delgadas de la barriga. A las lonjas las hago siempre yo y ahora las estoy preparando de cueros de chivos. De un cuero de un animal de unos quince kilos sale una lonja de un metro de largo." Explica, además, que éstas tienen un excelente color y resistencia, y que el sistema para "lonjearlo" es sencillo: se lo introduce en una tina colmada de agua con jabón y ceniza, o un poco de cal, que permite pelarlos más rápido y luego de unos días, durante los cuales el pelo se afloja, se lo puede quitar como al de un cerdo faenado. Finalmente, "una lijadita" y una mano de espuma de jabón de glicerina permite guardar las lonjas en perfecto estado durante mucho tiempo. "Nunca van a estar demás", dice el soguero.

El mercado se ha diversificado para Marcó: "Con esto de que se han alquilado campos de la zona a gente de afuera, muchos pasan por aquí para ver los trabajos y, a su vez, después me recomiendan a otros. Tengo clientes en Roque Pérez, Saladillo y Las Flores. Como trabajo solo, me rinde. Con el tiempo le busqué la vuelta para que se me hiciera más simple. La experiencia es la madre de la ciencia", sentencia.

Marcó saca tientos valiéndose de una pequeña chapita que sirve de molde para que todos salgan del mismo grosor y al instante muestra fotos de desfiles gauchescos, otras junto a su esposa Nélida y a sus hijos (dos varones y una mujer, que les dieron cuatro nietos) y no deja de recordar fechas y acontecimientos relacionados con las épocas en que fueron tomadas. Pero se reserva un momento exclusivo para mencionar y exhibir dos libros referenciales como Trenzas Gauchas , de Mario López Osornio, y otro de Hilario Faudone, que les aportaron mucho a sus logros, esas obras de arte que llevan los caballos de la pampa.

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