Las lecciones que deja Rusia

Por Germán Sopeña
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18 de agosto de 1998  

No devaluaremos, dijo Boris Yeltsin el viernes último.

Ayer, el rublo se devaluó de hecho. Y como el mercado -es decir, los ciudadanos rusos- han perdido toda confianza en el gobierno, la corrida hacia el dólar terminó de confirmar que la moneda rusa se cae sin remedio.

Cualquier parecido con situaciones argentinas de los años 70 y 80 no es mera coincidencia. Rusia sufre hoy los mismos males que la Argentina conoció en el pasado, que aún está fresco en la memoria. Lo que pasó ayer con el rublo deja por lo tanto lecciones cruciales para nuestro país.

Allá y acá

La situación es más grave, aún, para Rusia, porque hoy son más importantes los efectos de la economía globalizada que en las épocas en que la Argentina ya tenía suficiente con sus propios desatinos internos pero dependía relativamente poco de lo que sucedía en el exterior.

Y aunque la situación rusa se debe, principalmente, a que no ha podido resolver los problemas básicos que la Argentina pudo atacar con éxito desde el plan de convertibilidad de 1991, es obvio que se plantea de inmediato una pregunta obligada en nuestro país: ¿qué experiencia extraer de esta crisis rusa?

En principio, dos grandes evidencias:

1) En medio de una crisis de confianza, la devaluación -que algunos observadores pueden promover como una corrección técnica necesaria- se transforma de inmediato en aceite sobre el fuego. La desconfianza se generaliza y la crisis económica se transforma, además, en una crisis política total. Los argentinos somos expertos en la materia.

2) Aun si uno quiere mantener la estabilidad de la moneda, no la mantiene quien quiere sino quien puede. Con terribles debilidades políticas que impiden tomar las medidas adecuadas, y con una economía en jirones tras la debacle del sistema comunista que rigió desde 1917, Rusia no sólo tiene escasos instrumentos para evitar una corrida generalizada sino que se muestra en toda su debilidad ante las subas y bajas que sacuden a casi todos los mercados desde hace ya más de un año por las crisis asiáticas.

El último jueves negro

En verdad, las intenciones de los gobernantes rusas han sido las de mantener el valor de su moneda para no recaer en la inflación galopante de los años 1994, 1995 y 1996.

El crítico jueves negro de la semana pasada, cuando el rublo comenzó a crujir cada vez más, el viceprimer ministro ruso Alexander Livshits se sumó a la categórica defensa del rubo de Yeltsin utilizando la siguiente frase: "Un rublo estable es el ancla de una economía libre de inflación. Si la perdemos, el barco se volverá a sacudir sin control y el resultado es bien conocido: náuseas".

Ayer, apenas cuatro días más tarde de esa frase, el barco ruso se movió peor que nunca y los ocupantes hoy no saben qué hacer.

Ese mismo jueves, el polémico financista George Soros había sugerido también, en una de sus declaraciones de alto impacto, que el rublo estaba sobrevaluado y que a Rusia le convenía devaluar la moneda entre un 15 y un 25 por ciento, solicitar un paquete de apoyo internacional de unos 15.000 millones de dólares y lanzar de inmediato un virtual plan de convertibilidad (currency board, en su carta al diario Financial Times) para mantener desde ese momento a rajatabla la moneda.

El problema de los dichos de Soros es que antes que el gobierno tome cualquier medida, tanto bancos como particulares se apuran a tomar por válidos esos comentarios porque tienen poca confianza en la situación local. Ni más ni menos que lo que ocurrió en la Argentina durante muchos años y muchos gobiernos.

La ventaja del consenso

¿Qué conclusión extraer desde aquí?

Podríamos anotar las siguientes:

  • Conviene poner las barbas en remojo ante la experiencia ajenas. En situaciones de crisis, el capital financiero de portafolio (colocaciones de corto plazo) tiende a colocarse en los lugares más seguros (como sucedió ayer, por lo cual subió Wall Street) y a salir de los mercados emergentes. La Argentina, por lo tanto, puede sufrir un impacto aunque hasta ahora haya capeado con bastante inmunidad la crisis asiática.
  • En segundo lugar, fuerza es reconocer que la Argentina tiene una posición más sólida que la del endeble gigante ruso, una superpotencia nuclear que sin embargo tiene un PBI inferior al del Brasil y apenas una vez y media el de la Argentina.
  • La fortaleza argentina no reside solamente en su buena situación fiscal, sus adecuadas reservas o sus reformas estructurales más o menos concretadas. En verdad, el gran avance de que dispone el país es que a fuerza de frustraciones anteriores existe hoy el consenso mínimo parea no recaer en locuras del pasado.

    Esa evidencia no sólo hay que leerla en las muy prudentes declaraciones económicas de la Alianza, que ha tomado debida nota de los riesgos de una gran crisis internacional. También podemos advertirla en un valioso y poco difundido proyecto de ley que ya tiene dictamen favorable en el Senado y que propone nada menos que la ley de convertibilidad fiscal. O sea, la obligación de mantener en cero la cuenta de ingresos y egresos del presupuesto nacional con una tolerancia máxima de sólo uno por ciento del PBI, y que invita a todas las provincias a hacer lo propio con sus presupuestos locales...

    Ese proyecto, presentado por el justicialista cordobés José Manuel de la Sota lleva la firma de legisladores justicialistas y radicales por igual.

    Quizá la onda expansiva de la crisis asiática, sumada a la rusa, ayudarán a aprobar con más velocidad la ley.

    Es, justamente, el consenso que le falta a Rusia y que tanto envidiaría Yeltsin que, prácticamente, gobierna hoy por decretos. Y sin éxito económico.

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