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Spinetta, áspero como el desierto

Daniel Amiano
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7 de agosto de 1998  

Recital de Spinetta y Los Socios del Desierto. Luis Alberto Spinetta (guitarra y voz), Marcelo Torres (bajo de seis cuerdas) y Daniel Wirtz (batería). En la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza. Nuestra opinión: Regular

Aspereza en las palabras. Aspereza en el sonido de la guitarra. Aspereza en el público. Luis Alberto Spinetta y Los Socios del Desierto comenzaron ayer un ciclo en La Plaza con la idea de grabar un álbum en vivo, "San Cristóforo, sauna de lava eléctrico", pero antes, el martes, realizaron una función para la crítica e invitados. Es decir: había periodistas, algunos músicos y algunos jóvenes actores de TV.

Por las razones citadas es necesario hablar del recital que no fue, o que se convirtió en otra cosa, o que se contagió del frío de las estatuas que ocuparon las butacas. Porque si por algo vale la pena un recital es, más allá de esa cercanía que tiene el oyente con el músico, el calor que se genera en ese encuentro; la comunión implícita de "compartir" que en la música popular, y particularmente en el rock, se colorea con la pasión.

Y aquí faltó la pasión. Como si a los críticos les costara disfrutar la música. Como si no tuvieran manos para aplaudir o voz para cantar canciones como "Ana no duerme", "Rutas argentinas", "Como el viento voy a ver" o "Me gusta ese tajo".

Es difícil justificar tan poca complicidad. A medida que avanzó el recital, se agravó el tono de examen. ¿Es que había demasiados egos en un mismo recinto? Porque, claro, también había músicos, y había jóvenes estrellas de la TV, y había amigos o gente cercana al grupo.

Para colmo...

Tal vez por el desgano que produjo semejante platea, la música tampoco estuvo a la altura del nombre Spinetta. Algunos desajustes, sonido deficiente y poca presencia de la voz (tal vez reservada para los compromisos ante el público que paga la entrada) fueron los aspectos que más llamaron la atención.

Y no fue porque se presentaron demasiados temas nuevos. Lo que sale de los parlantes es el Flaco último modelo, de regreso al rock duro, con una fuerte presencia de su historia personal en la música.

Parece que Spinetta decidió, después del unplugged, volver a la furia. Y volvió. Su guitarra es absolutamente áspera, con un toque de desprolijidad: armas del rock and roll. Y con una cierta distancia difícil de medir, pero palpable. No hace cosas muy diferentes de lo que nos tiene acostumbrados desde hace un par de años, pero los temas suenan distintos, y por momentos sin precisión.

A su lado, el Tuerto Wirtz y Marcelo Torres la gastan. El primero, con una fuerza arrolladora. El segundo, con una virtuosa sutileza que hasta parece sencilla. Por eso es muy difícil ponerle estrellitas a esta crítica. Podrían ser muchas, o, según los sucesos de esta noche, ser unas pocas. El repertorio es parte de la brillante historia de este creador irónico que suele ser un buen conversador desde el micrófono, sobre todo al dar respuestas que rozan el absurdo. Aquí no tuvo interlocutores.

Es posible que esa sensación de vacío haya llegado al escenario para perjudicar la performance. También es posible que haya llegado aquí para grabar un álbum doble en vivo, cerrar una etapa y hacer lo suyo sin demasiadas exigencias. Pero sabemos que es absolutamente lógico que haga un recital que no dé respiro, que emocione, que conmueva, que derribe las modas, que ilumine desde su poética... Es una lástima, pero el martes eso no sucedió. Y la pregunta que flota es: ¿Spinetta no puede actuar ante un público que no se rinde automáticamente ante su figura?

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