María Onetto, la actriz inesperada

No siempre quiso ser actriz. Pero, desde que decidió serlo, la protagonista de La mujer sin cabeza empezó a transformarse en una elogiada figura de culto
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26 de octubre de 2008  

A veces, María Onetto mira una foto. Esta foto: su madre, Estela Mary Pastore, la menor de las siete hermanas Pastore, una constelación de mujeres criadas en Olivos, mirando a cámara durante un veraneo en Córdoba. No es una foto linda: es todo lo contrario. Estela Mary Pastore tiene la mirada perdida, los ojos de un ser anonadado. Los ojos de alguien que no entiende lo que acaba de suceder.

-Son los ojos de alguien que no está ni siquiera triste. Los ojos de alguien que no entiende qué es lo que habría que hacer para... seguir. Cómo habría que hacer para seguir viviendo.

María Onetto mira esa foto, abreva en esos ojos por los que ha pasado el azar malo y, después, actúa: hace de mujer sin cabeza en la película de Lucrecia Martel. Hace de Linda Loman en la obra Muerte de un viajante , junto a Alfredo Alcón y Diego Peretti.

Y es así, mirando esa foto, que María Onetto recuerda cómo luce un ser que conoce las consecuencias negras de lo inesperado.

Cuando su padre, Jorge, murió -infarto súbito en una tarde cuya mañana había sido hermosa- María Onetto tenía un año, el hombre 56 y, hasta esa tarde de 1978, había sido empleado de Segba pero aspirado a más. Por eso, y amén de su trabajo en la compañía de electricidad, había montado restaurante en el suburbio en que vivían: Martínez. Al restaurante, llamado El Mangrullo, le fue pésimo y peor, hasta que un día Jorge tuvo inspiración de adelantado y lo transformó en un restaurante de autoservicio. El sistema de bandejas fue una bendición: El Mangrullo empezó a funcionar excelente y mejor, y las finanzas de la familia, formada por Estela Mary, Jorge y las dos hijas (Estela, de 14, y María, de bebé) se robustecieron.

Duró tan poco: el padre de familia, que fumaba tres paquetes al día, a las dos de la tarde de un día como tantos se recostó, llamó a su esposa y quedó ahí: muerto. Las tres mujeres se quedaron tres mujeres. Una mujer adulta, una mujer adolescente, una mujer bebé.

-Se vendió el restaurante y mi mamá empezó a trabajar en el colegio que tenían dos hermanas de mi padre, en Olivos. Eso sostuvo la economía familiar. La cosa era no irle con problemas a mi mamá. Y yo era como el problema por el otro extremo, porque no le llevaba ningún problema. Yo estaba abocada, concentrada en ser buena. Me sacaba nueve y lloraba porque no me había sacado diez.

Creciendo en casa de mujeres solas, organizada en torno a las cosas de las féminas, María Onetto creció azotándose con el látigo de la exigencia alta. En las mañanas tomaba clases de inglés o de dibujo o de danza o de cualquier cosa. Después, colegio.

-Tenía una especie de popularidad extraña. Todos querían ser mis novios. Me hacían regalos y me decían que yo tenía que decidir con quién iba a salir.

La infancia fue plácida porque ella fue eso: una niña aplicada y buena, llena de novios, jugando al juego de la oficina con la papelería que había quedado de El Mangrullo, extrañando sin haberlo conocido a un padre del que sólo le quedaban fotos. Después empezó la adolescencia y el barco, su casco incólume, a mostrar algunas grietas.

-Me pusieron en un colegio de monjas, y yo continué con mi modalidad de niña aplicada. Pero si en el otro era como una minidueña del colegio, en este lugar era una perfecta desconocida. Me puse muy retraída y empecé a tener amores idealizados. Me gustaba siempre el más atorrante. Y claro: no había ninguna posibilidad de que el atorrante me diera bolilla a mí. Se ve que era muy transparente que a mí me gustaba alguien. Me imagino que sería muy patético ver mi tan obvio interés por esas personas. Había unos llantos míos tremendos. Yo lloraba todo el tiempo. Iba a una fiesta, y lo veía a él, obviamente bailando con otra. Y yo sufría porque no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Era una especie de desconcierto.

A los 17 años, siguiendo la influencia de su hermana mayor, que había estudiado lo mismo, empezó a estudiar Psicología en la UBA, a viajar constantemente entre el Centro y Martínez como si fuera en peregrinación. Allí, en la facultad, tuvo un novio que duró un tiempo corto.

-Empecé a ir a teatro, a la escuela de Hugo Midón, por él. Y después de unos meses ese chico me dejó. No fue un chico determinante para mí, pero eso me deprimió bastante. Un día estaba bien y al otro no tenía ganas de vestirme. En ningún momento yo podía pensar que si me había dejado era un idiota. No. Yo pensaba qué habré hecho, pensaba cómo hacer para que esa persona volviera.

Pero fueron esas oscuridades las que la llevaron, poco después, a los brazos del hombre importante.

-El era... alguien particular. Muchísimo más inteligente que yo. Más aplicado que yo. Era ingeniero, y empezó a estudiar psicología. Empezamos a vernos, y creo que a él lo ganó el interés enorme que yo tenía en él y en estar con él. No tenía problema en decirle cuánto lo había extrañado, en llamar si no me había llamado. Me llevaba ocho años y empezamos a ser puro estudio. Ibamos muy rápido en la carrera. Y yo manifestaba todo el tiempo mi alegría de estar con él. Para mí no había algo más importante que estar con él: yo tenía disponibilidad total. Total alegría de verlo.

Terminaron la carrera en cuatro años: la niña buena era, una vez más, la niña mejor. Pero poco antes de terminar decidió que no sabía si quería ser eso que iba a ser: psicóloga. Y el hombre particular, el ingeniero, decidió que lo que no quería era estar, precisamente, con ella.

-Vino el típico "tenemos que hablar". Yo me tomé un colectivo, me fui al Centro, porque él vivía en el Centro y yo seguía viviendo con mi mamá, y ahí me dijo. Que estaba con otra persona y que se iba a vivir a España. Y ése fue un momento muy desestabilizado mío. Era claramente el vacío. El que no pasan las horas. Un pensamiento hasta recurrente con esto de qué estará haciendo ahora él, dónde estará, cómo puede vivir sin mí si yo me estoy muriendo. Yo no iba a hacer nada contra mí, pero sí parecía que se podía morir de tristeza. Y a su vez era la sensación de que ya había conocido a la persona, y que, si no era esa persona, no iba a ser nadie.

Era 1988. María tenía 22, era absolutamente infeliz y se fue a Europa.

-Me fui en un tour con una casa rodante, con muchas personas. Pero todo ese sistema lo manejaba alguien que hablaba en inglés, y yo entendía muy poco inglés. No entendía a qué hora había que llegar, no entendía nada. Un mes así. Casas rodantes colectivas. Una pesadilla. Y yo todo el tiempo pensando en ese cristiano.

No sabía, de las cosas del camping, nada: ni lavar, ni cocinar, ni preparar su pequeña supervivencia. Y no supo mucho de Europa, sino de sus campings: durmiendo a veinte kilómetros de Roma, acampando a cincuenta y cinco de París.

-Yo estaba ahí y pensaba "por qué hice esto". Pero bueno. Soy hija del rigor, y pensaba por qué hay que pasarla bien. Esa idea cristiana del sufrimiento.

Al regresar a Buenos Aires, siguió tomando clases de teatro -sin pensar en la posibilidad de ser actriz-, preparando informes psicopedagógicos para el colegio donde trabajaba su madre, haciendo encuestas callejeras. Y se mudó: sola. Por primera vez y al Centro. Y, en 1991, llegó por primera vez al Sportivo Teatral, el taller de teatro de Ricardo Bartís. Y allí descubrió que ella, hija del rigor, era ideal para ese profesor que exigía dejarlo todo.

-Descubrí que ser actor en lo de Bartís era peor que ser médico cirujano. Era a todo o nada. Era desafiante su manera de dar clases porque pocas veces algo estaba bien, o muy bien. Y empecé a darme cuenta de que ese mundo era un mundo muy potente. En la vida tenía que trabajar para no ser tan intensa, tan hipersensible, o estar tan pendiente de las personas. Pero esta hipersensibilidad mía ahí tenía un lugar. Estar muy vinculado a un compañero, ser intenso en escena, tener verdad; esos sentimientos urgentes eran muy valorados. Pero yo, la verdad, no quería ser actriz. Desde que empecé a tomar clases con Midón hasta que se empezó a desarrollar ese deseo habrán pasado como trece años.

Tomó clases allí y, después, empezó a darlas para los alumnos principiantes de Bartís, hasta 1996. Durante todo ese tiempo María ni buscó ni recibió propuestas de trabajo. Era una "no actriz", haciendo de profesora de actores que querían ser actores.

-En 1996 me fui del Sportivo. Entonces decidí que yo no iba a ser actriz. Estaba viviendo con un novio y le propuse vender el departamento e irnos a vivir a Benavídez. Y lo hicimos. Y yo dije: "Bueno, no voy a ser actriz, voy a estudiar Letras". Y fue el caos. Me di cuenta de que yo era una persona urbana; no podía vivir en Benavídez. Entramos en crisis, porque él estaba muy entusiasmado con esa situación y yo estaba espantada.

Seis meses después, María y su novio habían vendido casa, roto relaciones y regresado cada uno a lo suyo. En el caso de ella, volver a lo suyo era un departamento nuevo y, ahora sí, el teatro, pero como actriz.

-Me llamó Rafael Spregelbrud para hacer una obra que era Arrastrando la cruz . Y desde ese momento ya no paré.

Y así fue como María Onetto dejó de ser cualquier otra cosa y empezó a ser actriz. Le siguieron, a esa obra, Faros de color , La escala humana , La casa de Bernarda Alba , Donde más duele , Nunca estuviste tan adorable . Siguió, en televisión, la tira Montecristo , donde hizo el rol de una mujer de clase alta casada con un médico terrible. Y todas y cada una de las actuaciones de María Onetto para la crítica fueron "conmocionantes", y ahora fue, además, una mujer de clase media alta, salteña, llamada Verónica, en La mujer sin cabeza , la película de Lucrecia Martel que se mostró en Cannes y levantó sus olas -a favor, en contra-, y se estrenó aquí hace poco. En La mujer sin cabeza , el personaje de María atropella con su auto algo en la ruta y no se detiene, y supone que ese algo no es un algo, sino un alguien, una persona. "Yo no la conocía a María -dijo Lucrecia Martel en el suplemento Radar al estrenarse su película-; la fui a ver al teatro y me encantó. Primero, porque es una actriz atípica en muchos sentidos; aunque después, cuando la conocés a ella, te das cuenta de que ella misma es una persona atípica, una rareza en sí. María tiene, además, un cuerpo que no tiene ninguno de los terrores de la modernidad. Nunca va a hacer un gesto que ella sienta que la favorece físicamente."

Y ahora, después de esa película, de dos más que vendrán, quiere dirigir.

-Algo que tenga que ver con la irrupción de lo repentino en la vida de alguien.

Lo repentino: eso que ve, cada vez, en aquella foto de su madre en Córdoba: la mirada de un ser avasallado por el dolor. La mirada de una mujer sin cabeza.

revista@lanacion.com.ar

Vestuario: Pablo Ramírez

Peinó: Norma para Sanders

Maquilló: Gervasio Larrivey con productos Guerlain

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