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El glamoroso paso del joven Fidel por la Argentina

José Claudio Escribano
Castro gozaba de un gran prestigio cuando visitó el país en 1959
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7 de enero de 2009  

El sábado 2 de mayo de 1959, al cabo de cuatro meses de gobierno revolucionario, Fidel Castro estaba en Buenos Aires.

Con Carlos W. Otero,  redactor de LA NACION para asuntos diplomáticos y de política exterior, tomábamos apuntes sobre lo que decía el jefe de la revolución cubana a no más de cuatro metros de distancia. Había llegado al país acompañado por una fuerte custodia personal, pero esas cuestiones de Estado todavía funcionaban de una manera menos estricta y profesional que en la actualidad. Además, la tecnología de la seguridad y el mundo eran bien distintos que ahora.

Castro pronunciaba de pie, con las manos echadas a la espalda, un discurso que desarrollaría a lo largo de 90 minutos, en el noveno piso de la Secretaría de Industria, en la avenida Julio A. Roca. Lo hacía ante cancilleres y embajadores especiales en el ámbito de la Comisión de los 21, dentro de la Organización de Estados Americanos. Nacía el Banco Interamericano de Desarrollo y los países de la región se preparaban para debatir renovados criterios de financiamiento para la resolución de crecientes problemas.

Me impresionaron tanto la corpulencia de Castro como la energía que emanaba de esa humanidad en la plenitud de sus fuerzas. Oponía un uniforme verde oliva al clásico traje azul o gris de los funcionarios y diplomáticos que atestaban ese día una de las salas de la Secretaría de Industria de la Argentina.

Cuando se revive lo que Castro expresó en aquel discurso se documentan, con la fuerza irrefutable de los hechos, las ambigüedades que prevalecían todavía en su política y distraían a las cancillerías más experimentadas sobre el destino final que podía esperarse de la revolución.

"Si nosotros -afirmó en un cuidadoso circunloquio de cal y de arena- estamos sinceramente preocupados de que nuestros países vayan a caer en una dictadura de izquierda, justo y honrado es que mostremos igual preocupación por que los pueblos no caigan en manos de dictadores de derecha. Porque, en definitiva, ése es el verdadero ideal democrático, lo que América latina quiere, lo que América latina aspira. Porque a los pueblos les mostremos una cara del mal y les ocultemos otra cara igualmente fea del mal."

Una teoría de los dos demonios, pero en boca de Fidel Castro. Lejos del panegírico de la Unión Soviética, al que se entregó más adelante, ya sin eufemismos,  en retribución por contribuciones económicas vitales y la asistencia militar que paliaran los efectos del embargo norteamericano. Lejos del espíritu con el que un par de años después se subordinó a un imperio y mitigó juicios sobre situaciones aborrecibles, como la de Checoslovaquia, en 1968.

Castro se fue de Buenos Aires entre recelos mucho más relevantes que los suscitados al asumir el poder, cuatro meses atrás, pero conservando todavía un enorme prestigio.

En Buenos Aires había hecho elogios a la democracia norteamericana y señalado que esa democracia había sabido acoger a los latinoamericanos emigrados para que vivieran con decoro en su seno. Fue el párrafo de las concesiones. Y el único que aplaudieron los miembros de la delegación norteamericana a la Comisión de los 21.

Había llegado a Ezeiza el 1° de mayo. Quien le extendió la mano de bienvenida, en nombre del presidente Arturo Frondizi, no podía saber -cómo podía saberlo- que catorce años más tarde caería muerto en las calles de Buenos Aires, ametrallado por un pistolero consustanciado con la revolución cubana. Se llamaba Hermes Quijada. Era capitán de fragata y edecán naval del Presidente.

Visitas de los radicales

Los radicales del pueblo todavía frecuentaban a Castro. Cuando éste entró en el Alvear Palace Hotel para alojarse, entre las primeras visitas se registró la de Emir Mercader. Médico, viejo cronista de turf e integrante del bloque memorable de "los 44", la oposición radical en la Cámara de Diputados de la Nación al primer gobierno de Perón. Al tiempo que Mercader entraba en las habitaciones del primer ministro cubano, lo hacía también un tío de Castro -gallego como el padre de Fidel- que vivía en la Argentina desde 1913.

Con la buena voluntad que se genera en tiempos de bonanzas y sensibilidades compartidas, Mercader contestó al salir, cuando le preguntaron por Castro: "Como decía Nietzsche, los héroes son hombres alegres". André Breton, mandarín del surrealismo y antólogo del humor negro, decía que algunas de las fronteras de ese humor son la tontería, la ironía escéptica y la broma sin gravedad. Sólo Mercader, célebre por sus intervenciones jocundas en el Parlamento, pudo violarlas todas al mismo tiempo.

Castro reapareció al rato para incorporarse a una reunión de prensa, en el subsuelo del Alvear Palace. Se lo venía fastidiado, incómodo con la insistencia periodística de que hiciera comentarios sobre si era cierto que había comunistas infiltrados en su gobierno.

Abrigué dudas sobre si esa reiterada pregunta había sido invariablemente hecha al primer ministro cubano por periodistas o también por otro tipo de inquisidores, que podrían haberse aprovechado del desorden y apretujones que abundaron en la reunión. En todos los casos, el interpelado eludió contestar con claridad, con firmeza o con la elegancia de un buen movimiento de cintura. Estaba enredado en su molestia.

"Héroe de nuestro tiempo"

Antes de abandonar el país, Castro leyó en LA NACION, en la sección Al margen de la crónica , que su discurso en la Comisión de los 21 había sido el de "un hombre prudente, reflexivo, inteligente, responsable. Un héroe de nuestro tiempo".

No había llegado aún la hora, no tan distante, de la expulsión de su régimen de la Organización de Estados Americanos. Castro disfrutaba, en aquel mayo porteño, de una repercusión más apropiada para  la presencia glamorosa de una estrella mundial del rock o del fútbol que de un primer ministro.

Madonna o Beckham, se lo había recibido en el Buenos Aires de 1959 sin mítines gigantescos ni nada que se les pareciera, pero con la admiración incontenible de la mayoría de los participantes de la Comisión de los 21. Eso explica la calidez con la cual se dirigió a él Carlos Florit, canciller argentino, entre la mirada hosca y sorprendida de los delegados de países como Paraguay, Nicaragua y afines, y la reticencia del jefe de la misión norteamericana, embajador Thomas O. Mann.

Si queda un saldo digno de subrayarse de esa reunión, es que Castro podría volver hoy a explayarse, sin mayores enmiendas, sobre la tesis central de su exposición en la Comisión de los 21. Pero quizá debería dar más explicaciones a los seguidores de hoy que a los de ayer. "La inestabilidad política que nos agobia -dijo- no es causa, sino consecuencia, de la falta de desarrollo económico. ¿Cooperación? ¿Cómo? ¿Con nuestros déficit? Esa obra no se puede hacer sin cooperación de los Estados Unidos."

Castro improvisó los 90 minutos de un discurso cuya duración quebraba las convenciones diplomáticas y, entre bromas y en serio, advirtió que lo haría así a fin de que la máquina de escribir no traicionara sus sentimientos. Tampoco el embajador Mann traicionó los sentimientos propios después de que aquél lanzara su famosa requisitoria a los Estados Unidos.

Petición a EE.UU.

Se trataba de que Washington ayudara a la resolución de las cuestiones del desarrollo latinoamericano de la misma manera que lo había hecho con Europa y el Cercano Oriente. Castro se despachó a continuación con el pedido a los Estados Unidos de un préstamo para América latina por 30.000 millones de dólares, a diez años.

A una tasa acumulada del 4 por ciento anual como promedio, a lo largo de casi cincuenta años -criterio de mensura más o menos razonable de la inflación norteamericana en ese ciclo-, el formidable pechazo de Castro equivaldría a unos 200.000 millones de dólares en moneda de hoy. Se ha perdido últimamente la noción de las cifras con todo esto del descalabro financiero internacional, pero aquello de los 30.000 millones de dólares provocó un shock entre los participantes de la reunión.

Hablar por aquellos días de miles de millones de dólares era asunto serio. Dirigí la vista hacia el embajador Mann. En circunstancias políticas tensas, sólo he observado dos veces un gesto como el que hizo.

La primera vez ocurrió en el congreso nacional de Córdoba del Partido Socialista, en noviembre de 1956, antesala de la fractura que mantuvo dispersos por décadas a los herederos de Juan B. Justo. Se votaba por quién sería el presidente provisional del congreso, autoridad llamada a disponer no más que unas pocas cuestiones de procedimiento: si Nicolás Repetto, candidato de la derecha, o si Alfredo L. Palacios, candidato de la izquierda.

Este cronista tomaba nota sobre cómo Américo Ghioldi, verdadero inspirador de la candidatura de Repetto, iba punteando la lista de delegados del congreso a medida que enunciaban de viva voz uno de los dos nombres en juego. Al llegar a la "s", Ghioldi arrojó con disgusto al aire el lápiz con el que venía haciendo tildes al lado de cada nombre. Se había notificado, con ojo de experto adelantado a otros, de una derrota inesperada. Y dejó en el cronista la experiencia de que no hay votación insignificante alguna en una asamblea, sobre todo cuando se trata de la primera decisión de todas.

El mismo que el de Ghioldi fue el ademán enérgico, con un poco de perplejidad y más de rechazo, con el que el embajador Mann subió, tal vez sin proponérselo, el telón de la historia. Ante los ojos de quienes evitaban perderse un solo detalle de aquellas deliberaciones dominadas por la presencia y la palabra de Fidel Castro, el lápiz que el embajador Mann lanzó a las alturas, como la pelota que fue a la red en Match Point , de Woody Allen, anticipó las tormentas que se avecinaban.

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