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Poulenc-Cocteau: expresionismo sin vueltas

Pola Suárez Urtubey
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5 de febrero de 2009  

"Si se escribiera sobre mi tumba: aquí descansa el músico de Apollinaire y de Eluard, ése sería mi mayor título de gloria": así se expresó cierta vez Francis Poulenc. Aseguran sus biógrafos que apenas entrado en la adolescencia ya devoraba a Mallarmé, Apollinaire, Claudel, Gide, Valéry y comenzaba a conocer a Eluard, Aragon y Breton. Esa larga "cohabitación" le habría permitido una comprensión muy aguda de la poesía contemporánea, sobre todo de la surrealista, de la cual pudo extraer todo su misterio.

Poulenc aseguraba que la transposición musical de un poema debía ser un acto de amor, jamás un matrimonio de conveniencia. Pero ese "acto de amor" era largamente meditado, según se desprende del mismo texto, cuando asegura que una brevísima canción era resultado de un trabajo de meses, porque le era imprescindible impregnarse del poema y madurarlo, para encontrar las diferentes densidades del acompañamiento pianístico, la tonalidad adecuada, el ritmo secreto del poema y, en fin, la verdadera "llave" de la obra.

Sin duda, aquí reside el atractivo de La voz humana , que compuso en 1958 según el monodrama en un acto de Jean Cocteau, y que mañana viernes cumple 50 años desde su estreno en la Opéra-Comique de París. Es innegable que para la intérprete de la pieza el esfuerzo es descomunal; se trata de un largo monólogo telefónico, sin verdadera acción, con un encadenamiento de ideas sin lógica aparente, propias de un estado psicológico de crisis extrema. Drama expresionista "a la francesa", Poulenc aborda la creación de Cocteau con una formidable unidad de estilo, vigorizando el texto con un recitativo muy próximo al habla, con lo que busca captar los más variados cambios anímicos de una situación de notable violencia emocional. Por su parte la orquesta aporta una trama sonora de gran sensualidad, perfecta para aumentar la densidad dramática, sin ahogarla.

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Tenía una extraordinaria experiencia Poulenc en el tratamiento de la voz, cuando aborda ésta, que sería su tercera composición para el teatro lírico, al que antes había dotado de Les mamelles de Tirésias , ópera-bufa en dos actos y un prólogo, sobre textos de Guillaume Apollinaire, y Dialogues des Carmélites , ópera en tres actos y doce cuadros basada en la pieza homónima de Georges Bernanos. En lo que se refiere a La voz humana, el propio Poulenc ha dejado precisas indicaciones: "El papel único debe ser realizado por una mujer joven y elegante. No se trata de una mujer vieja a la cual su amante la abandona; es del juego de la intérprete del cual dependerá la extensión de los silencios, tan importantes en esta partitura; todas las partes de canto sin acompañamiento deben ser en un tiempo libre, en función de la escena. Se debe pasar libremente de la angustia a la calma, y viceversa; la obra entera debe estar inundada por la sensualidad orquestal".

Y por su parte, Cocteau aporta lo suyo en lo que se refiere a decorados y a la puesta completa de la obra, tarea que cumplió él mismo hace cincuenta años.

Esto significa que la cantante- actriz que la represente tiene una significación fundamental. Por eso Poulenc la eligió sin la menor duda. Mientras el editor Ricordi quería que la elegida fuese Maria Callas, Poulenc no dudó. Debía ser Denise Duval, ¡la única!, quien tuvo en el director de orquesta Georges Prête un colaborador excepcional. Para el crítico Bernard Gavoty, de Le Figaro , "?patética y maravillosamente simple, Denise Duval encontró el papel de su vida". Entre nosotros, fue ella misma, la inigualable, quien la estrenó, con Teodoro Fuchs en la orquesta y los decorados de Jean Cocteau, en noviembre de 1960. Epocas gloriosas de nuestro Teatro Colón.

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