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Los escritores y el poder

Por Cristina Mucci Para LA NACION
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4 de octubre de 2008  

Entre 1937 y 1938, hace setenta años, la noticia de los suicidios de tres de nuestros más grandes escritores conmocionó el país. Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni se quitaron la vida con diferencia de meses.

Quiroga había vuelto a Buenos Aires de su exilio en la selva de Misiones y se había internado en el Hospital de Clínicas para tratarse de un cáncer de próstata. Se mató con cianuro de potasio, tuvo un triste velatorio en la Casa del Teatro y los gastos del servicio fúnebre los afrontó el empresario periodístico Natalio Botana. El gobierno del Uruguay, donde había nacido, propuso enterrarlo en ese país, y allí fue en parte resarcido: se organizó una gran ceremonia y más de cinco mil personas se sumaron al cortejo.

Unos años antes, Alfonsina Storni había dicho en un reportaje aparecido en Crítica : "El uruguayo endiosa a sus escritores, mientras que el argentino los baja del pedestal a pedradas. El ímpetu creativo ha disminuido mucho en esta Argentina gobernada por el general Justo, en la que importan más los negociados que la creación de los escritores".

Alfonsina despidió a su amigo con un poema: "Morir como tú, Horacio, en tus cabales,/y así como en tus cuentos, no está mal./Un rayo a tiempo y se acabó la feria / Allá dirán...". Leopoldo Lugones, en cambio, se limitó a comentar: "Se mató como una sirvienta", sin comprender aún que en realidad no importaba la manera.

Lugones y Quiroga se habían conocido en uno de los viajes habituales del uruguayo, cuando se animó a tocar el llamador de la casa del poeta, y se estableció una amistad. Lugones era apenas mayor, pero hacía un año que vivía en Buenos Aires y ya había publicado Las montañas del oro , libro que lo convertiría en el símbolo del modernismo en el Río de la Plata. Se distanciarían muchos años después, cuando el ya indiscutido poeta nacional declaró en Ayacucho que había llegado la hora de la espada. Fue entonces cuando el uruguayo, que habitualmente no opinaba sobre política, escribió: "Subleva el alma que sea a veces un alto intelectual -un amigo- quien se expresa de esa atroz manera". A partir de entonces, ya no se verían más.

Lugones se suicidó un año después que Quiroga, apelando al mismo procedimiento. "En esa época abundaban los suicidios de domésticas con cianuro de potasio en polvo, producto que se adquiría con facilidad en las ferreterías", explicaba César Tiempo.

Luego sería el turno de Alfonsina. Operada de un cáncer de mama, pasó su convalecencia en la quinta Los Naranjos, del benefactor de los artistas de la época, Natalio Botana (en realidad, era íntima amiga de Salvadora Medina Onrubia, su mujer), y sólo aceptó someterse a una única sesión de rayos, que la dejó exhausta. A partir de allí, sufrió fuertes dolores y cambió su carácter, tradicionalmente alegre. Una madrugada, dejó su habitación de hotel en Mar del Plata y algunas horas después la encontrarían flotando a doscientos metros de la playa. A diferencia de Quiroga, su cuerpo fue recibido en Buenos Aires por una multitud que la acompañó hasta el cementerio de la Recoleta, en el que fue enterrada (¿dónde, si no?) en la bóveda de la familia Botana.

Fue entonces cuando el senador Alfredo Palacios se decidió a hablar en el Congreso de la Nación: "Nuestro progreso material asombra a propios y extraños [...], pero con frecuencia subordinamos los valores del espíritu a los utilitarios y no hemos conseguido crear una atmósfera propicia donde pueda prosperar esa planta delicada que es un poeta. En dos años han desertado de la existencia tres de nuestros grandes espíritus, cada uno de los cuales bastaría para dar gloria a un país: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni. Algo anda mal en la vida de una nación cuando, en vez de cantarla, los poetas parten, con un gesto de amargura y de desdén, en medio de una glacial indiferencia del Estado".

Al igual que Horacio Quiroga, Palacios se había desencantado del poeta -de quien había sido amigo en sus inicios- por sus virajes políticos, aunque no vaciló en dolerse por su muerte. Jorge Luis Borges, por su parte, comentó: "Lo esencial es la sensación de inutilidad que tienen en este país las personas que se dedican a las letras". ¿Influyeron de algún modo en estos suicidios la indiferencia del Estado que denunció Palacios o, lo que es lo mismo, la sensación de inutilidad que planteó Borges? Seguramente tuvieron algún peso en el caso de Quiroga, que murió en la soledad y la pobreza y, en menor grado, en el de Alfonsina. Lugones, en cambio, trabajó siempre desde un lugar distinto: el del artista que desarrolla su obra y, paralelamente, aspira a convertirse en el ideólogo de su tiempo y ocupar un lugar de cercanía del poder.

La relación entre escritores y política nunca fue sencilla. Salvando las distancias, hubo otra escritora con un recorrido similar al de Leopoldo Lugones. Marta Lynch desarrolló paralelamente a su carrera literaria (de fuerte contenido político, con títulos como La alfombra roja y La señora Ordóñez ) un pretendido papel en la política activa que, sin embargo, nunca logró alcanzar. Comenzó apoyando la candidatura presidencial de Arturo Frondizi, de quien se distanció pronto, al no obtener el protagonismo al que aspiraba. Luego se declaró partidaria de la revolución cubana, del peronismo revolucionario y del gobierno de Héctor J. Cámpora, en el que tampoco encontró un lugar. En 1976, consideró que los militares nos traerían un "orden necesario" y terminó relacionándose con el almirante Emilio Massera, quien al poco tiempo comenzó a evitarla. Finalmente, con la llegada de la democracia, intentó integrarse a los sectores que rodeaban al presidente Raúl Alfonsín, pero su cercanía de la dictadura impidió que le dieran espacio. Pese a que unos meses antes había presentado su último libro con gran éxito, se suicidó en 1985, después de algunos desengaños amorosos y en medio de una enorme sensación de frustración personal. Leopoldo Lugones también asumió el riesgo de sus cambios ideológicos, a tono con las tendencias de la época. En sus comienzos como socialista, fue aclamado en mitines partidarios en la plaza Herrera, de Barracas, y fundó el periódico La Montaña , junto a José Ingenieros y Roberto Payró. Luego conoció a Julio Argentino Roca y se entusiasmó con el proyecto de la generación del 80, con el que colaboró desde distintos cargos. Finalmente, terminaría apelando al militarismo y convirtiéndose en ideólogo de la revolución de 1930. Le cupo, como dijo Juan José Sebreli, "el triste mérito de descubrir -o inventar- al nuevo sujeto histórico, destinado a reemplazar tanto a la oligarquía liberal ilustrada como a las masas electorales: el Ejército".

Sin embargo, el gobierno de José Félix Uriburu jamás lo convocó. Y con la asunción de Agustín P. Justo (quien arrojó sus innumerables proyectos al cesto de papeles) perdió la esperanza de asumir el cargo para el que se consideraba destinado. Al igual que Marta Lynch, la frustración se sumó a una serie de desengaños y pérdidas personales.

Tal vez Lugones pretendió un lugar imposible en la Argentina, donde, salvo en la época de la organización del Estado, y por razones diversas, los intelectuales no han tenido incidencia en el poder real.

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