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La caída del rublo y la crisis financiera

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20 de agosto de 1998  

La devaluación del rublo y la moratoria unilateralmente dispuesta por Moscú reflejan claramente la endeblez de la economía rusa y prolongan la sucesión de episodios críticos que sacuden a los mercados financieros y de capitales de todo el planeta, pero pone de manifiesto, también, la escasez de medios o la falta de decisión política de la comunidad de naciones para auxiliar con rapidez y eficacia a los países miembros en dificultades.

No cabe duda de que las sucesivas convulsiones de estos pasados trece meses han contribuido a debilitar el proceso de transición de la antigua economía centralizada hacia una economía de mercado, pero parece claro que los mayores obstáculos han sido de origen interno: una parte de la opinión pública desencantada por la pérdida del liderazgo que en su tiempo ejerció la Unión Soviética, importantes fracciones del Parlamento y -naturalmente- los fuertes intereses afectados por la reforma han generado una atmósfera hostil al cambio, que enerva la confianza imprescindible para un proyecto de transformación en gran escala, como lo exigen el volumen y las características de la economía rusa.

La devaluación y la cesación de pagos permitirán al gobierno de Yeltsin ganar tiempo para negociar una reestructuración de la deuda de 70.000 millones de dólares con vencimiento a menos de un año y acordar con menos presiones, tanto en el frente interno como en el exterior, las reformas imprescindibles.

Pero no resuelven por sí mismos, ni mucho menos, los graves problemas estructurales de la economía rusa; antes bien, es posible que con la depreciación del rublo, a cambio de alguna mejora menor en la situación fiscal resurja la inflación -de la hiper de 1995 había retrocedido a un 4% anual en lo que va de 1998-, se agudice el decaimiento de las ya debilitadas actividades productivas y falte confianza en la posibilidad de mantener el valor de la moneda local en su nuevo nivel.

El shock ruso se produjo apenas unas semanas después de que el FondoMonetario Internacional y las principales economías occidentales acordaran un paquete de créditos por 22.600 millones de dólares conMoscú, la última de varias operaciones similares con que a partir de 1994 trataron de manifestar su apoyo a los impulsos transformadores de Boris Yeltsin. Pero las presiones sobre el rublo no se redujeron, lo que parece demostrar que, a juicio de los inversores, Rusia necesita, más que nuevos créditos, impulsar con decisión sus demoradas reformas estructurales, principalmente el manejo fiscal, la legislación tributaria y la consolidación del sistema financiero.

La devaluación del rublo no ha sido imprevista -como lo fueron la del peso mexicano en 1994 y las dispuestas en el sudeste asiático el año último-, de modo que sus efectos directos pueden haber sido descontados ya por los mercados, más allá de la conmoción inicial. La cesación de pagos, en cambio, podría hacer retroceder las expectativas de los mercados financieros a 1982, cuando México dejó de pagar su deuda.

En tal caso, los mercados emergentes, entre ellos nuestro país, podrían ver dificultado y encarecido su acceso al crédito que necesitan imprescindiblemente, al margen de la solidez de sus variables económicas fundamentales, lo que determinaría una mayor desaceleración del crecimiento.

La Argentina, en tales circunstancias, debe emitir señales que la distingan por su buen desempeño generando credibilidad, extremando la disciplina fiscal, completando su proceso de reformas estructurales, estableciendo un amplio consenso político respecto de las orientaciones básicas de la economía, robusteciendo sus instituciones financieras y fortaleciendo el ahorro interno y estimulando la mejora de la capacidad competitiva de la producción de bienes y servicios, como el mejor recurso para limitar la dependencia del crédito externo y ponerse a cubierto de nuevos remezones que la situación internacional no permite en absoluto descartar.

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