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El eterno encanto de Madama Butterfly

Inauguró el ciclo en un remozado Teatro San Martín
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9 de septiembre de 2008  

Butterfly nos tiene acostumbrados. Después de renegar de su historia, de entregarse enamorada a Pinkerton y de esperar en vano que el marino vuelva desde Estados Unidos para rescatarla del desprecio, la muchacha entrega a su hijo y, sin salida, comete suicidio. Pero, en esta ocasión, habría que agregar que Cio Cio San hacía treinta años que no moría en Tucumán y que su sacrificio significaba la inauguración del 48º Septiembre Musical Tucumano en un teatro remozado, con un público relativamente joven cubriendo todas las localidades del San Martín y, no es poca cosa, con una buena representación. Un contexto inusual, en sus sentidos concretos y simbólicos, y demasiadas coincidencias como para remitirse a un comentario crítico centrado sólo en aspectos técnicos o meramente interpretativos.

Si hubiera que imaginar que el mes completo que implica el desarrollo de este festival, próximo a cumplir su medio siglo de vida, a partir de lo observado en su función inaugural, habría que ser optimista. Después de todo, la organización, los aspectos performáticos y el entusiasmo que éstos generan estuvieron en un muy alto nivel. En todo caso, el mencionado optimismo tiene bases concretas sobre las cuales asentarse. Vayan algunas pruebas.

Con esta representación el teatro San Martín, con su italianísima sala en herradura que en 2012 cumplirá cien años y que se encuentra en perfecto estado, inauguró un nuevo sistema computarizado de luces y sonido. El vestuario, íntegro, llegó desde el Colón para vestir a tres protagónicos venidos para compartir escenario con un elenco todo tucumano. La gigantesca maquinaria que debe ser puesta en práctica para montar una ópera no adoleció de inconvenientes que motivaran algún reparo, con orquesta y coro provinciales que cumplieron sus trabajos con sumo decoro.

Sin embargo, más allá de cuestiones organizativas, que, se insiste, son múltiples y complejas, el hecho a destacar fue la masiva convocatoria que despertó Madama Butterfly en la provincia, traducida en las cuatro funciones completamente vendidas y una quinta que habrá de agregarse por una mera cuestión de oferta y demanda. Esta práctica, tan habitual en el mundo de la música popular, es casi imposible de ser llevada adelante cuando de una ópera el asunto se trata, ya que se deben concordar innumerables agendas personales. Sin embargo, ante el suceso de la primera noche, la solución fue zanjada casi sin inconvenientes. Pero además, no es menor el caso de que la edad promedio del público que colmó la sala era sensiblemente inferior al que se puede ver en el teatro Avenida de Buenos Aires, hoy por hoy el único que alberga óperas en la ciudad con cierta regularidad. Y, por supuesto, casi en directa relación con esta situación, las vestimentas informales primaron largamente por sobre galas tan respetables como escasas.

Aplausos al por mayor

Por último, y no por eso secundario ni accesorio, Mónica Ferracani construyó una Butterfly de excelencia y se llevó, a pura justicia, los aplausos más estridentes. Por alrededor de ella se desenvolvieron con corrección los "importados" Arnaldo Quiroga y Leonardo Estévez y los locales Claudia Manrique y Alejandro Alonso. La puesta de Lassaletta y la dirección de Saúl transcurrieron por caminos sólidos y todo llegó con salud hasta el final. Pero menester es agregar que, Puccini y Ferracani mediante, la muerte de la quinceañera, como siempre, fue trágica y bella, dejando el alma musicalmente satisfecha aunque un tanto destruida, una conjunción que sólo las grandes óperas pueden concretar. Estas que, además, ocasionalmente pueden ser traídas a escena, precisamente, para comenzar a insuflar vida a un festival tucumano que arrancó muy bien y que persiste en el tiempo con una tozudez admirable.

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