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Constelación infinita

Más de una veintena de artistas latinoamericanos construyeron sus propios mundos en Límite Sud/South Limit, la muestra ideada por arteBA Fundación para establecer un corredor cultural entre Buenos Aires y la Bienal de San Pablo
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1 de noviembre de 2008  

El mundo moderno se ha fundado sobre una idea radical: la vida sólo tiene el sentido que somos capaces de darle. Es decir, el sentido es una construcción social que cada época imagina. Por eso, en el mundo contemporáneo todo vacila, duda, se quiebra y se reinventa constantemente: como no hay dogma, nada es definitivo. En la modernidad, todo lo sólido se desvanece en el aire. Esa inestabilidad del sentido se expresa de manera potente en el campo artístico: buena parte de lo más interesante del arte que se produce hoy se basa en esa capacidad de reinventarle constantemente sentidos a la vida. Y uno de los aspectos más positivos de Límite Sud/South Limit, la muestra organizada por arteBA Fundación que ayer cerró sus puertas en el Centro de Exposiciones, es que fue capaz de poner en escena esa inestabilidad creativa.

A diferencia de otras tradiciones latinoamericanas –en especial, la brasileña–, el arte contemporáneo argentino no está dominado por una línea estética, una concepción teórica o una militancia ideológica. El flexible guión curatorial que propusieron Eva Grinstein (para los veintiún artistas locales) y el colombiano José Roca (para los cinco de otros países latinoamericanos) tuvo el mérito de evidenciar esta libertad esencial: aquí no hay una única voz de mando. Ni siquiera hay un estilo dominante. El arte contemporáneo argentino –y lo poco que se vio del resto de América Latina– es el reino de la democracia y la diversidad.

Grinstein seleccionó, entre los argentinos más reconocidos, a Marta Minujín, Luis Felipe Noé, Juan Carlos Romero, Rogelio Polesello, Marcia Schvartz, Eduardo Stupía y Juan José Cambre. Entre los jóvenes, el espectro fue más diverso: Dino Bruzzone, Jorge Macchi, Fabiana Imola, Ana Gallardo, Sebastián Gordín, Sandro Pereira, Mónica van Asperen, Arturo Aguiar, Javier Barilaro, Leo Battistelli, Adriana Bustos, Patricio Gil Flood, Nicolás Mastracchio y Noelia Yagmourian. Los latinoamericanos fueron todos varones: el uruguayo Julio Alpuy, el venezolano Alexander Apóstol, el brasileño Artur Lescher y los colombianos Miguel Ángel Rojas y Jaime Tarazona.

Los cuadros de Marcia Schvartz –que pertenecen al ciclo de la Untref curado por Gabriel Levinas–, representaron la propuesta más potente de esta primera edición de Límite Sud. Con sus desechos animales flotando en un paisaje viscoso –como si fueran testimonio de los primeros días del planeta o un anticipo apocalíptico de los últimos días del mundo–, estos collages se abren a diversos campos de la interpretación. Punch visual que es, sobre todo, un garrotazo mental. Stupía presentó un magnífico conjunto de poemas gráficos y espaciales, cada vez más sutiles, cada vez más complejos. Tributo a la diversidad: separados por un tabique, convivían el juguetón formalismo cinético de Polesello con la comprometida discursividad política de Romero.

Casi todas las propuestas que presentaron los más jóvenes fueron interesantes. En especial, las esculturas instaladas por Sandro Pereira. Especie de homenaje a las tomas con las que Eadweard Muybridge captó el movimiento en el último cuarto del siglo XIX, Pereira presentó tres esculturas forradas con pequeños fragmentos de autorretratos fotográficos. En esta nueva serie, integra dos de sus principales preocupaciones de los últimos años: la escultura con la fotografía autobiográfica. La imagen subjetiva que construye Aguiar en sus fotos oscuras es fruto de un choque entre lo rococó de la forma con lo romántico del estilo. Hay una infinita gama de sugerencias que estallan en las cerámicas (endebles y rigurosas a la vez) de Battistelli. Las maquetas de escenarios sadomasoquistas que presentó Bruzzone fueron inspiradas por las ilustraciones de los libros de Sacher-Masoch, Sade y Reage que el artista sustraía, durante su infancia, de la biblioteca paterna: la memorabilia familiar como exhibición del placer prohibido. La obra asaeteada de Gil Flood –una instalación que se titula, como la canción de Eurythmics, "Sweet Dreams", y que conjuga moto, botas y referencias a un animal que acecha– es una encrucijada de múltiples referencias: desde la iconografía gay hasta los riesgos que entraña caminar por el lado salvaje de la vida.

El museo de arte zombi de Sebastián Gordín juega, cada vez más profundamente, con la puesta en escena de un universo propio, que es también comentario burlón de este mundo que creemos compartir. Contradiciendo las normas, Gordín asienta su propuesta conceptual sobre una producción basada en un sofisticado trabajo artesanal: el taraceado en maderas raras que componen el cuadro El testamento de Elizabeth de Orleáns es de una factura exquisita.

En el espacio que Límite Sud le cedió, cada artista construyó un mundo. Como en el Aleph borgeano, cada pequeño reino fue, a la vez, una constelación infinita. La que surge cuando el sentido estalla. En todas direcciones.

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