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Noticieros: más largos, más insustanciales

Parodiados por Los exitosos Pells, los verdaderos se estiran sin parar y se convierten en "teloneros" de los programas siguientes
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14 de diciembre de 2008  

Martín Pels existe, y el hecho que su apellido tenga una ele menos que su exitoso clon televisivo no invalida que haya sido su principal inspirador. Es más: sus compañeros de trabajo, que lo quieren bien, le han armado un foro en Facebook que se llama "Yo conozco al verdadero Martín Pels".

Pels y Pells tienen algunos puntos en común: ambos trabajan en el mundillo televisivo, pero el Pels real no es famoso porque es camarógrafo y como tal trabaja, no tan casualmente, en la productora de Sebastián Ortega, la usina creativa de donde sale cada capítulo de Los exitosos Pells , la más reciente alegría de Telefé en este casi finiquitado 2008. ¿Hace falta aclarar que a Ortega le gustaba tanto como sonaba la combinación del nombre y el apellido de ese empleado que le pidió autorización para usarlo en un personaje de su tira?

El Pels de carne y hueso ahora se ríe de su inesperada repercusión, aunque no se parece mucho a su casi homónimo de la ficción: viste siempre de negro, es bastante introvertido, escucha música dark y la última vez que se vistió de blanco fue cuando fue camarógrafo cocinero del programa de Gato Dumas.

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Pero entre los noticieros de verdad y el que animan en la ficción los exitosos Martín (en realidad, su gemelo Gonzalo, que se hace pasar por su hermano) y Sol Pells hay más que una ele de diferencia. El contraste más marcado entre aquéllos y su réplica de fantasía es la duración: el informativo de Meganews ocupa breves minutos por cada emisión de Los exitosos Pells . En cambio, los noticieros de la televisión argentina no paran de crecer en un movimiento inversamente proporcional a lo sustancioso de sus contenidos.

Están bastante incómodos, además, por la competencia de 24 horas ininterrumpidas que les imponen los cables de noticias, y que les sacan la parte esencial de su razón de ser, recortando la poderosa influencia que supieron tener en otras épocas. Y, para colmo, en las últimas temporadas vino a perturbarlos aún más el increíble dislocamiento de horarios nocturnos con que la televisión abierta agrede a la audiencia y convierte a las ediciones vespertinas en variable de ajuste de la que se echa mano como si fuesen meros "teloneros" de los programas estelares que vienen a continuación.

Mientras un noticiero modelo, recordado por su rigurosidad y síntesis, como El reporter Esso , en los años 60, apenas duraba quince minutos y hasta entrados los 70 otros importantes informativos no duraban más que media hora, desde hace algún tiempo los 60 minutos que durante más de un cuarto de siglo se habían convertido en medida estándar, se engrosan cada día un poco más. El caso más paradigmático es el de Telenoche , que soporta sobre sus espaldas la demorada salida a escena de los programas que le siguen, cuando se estira a veces hasta lo indecible, lo que altera su ritmo y la agenda de temas. Ahora que ShowMatch entró en receso hasta abril, la situación del noticiero que conducen María Laura Santillán y Santo Biasatti lejos de mejorar, podría complicarse sensiblemente si, al menos durante el verano, llegara a estabilizarse en un nuevo récord de duración: dos horas. A la edición vespertina de Telefé Noticias le pasa algo parecido y también sufre el síndrome del estirón impuesto para resolver problemas y falencias de programación que le son ajenos.

El imparable proceso de estiramiento de los principales informativos de la televisión abierta les está cambiando notablemente el metabolismo: hay cada vez mayor cantidad de informes más largos sobre fenómenos sociológicos, tribus urbanas y recordatorios de aniversarios importantes; se imponen los móviles en vivo para relatar desde el lugar de los hechos en tiempo real y crece el número de columnistas.

"En la Argentina -escribe la profesora Marcela Farré en El noticiero como mundo posible (La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2004)- el nuevo noticiero estructura su texto con recursos estéticos propios de la ficción cinematográfica." Farré afirma que ha cambiado y se ha ampliado el "verosímil audiovisual" en un contexto de neotelevisión en el que manda "la hibridación o mezcla de los formatos", que autoriza a los noticieros desde hace un tiempo a "ficcionalizar" sus relatos en envoltorios más seductores e impactantes, pero menos rigurosos, para atrapar al televidente.

El riesgo de transformar a los noticieros centrales más en un recurso para "llenar" antes que para "informar" se acentúa por las continuas presiones políticas desde el poder, siempre sensible y con tendencia al enojo fácil por cómo se cubre y qué se dice del Gobierno. Permisionarios, gerentes y otros operadores suelen ceder por temor o conveniencia (hay primicias oficiales y la posibilidad de negocios colaterales para los más dóciles) y entonces los temas políticos tienen un "tratamiento especial" o son desplazados por notas policiales, temas de la ciudad, misceláneas, frivolidades varias y las sobreactuadas notas sobre lanzamientos de nuevos programas del canal al que pertenecen.

* * *

Se ríen en los noticieros de verdad cuando se los intenta comparar con los Pells. Alegan a su favor lo que es evidente: más allá de algún aislado ataque de divismo, la mayoría de los conductores ya no goza de la estelaridad de otras épocas, en consonancia con el declive del género. Sin embargo, se divierten con la caracterización de algunos personajes colaterales como el de Diego Planes, el acomodaticio periodista segundón ávido por trepar al primer puesto, y allí sí hay un par de nombres y apellidos concretos dando vueltas...

El creciente "arrevistamiento" de la agenda de los noticieros reales y su buscada despolitización los vuelve, cuanto más largos, más intrascendentes.

Agrava la situación el "minuto a minuto" -el rating online que histeriza a los productores obsesionados por seguir sus caprichosas oscilaciones-, que distorsiona el espacio de las notas según el impacto que van logrando sobre los televidentes y la escasez de recursos frente a la ininterrumpida demanda de rellenar más espacios, un problema que los Pells evidentemente no tienen.

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