Miranda, bahiana universal

La cantante nació en Portugal, triunfó en Brasil y conquistó Hollywood
Fernando López
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9 de febrero de 2009  

Carmen Miranda. Basta la mención de su nombre para que venga a la memoria la imagen de la extravagante bahiana de la bijouterie profusa y los gigantescos tocados tropicales; la de las miradas pícaras y la sonrisa grandota; la de los turbantes coloridos y el permanente tintineo de pulseras, collares y abalorios, obra de ese gracioso movimiento de los brazos que era su marca registrada: algo así como si estuviera ovillando una lana invisible y de pronto se detuviera para saludar a un costado o a otro, en una especie de grotesca reverencia. La bahiana que ella inventó en Río a partir de una canción de Caymmi pero terminó siendo for export y la llevó al triunfo internacional en el centro mismo del show business : Broadway primero y Hollywood después.

¿De dónde salió ese personaje que era la imagen estereotipada de un Brasil exultante y gozoso? Primero, de Portugal, porque Maria do Carmo Miranda da Cunha nació, hace ahora un siglo, en una aldea cerca de Oporto, donde apenas pasó un año antes de que sus padres viajaran a Río. Después del azar y de su ingenio, ya consagrada desde los 21 años con el éxito descomunal de una marcha carnavalesca hoy conocida como "Taí", y con varios discos, films, shows musicales y giras en su haber, incluida una que la trajo a Buenos Aires en 1931, se preparaba en 1938 para filmar Banana da terra , donde debía cantar un samba de Ary Barroso: "Na baixa do sapateiro". Pero hubo desacuerdos entre la producción y el compositor; éste retiró la pieza y alguien sugirió en su reemplazo "O que é que a baiana tem?", todavía inédita y de un joven músico y poeta bahiano, Dorival Caymmi. A Carmen le gustó. Y de su letra, una descripción del atavío de una bahiana, desde los aros, las cadenas de oro y los turbantes hasta la pollera almidonada y los indispensables balangandãs (colgantes con amuletos que las negras ricas usaban en la cintura por encima de la falda), tomó la inspiración para vestir, con la asesoría de Caymmi, a su personaje. La canción les cambió la vida a los dos: él tuvo su primer gran éxito; ella se presentó vestida de bahiana en el Casino de Urca, al pie del Pan de Azúcar, y allí cautivó, entre otros, a Tyrone Power y a Sonja Heine, y mucho más a Lee Shubert, el empresario norteamericano que en 1939 se la llevó a Broadway.

Exótica

Se ha escrito que Carmen "tomó por asalto al público neoyorquino". Lo sedujo el carisma de esa criatura pequeña y exótica que cantaba y bailaba con los ojos, las manos y el cuerpo entero; tenía, como decía la canción, "gracia como ninguna" y se hacía entender con el intencionado modo de decir aunque todavía no se atreviese con el inglés. Con el éxito empezó a consolidarse la imagen, a la que impondría mil y una variaciones, pero que no abandonaría nunca.

La "bomba brasileña" no pasó inadvertida para Hollywood: la primera película fue Down Argentine Way (1940), donde la pintura de nuestro país contenía tanto dislate que hasta hubo una gestión diplomática y se hicieron correcciones antes de que se estrenara aquí como Al compás de dos corazones . Siguieron doce films, entre ellos Aquella noche en Río , A La Habana me voy , Secretaria brasileña y T oda la banda está aquí (1943), de Busby Berkeley, donde figura su famoso número The Lady With The Tutti Frutti Hat , que Carmen concluye bajo un tocado de bananas cuyas dimensiones, truco mediante, multiplican decenas de veces su tamaño.

Mal o bien, con su buscado pintoresquismo y sus exageraciones camp , contribuyó a llamar la atención sobre su país y su música (con ella fue su grupo, O Bando da Lua). "Ningún brasileño sensato -decía Heitor Villa-Lobos- puede ignorar lo mucho que Carmen Miranda hizo por Brasil en el exterior, enseñándoles a los pueblos que jamás habían tomado conocimiento de nuestra existencia a cantar nuestras canciones y adorar nuestro ritmo."

Tuvo un funeral gardeliano cuando murió de un ataque cardíaco. En 1955, ya era un mito. Años más tarde, Caetano, Gil y los suyos supieron ver en esa figura exuberante que era mirada con sorna por cierta intelectualidad un emblema del tropicalismo. Pero no era necesaria esa reivindicación para que el pueblo brasileño siguiera reconociéndola como su estrella mayor, única e irreemplazable, y para que la siguiera adorando como hasta ahora.

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