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Habla Juan Subirá

Lanzado como solista, el tecladista de Bersuit recuerda el origen del caos y revela su lado oscuro.
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23 de enero de 2009  • 17:18

No puede decirse que el tecladista de Bersuit se cortó solo. Juan Subirá contó con la bendición y la colaboración de sus compañeros de banda para emprender su experiencia personal, que derivó en el álbum Fisura expuesta, un compendio de canciones de rock con espíritu tanguero. "Elegimos promocionarlo a partir de la Bersuit, por un acuerdo entre nosotros. Está bueno que quede en claro que estamos juntos, no vaya a ser que después algunos empiecen a especular con que la Bersuit se separa porque uno aparece con una historia propia. Todos estamos con cosas a la par. El Pelado Cordera tiene casi listo su álbum. Y Albertito Verenzuela también está muy cerca de sacar el suyo", cuenta el otro pelado en un bar frente al Parque Lezama, con un porrón de cerveza en mano.

El disco es bastante oscuro. ¿Es el reflejo del costado más sombrío de tu personalidad?

Totalmente. No había margen para hacer esto con Bersuit. Me siento cómodo cantando estas canciones. Claro que a veces pueden resultar difíciles de digerir, por toda su carga. Soy consciente de que hoy la gente le huye a eso. Yo, al contrario, decidí buscar esa oscuridad.

Más allá de la participación de algunos de Bersuit, aparecen Andrés Calamaro, Flavio, Palo Pandolfo. ¿Cómo los elegiste?

Con muchos compartí escenarios, con otros, como el caso de Palo, encuentros de poesía. A veces iba en el auto con Andrés y le hacía escuchar algunos temas que había grabado, pero no le gustaban. Sin embargo, sabía que si un día lo llamaba se sumaría. Entonces busqué un tema afín a él y realmente se entusiasmó.

Los derechos humanos y la dictadura son temas recurrentes en la obra de Bersuit y ahora en tu proyecto solista. ¿Qué te marcó de la represión?

El recuerdo de cómo empezó todo. Tenía 10 años y una mañana, al despertarme, escuché que mis padres hablaban del tema y estaban contentos porque pensaban que era necesario, como mucha gente. Evidentemente había una sociedad fracturada. Papá tenía una fábrica de parlantes para autos en Lanús, y con Martínez de Hoz todo se fue al demonio. Se abrió la importación y los productos nacionales se murieron. La fábrica entró en crisis y la pasamos mal. Cuando llegó la Guerra de las Malvinas, mi viejo se dio cuenta de toda esa locura. No es que mis padres apoyaran lo siniestro de la dictadura, sino que eran radicales y fervientes antiperonistas. Y festejaron con bombos y platillos el fin del gobierno de Isabelita.

¿Cómo empezaste a darte cuenta de todo lo que estaba pasando?

En 1982 hubo una marcha sindical reprimida en Plaza de Mayo. Había ido el padre de Pepe Céspedes [bajista de Bersuit] y se tuvo que refugiar en un edificio. Dos días después llegó la invasión a las islas. En ese momento se me hizo el clic. Yo tenía 15 años y junto a Pepe y a Carlitos Martin [baterista de Bersuit] habíamos formado una banda que se llamaba 1715, porque era el número de la dirección de mi casa en Barracas y allí ensayábamos. En mayo del 82 tocamos en un festival en el colegio William Morris, en La Boca, y la gente llevó alimentos para los pibes en Malvinas.

¿Y ahí cambió la relación con tus viejos?

Yo seguía juntándome con los pibes a ensayar en el altillo de casa. Me pintó la rebeldía. Hacíamos canciones, pero sin línea ideológica o literaria. Era la típica rebeldía de un adolescente que responde contra la educación y los límites. Mi viejo nos escuchaba de lejos y a veces se preocupaba. El también escribía letras y hasta cantaba tangos. Había una que un día se la capturamos con los chicos y decía lo siguiente: "Qué gran pena me da escucharlos cantar y quejarse todo el tiempo de la vida". Dos años después, en la escuela, había un personaje que se llamaba Gustavo Saca. El era un gran lector y me contagió sus inquietudes. Por él leí El Anticristo, de Nietzsche, y me voló la cabeza. Un día, mi viejo lo agarró sin que yo supiera y se puso a leerlo. Como yo hacía anotaciones a un costado del libro, mi viejo empezó a hacer lo mismo del otro lado de la página. Mis textitos eran incendiarios y quedaba plasmada la confrontación de pensamientos con mi viejo en cada anotación suya y mía. Pero en realidad se produjo un intercambio que a mi parecer fue sano. Debido a todos esos momentos importantes, decidí que la primera frase del disco fuera el recitado de una poesía suya. Comienzo el disco con papá y lo termino con mis hijos.

A la par de Bersuit formaste parte de la banda La Salud de los Enfermos (algunos de ellos tocan en Fisura...), a principios de los 90. ¿Cómo fue esa etapa?

La banda se conformó en el taller de composición de Ricardo Capellano, en el Centro Cultural San Martín. Era enfocado desde la ruptura. Por eso surgió un grupo tan loco. Nuestra búsqueda era muy atrevida. Duró cuatro años. El violinista se fue a vivir al sur y el último show fue en el Parakultural. Esa noche estábamos tan borrachos que casi no pudimos tocar. Cuando salimos a la calle la policía nos llevó al calabozo. Al otro día, ya liberado, el saxofonista vino a casa y me preguntó por qué me había sobrepasado tanto. No tuve explicación. Aunque en el fondo yo sabía: en mi vida había empezado el rock & roll. Justo coincidió con la época en que nos fusionamos con el Pelado para darle vida al disco Don Leopardo. Fue un viaje a Mar del Plata el que me descraneó. Ya sentía las cosas de otra manera.

Bersuit siempre hizo un culto de la promiscuidad. ¿Cómo manejás eso con la vida en familia?

Para mí fue durísimo. Lo viví con mucho dolor. Si bien tener un hijo es un hecho maravilloso, no fue fácil para mí. Tengo dos. Fue difícil. Un hijo te consume mucho tiempo... y yo me entregué a esa felicidad.

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