Una taza de té, llena de disparates

Gustavo Monje y Giselle Pessacq, en un juego brillante para que participen los más chiquitos
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22 de noviembre de 2008  

Tres para el té, de Omar Calicchio, Gustavo Monje y Giselle Pessacq. Inspirada en textos de Lewis Carroll. Intérpretes: Giselle Pessacq y Gustavo Monje. Música en vivo: Esteban Rozenszain. Vestuario: Alberto Mauri. Escenografía: Azul Borenstein. Iluminación: Magalí Acha. Colaboración coreográfica: Diego Bros. Puesta en escena y dirección general: Giselle Pessacq, Gustavo Monje y Omar Calicchio. En el Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543. Sábados y domingos, a las 16.30. $ 15.

Nuestra opinión: muy buena

Bruno, vestido a la usanza de un caballero inglés del siglo pasado, se presenta en el escenario y, mientras consulta unas notas, le pregunta, como casualmente, a la platea, si alguien alguna vez conoció a alguien muy raro. Los chicos se muestran interesados; algunos responden espontáneamente, y él sigue con otras preguntas que tiene para hacer. Es un movimiento muy equilibrado de apertura al público, de reconocer que está ahí, pero conservando el espacio del escenario para sí. Mientras sigue tratando de resolver su problema, preocupado porque es la hora del té, aparece Ani, desde adentro de la taza. El la invita a tomar el té. Se enredan en un diálogo absurdo que deriva hacia una especie de recitado paralelo. Finalmente, ella aparece junto a él, toca el timbre y le trae un regalo.

A partir de allí, los disparates se expanden, pero con mucha seriedad, con un meticuloso cuidado, cosa que divierte al público y, por momentos, provoca completa hilaridad.

El regalo trae sorpresas para Bruno, y mientras un músico extraño y concentrado va tocando sus distintas melodías, los dos amigos tratan de entender el absurdo, lo inexplicable, siguiendo distintas líneas de pensamiento en un juego de palabras y de dichos. Y mientras siguen explorando con las palabras, el juego se dispara y se multiplica. Textos de Lewis Carroll se recitan, se interpretan, se exploran con una dinámica muy ajustada en la actuación. El músico se incorpora al juego, hace sus reclamos; quiere su regalo.

Resulta grato y hasta sorprendente el regocijo de los chicos pequeños, al escuchar los absurdos, al comprobar los malentendidos, al expresar que se sienten incluidos todo el tiempo en el disparate. Y los adultos también se divierten mucho.

Podría decirse que es un trabajo impecable, en el que puede apreciarse que los intérpretes se divierten y transmiten esa alegría a la platea. Y también podría decirse que los niños captan y abarcan mejor que los adultos ese humor fino y ese juego con el disparate que transforma el escenario en un lugar de maravillas, sin efectos especiales, sin impactos visuales, solamente con la magia de la palabra y el gesto.

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