Con el espíritu mariachi

"Me estoy enamorando", recital de Alejandro Fernández. Estadio Luna Park.
Gabriel Plaza
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25 de agosto de 1998  

Esta es la nueva cara del bolero, pero sobre todo de la música mexicana. Porque a diferencia de su colega Luis Miguel, que parece más un producto internacional, Alejandro Fernández mostró en su concierto a lleno en el Luna Park un perfil asociado a los sonidos regionales de su patria, donde abundaron rancheras, corridos, serenatas y canciones populares, que se complementaron con los hits del disco "Me estoy enamorando".

Desde su atuendo de charro, acompañado de una formación típica de mariachis, que se alternó con el grupo para la tanda de boleros for export , el cantante logró elaborar un repertorio bien balanceado, por música tradicional, que sus seguidoras supieron degustar.

Fernández no se dejó conquistar por el sonido que imperó en el disco que le produjo Emilio Estefan. Su voz grave y susurrante se mimetizó con el verdadero sentimiento mariachi y un espíritu ranchero que recordó a esa trilogía de oro de la canción mexicana conformada por Negrete, Infante y Solís.

Con su presencia y una actitud escénica que no fomentó la histeria -aunque no estuvo exento de un rasgo demagógico cuando se acercó al borde del escenario para tocar a su gente-, Fernández impregnó de un rasgo de autenticidad a casi todo lo que se animó a interpretar.

En esa larga lista confluyeron los códigos serenateros de "Llorando penas", la picardía pueblerina de "Cascos", la pasional "Ojo por ojo", la poética de José Alfredo Jiménez en "Siete mares" y clásicos de Manzanero como "Contigo aprendí" o "A mi manera".

Apoyado en una línea de violines, trompetas, guitarras y guitarrones, que recrearon el clima bohemio de las noches de juerga azteca, el vocalista mostró su costado más sólido y visceral, ese que podría emparentarse con la estética musical de Almodóvar. Muy distinto al lavaje que sufrió en su placa.

Sólo cuando la percusión desapareció y los giros en los arreglos, se acercaron a la balada, el bolerista cayó en los lugares comunes del género. Pero fueron coqueteos esporádicos, que no cambiaron la rutina del cantante mexicano. En vivo, Fernández se pareció más a un producto auténtico de su tierra, que a un joven preocupado por los intereses de una discográfica. Por lo menos, en una noche donde prevaleció la clave de serenata.

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