Soledad es un recuerdo explosivo en Turín

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10 de agosto de 1998  

TURIN, Italia.- Al cumplirse un mes del suicidio de la argentina María Soledad Rosas, los squatters (ocupantes de edificios abandonados) de esta ciudad del norte de Italia han decidido recordar su muerte con amenazas de bombas. En los últimos días, policías, periodistas, diputados y jueces que se ocuparon de su caso han recibido paquetes con explosivos caseros.

María Soledad, a la que aquí todos llamaban Sole, tenía 24 años cuando decidió quitarse la vida en una comunidad de recuperación de drogadictos en el Piemonte, mientras cumplía arresto domiciliario por su pertenencia a una agrupación anarquista. Había sido detenida por su presunta vinculación con un grupo ecoterrorista denominado Lupi grigi (Lobos grises), al que pertenecía su amigo Edoardo Massari, de 35 años.

Miembros del grupo habían atentado con bombas incendiarias contra la construcción de un tren de alta velocidad en el valle de Ivrea, uno de los pasos que unen el norte de Italia con el sudoeste de Francia, y contra instalaciones de energía eléctrica y repetidoras de televisión en la misma zona.

Massari, María Soledad y Silvano Pelissero habían sido detenidos por la policía de Turín, y a fines de marzo Massari se suicidó en la cárcel turinesa donde esperaba el juicio.

Ritual trágico

El 10 de julio último, es decir, hace exactamente un mes, María Soledad siguió ritualmente los pasos de su amigo Edo, y se suicidó el mismo día de la semana, sábado, a la misma hora, 6.30 de madrugada, y de la misma forma: ahorcándose con una sábana anudada al duchador del baño de la casa donde cumplía su arresto. En los días previos a su muerte nadie había advertido su depresión, y nadie sospechaba, tampoco, que estaba a punto de convertirse en un mito.

Un cura que trabaja en la recuperación de drogadictos, Luigi Ciotti, había sido el último en escuchar los ruegos de Sole: "Don Ciotti, hable con el juez. Necesito salir, trabajar...".

El magistrado con quien debía hablar el sacerdote es ahora una de las personas amenazadas por cartas bomba en los últimos días.

El juez Maurizio Laudi recibió el primer paquete en sus oficinas de la Procuración de Turín. El segundo fue para un periodista, Daniele Genco, que desde las páginas de su diario, Sentinella del Canavese, había escrito artículos contra el squatter Edoardo Massari. La tercera bomba cazabobos fue para el consejero regional piamontés Pasquale Cavaliere, y hace cinco días, finalmente, recibió el último aviso el presidente de la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados, Giuliano Pisapia.

Aunque voceros de los squatters (extraoficialmente, porque no hablan con periodistas) dicen que los paquetes bomba son obra de los servicios secretos italianos, lo cierto es que a un mes de su muerte el suicidio de Soledad Rosas ha comenzado a ser un tema que preocupa a los italianos.

La chica del huerto

La casa está al final de un camino de tierra casi intransitable. Es un edificio nuevo y sólido, de dos plantas y techo de tejas color terracota.

Y hasta podría ser un lugar confortable si se quitaran los viejos autos abandonados frente a la puerta, se ordenaran el patio y el galpón lindero, y se diera a las paredes una mano de pintura.

La casa tiene ventanas pequeñas y un alero adelante, y en el mediodía de este tórrido verano europeo el conjunto de árboles que la rodea trae un soplo de frescura. A los lados hay plantaciones de maíz y unos girasoles calcinados y mustios. En esta casa, hace un mes, se suicidó María Soledad Rosas.

Es curioso el lugar que eligió para morir esta chica de 24 años, nacida en el Barrio Norte y educada en un colegio privado.

Bene Vagienna es una comarca perdida en medio del Piamonte, sesenta kilómetros al sur de Turín. Es un valle pobre rodeado de colinas con pueblitos e iglesias de los siglos XV y XVI, y los piamonteses lo llaman la Toscana povera . Una Toscana, quieren decir, sin Florencias ni Sienas, pero con anarquistas insólitos, revolucionarios de fin de siglo y enfermos de SIDA que viven en comunidades olvidadas del mundo.

Enrico De Simone tiene 32 años y el SIDA lo consume lentamente. Sus ojos son claros y la piel oscura, y es el presidente de una agrupación de ocho miembros, la Associazione Sottoiponti (escrito todo junto, como quien dice "Bajolospuentes"), a la que Sole llegó el 16 de abril último.

"Ella fue la que pidió venir acá -explica De Simone-, porque nos habíamos conocido en Colegno dos meses antes. Nos habíamos encontrado durante unas jornadas sobre terapia natural y negocio farmacéutico, y se interesó por lo que nosotros hacíamos."

Cuando Soledad consiguió el beneficio del arresto domiciliario, eligió Sottoiponti y allí pasó los últimos cuatro meses de su vida. Se instaló en uno de los dos cuartos del primer piso y empezó a ayudar a De Simone y a Fernando -el otro residente en la casa- a fabricar los juguetes de madera que venden para subsistir.

"En los tres meses que estuvo con nosotros, la policía vino cada día a verificar que aún estaba aquí. Podía salir de la casa, pero no de los límites de la propiedad. Escribía cartas a sus amigos de Turín, recibía visitas de otros squatters... Aunque se la veía contenta, no dejaba de ser una detenida por un delito que no había cometido", recuerda el último compañero de la squatter argentina.

Hablaba de libertad

Durante esos días de ocio forzoso en el campo, Sole hizo un huerto donde hoy los tomates están maduros, y no se salió ni una sola vez de su dieta estricta: comía sólo verduras frescas y alimentos macrobióticos que le traían sus amigos que llegaban a visitarla.

"Hablaba de la libertad y de la justicia, y pensaba todo el tiempo en Edo. Estaba segura de que se había matado por ella, y evidentemente ya estaba pensando en suicidarse", relata Enrico.

De Simone abre la puerta de la habitación del primer piso donde dormía Sole. Es un cuarto estrecho, pero luminoso, y está pintado de colores alegres: rosa, celeste, blanco. Por la única ventana, a lo lejos, se ve el pueblo de Narzole. En medio del cuarto hay juntas dos camas de una plaza, y las paredes están desnudas de cuadros.

"¿Quiere ver el lugar donde se suicidó?", dice De Simone.

El baño está al lado de la habitación. Es alargado y angosto, azulejado y muy limpio. De frente a la puerta está el sitio de la ducha, con la guía vertical del duchador manual adosada a la pared. Este fue el lugar, y permite verificar algo que da escalofríos: Sole anudó la sábana al soporte más bajo de la guía, que está a menos de un metro y medio del piso. Tuvo que haber encogido las piernas para poder ahorcarse, porque parada tocaba el piso.

"Yo no estaba en la casa en ese momento -cuenta de Simone-. Estaba trabajando en Liguria y me avisaron por teléfono. Tampoco estaba Fernando, internado en el hospital".

-¿Soledad estaba sola?

-No, no... Habían llegado unos amigos de Turín a visitarla. Eran amigos de ella y de Edo. Yo los había visto antes de irme. Jugaban, paseaban por el campo... Estaban bien.

-¿Ella pensaba en volver a Buenos Aires?

-No, le había dicho a Marta, la madre, que quería quedarse en Italia cuando saliera en libertad. Marta había estado una temporada aquí con ella, y Sole se enteró de que había arreglado las cosas para llevársela. Entonces se enojó y le dijo que se quedaría, que su vida ahora estaba acá. Ya estaba pensando en matarse. Y no se mató porque estuviera acá: Edo estaba en una cárcel y se suicidó también. Sus muertes fueron actos de protesta, rebeliones extremas contra la injusticia.

El nacimiento de un mito

Es un verano agobiante en las calles de Turín. Por el corso Regina Margherita, a la altura de Porta Palazzo, son más los que se han quedado que los que se han ido. Aquí viven inmigrantes que han ocupado edificios, con la tolerancia del gobierno, y algunas viejas casas de departamentos están embanderadas con pancartas contra el racismo, la desocupación, la discriminación.

Las pintadas en las paredes son confusas: hay hoces y martillos, pero también círculos en pintura roja que encierran la "A" de los anarquistas. Las leyendas, en cambio, son coincidentes y claras: "Sole & Edo viveno", "Giornalisti assesini", "Sole ce viva".

Fuera del ambiente sórdido de los squatters, hasta hace un mes, a pocos les importaba la suerte de esa chica, cabeza rapada y ojos ingenuos, que estaba detenida por un delito que tal vez ni siquiera había cometido, que fue fotografiada subiendo a un celular haciendo un gesto elocuente y que trabajaba un huerto pequeño en un valle perdido.

Nadie hubiera pensado, hace un mes, que esa chica frágil y vulnerable se convertiría de la noche a la mañana en un grito de guerra para los squatters de todo el mundo, y que su apodo, convertido en mito, sería al final un fantasma que imprimiría su marca en los antiguos y venerables muros de Turín.

El mismo sello en los atentados

TURIN, Italia (De un enviado especial).- Para el questore (comisario) Marcello Fulvi, los paquetes bomba enviados hasta ahora a quienes investigan a los squatters fueron construidos por la misma persona.

Fulvi es el jefe del Servicio Antiterrorismo de la policía de Turín, y es un veterano en la lucha contra las Brigadas Rojas, aunque no acepta comparar un grupo con otro. Para él, sólo hay unos cincuenta anarquistas violentos entre Roma y Turín, y de ese grupo tuvieron que haber salido las bombas caseras que no llegaron a explotar.

"Las cuatro eran idénticas: una pila activaba un circuito que calentaba la pólvora hasta encenderla, y la explosión lanzaba bulones y clavos hasta una distancia de tres metros del paquete."

Aunque los peritos policiales aún no han medido el verdadero poder letal de los artefactos -que bien podrían ser más una maniobra publicitaria que una amenaza efectiva- los diarios locales no contribuyen a mantener la calma: "Tensión en Turín", tituló el jueves último el Corriere della Sera.

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