"Trato de escribir buenas novelas, pero me salen cosas raras"

En esta entrevista, concedida en Lima y realizada originalmente en video para el sitio web Porta9, el escritor argentino reflexiona sobre las características singulares de su prolífica producción literaria
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7 de marzo de 2009  

Fui a buscar a César Aira pensando que iba a enfrentarme a un tipo malhumorado, que contestaría aburrido o que me haría notar a cada momento que no estaba cómodo con la entrevista. Pero al verlo a lo lejos, la postura relajada, sentado ante una piscina, conversando animadamente con un cigarro en la mano, pensé que era la imagen perfecta de un hombre que sabe disfrutar del momento que le toca.

Me presenté y le dije que si quería podíamos fumar durante la entrevista. Aira descartó la propuesta con un gesto y siguió sonriendo. Intenté hablar de fútbol y me dijo que no simpatizaba con ningún equipo. Aira cerraba de inmediato los temas de conversación con los que quise romper el hielo, pero lo hacía con una especie de ternura infantil, como un niño juguetón y carismático al que nadie quiere castigar, sino palmearle la espalda y decirle que la próxima se porte bien.

Durante la entrevista, mantiene la mirada firme y descreída, los ojitos siempre atentos comprobando que él controla la situación o que la situación no se salga del margen que él puede controlar. Parecía que se burlaba de algo, no precisamente de mí, lo que hubiese roto el encanto, sino quizá de la serie de coincidencias que lo han puesto en la difícil tarea de hablar de su oficio de escritor. Como si todo fuera un malentendido contra el que no pudiera hacer nada.

Mi entrevistado aceptará todas las críticas y hará una mueca como diciendo "Soy simplemente Aira, qué le voy a hacer". Ha perfilado un discurso de la modestia y se aplica a él casi con fanatismo. Nunca se sabe cuándo habla en serio, aunque sus palabras se esmeren en demostrar que está diciendo la verdad. Como en sus libros, las salidas ingeniosas a veces le resultan y a veces no. ¿Ha entendido que lo importante está en sus libros y todo lo que pueda decir fuera de ellos es prescindible? ¿O está realmente hablando en serio y le gusta disfrazar sus declaraciones de ambigüedad para despistar al enemigo?

Aira dice que no da entrevistas en la Argentina porque si se la concede a un medio, se vería obligado a hacer lo mismo con todos los demás, y que a estas alturas eso le haría perder demasiado tiempo. Suena razonable.

-¿Has pensado alguna vez que es muy complicado seguirte? Debe de ser muy difícil que te encuentres con alguien que haya leído tu obra completa, ¿no?

-Hay algunos que han tomado esa actitud un poco de coleccionista. Yo he editado en muchísimas editoriales. En la Argentina han proliferado estos últimos años pequeñas editoriales independientes que son mi terreno de juegos, mi playground favorito. Prefiero publicar con estos pequeños editores que suelen ser gente joven; algunas editoriales son unipersonales. Hoy en día los medios técnicos permiten hacer un libro con cierta facilidad, y toda editorial nueva que aparece en Buenos Aires o alrededores se inaugura con un libro mío, porque yo siempre estoy disponible. Me encanta porque me da una gran libertad. En general, a estos jóvenes les gusta lo que hago, y si yo estornudara, publicarían un estornudo mío. Sé que puedo darles cualquier cosa, puedo "subir la apuesta", digamos.

-Tienes una imagen de escritor hermético, no sé si difícil. Dicen que no te gustan las entrevistas.

-En la Argentina no doy entrevistas. Por supuesto, cuando empecé a publicar daba entrevistas a todos los que me la pedían, pero llegó un momento en que hubo demasiadas, y me di cuenta de que me absorbía mucho. Era algo que competía con mi trabajo propiamente dicho. En nuestro pequeño mundo todos se conocen y si le doy una entrevista a uno, va a venir otro a decirme "¿Por qué a él sí y a mí no?"

-Estuve leyendo una conversación que mantuviste por chat con lectores españoles y uno te decía que nunca había leído un libro tuyo y que le recomendaras uno. Tú le contestaste que te parecía muy sensato de su parte que no hubiera leído ningún libro tuyo porque hay muchos escritores buenos a los cuales leer y tú estás en segundo plano. ¿Es una modestia sincera?

-Eso lo digo con bastante seriedad. Yo mismo, si tengo que elegir entre un clásico y un joven novelista, elijo el clásico. Como no me siento obligado, no quiero que nadie se sienta obligado a leerme a mí, de ninguna manera. La respuesta que di en ese chat fue una especie de cita inconsciente, o consciente, de una salida de Borges. Cuando una señora vino a decirle que ella leía todos sus libros, Borges, muy sorprendido, le dijo: "Pero cómo, ¿ya terminó con los buenos?".

-La crítica te ha puesto el mote de escritor "raro"?

-¿Qué escritor no es raro?

-Desde el momento que escribe, ya es raro; pero tú serías un raro al cuadrado, un raro entre los raros. ¿Cómo te sientes frente a eso?

-Me gustaría merecerlo, porque ¿qué más raro que César Vallejo?, que es el más grande de todos.

-¿Lo raro sería, más que una definición, una jerarquía? ¿Una cuestión de calidad?

-Lo que pasa es que el lenguaje que usamos habitualmente pertenece al plano comunicativo. Ahora, si le metemos una rareza, eso empieza a ser literario. Si todo es rareza, es literatura en estado puro.

-¿La rareza consiste en ser innovador, en buscar cosas nuevas?

-Rareza, raro son palabras que cada cual va a definir como quiera. Pero sí, para mí lo nuevo tiene su importancia. ...se es uno de los pocos consejos que puedo dar a mis jóvenes colegas: que no se esfuercen por ser buenos, por escribir bien, porque buenos escritores ya hay demasiados. No alcanzaría toda una vida para leer los buenos libros. Lo que queremos es algo nuevo, distinto. Por lo menos le va a dar al mundo algo que no tenía antes.

-Y siendo un escritor raro, ¿te parece muy sorprendente haber tenido éxito, incluso de crítica?

-He tenido éxito sobre todo en la academia, en las universidades. Ahí me he vuelto un favorito de profesores, alumnos, tesistas. Pero creo que hay algunas explicaciones para eso, sería largo explicarlas pero las he pensado. Como todo lo que yo hago tiene un sustrato de cultura popular, de cómic, de película "bizarra", y esa materia está tratada con instrumentos de alta cultura, crea el artefacto perfecto para un profesor que quiera aplicar las teorías de Deleuze o Derrida a una obra literaria. Conmigo lo tiene todo servido en bandeja de plata.

-Pero la crítica periodística también te ha tratado bien...

-Lo que pasa es que la crítica periodística, en la Argentina por lo menos, la ejercen universitarios, que completan su magro presupuesto de profesores haciendo reseñas. Así que todo eso está conectado.

-Una de las pocas objeciones que les hacen a tus novelas es que arrancan muy bien, van muy bien y hay un momento en el cual caen. ¿Esa caída es una parte estructural de tu obra?

-No, no. Como voy improvisando las novelas y las escribo un poco siguiendo mi capricho, mi posición anímica, hay un momento en que me aburro, me canso, quiero empezar otra nueva. Yo mismo reconozco que los finales son un poco abruptos, un poco inventados. Solamente para terminar, matarlos a todos o hacer cualquier cosa con tal de que se termine esa novela y pueda empezar otra. Porque, como en tantas cosas de la vida, lo más divertido es el comienzo, lanzarse a algo. Como me lanzo a la aventura cuando escribo, porque nunca planifico por anticipado, ese momento es muy rico.

-Te interesa sobre todo el proceso más que el resultado.

-Creo que todo novelista, todo narrador piensa en el lector ingenuo, en el lector no universitario, no académico, no profesional, el verdadero lector. Pero no sé si existe. El otro día les contaba a mis amigos una cosa que me pasó. Caminando por mi barrio, por el Bajo de Flores, en una calle solitaria, venía un señor y cuando me cruza, me dice: "Adiós, Aira". Entonces yo lo miré y le dije: "¿De dónde lo conozco?" Y él, muy amablemente, me dice: "No, usted no me conoce. Soy un lector, un humilde lector". Entonces le dije: "Muchas gracias". Pero después me quedé pensando: "humilde" lector. Si es un lector mío no es humilde, es un lector de lujo. Humilde lector es el lector de Paulo Coelho, de Isabel Allende, pero si ha llegado a mí es porque ha hecho un camino por la literatura. No porque yo sea bueno, o nada especial, sino porque lo mío ya es una cosa artificiosamente literaria.

-Has tenido siempre una vida muy vinculada a los libros. Has dedicado mucho tiempo a traducir. Creo que en una época traducías hasta diez libros al año.

-Sí, fue mi modus vivendi durante treinta años.

-Y ahora escribes dos al año. Tus personajes tienen un poco eso. Están fuera de la realidad, están ahí más como espectadores que como partícipes.

-No, no creo. En realidad, trato de escribir novelas como todas las buenas novelas. Pero me salen estas cosas raras y no puedo evitarlo [se ríe].

-¿Te gustaría romper con esto de escribir novelas raras?

-Me gustaría escribir como Balzac, sí. Pero bueno? me sale como Aira. A esta altura, me he resignado a que va a salir una cosa un poco rara, no va a salir tan balzaciano. Pero siempre conservo esa esperanza de que me salga una buena novela.

-¿Cuántas buenas novelas crees que te han salido?

-A veces me preguntan cuál de mis novelas prefiero. Yo respondo esas frases hechas, de los padres que quieren a todos sus hijos por igual [risas], alguna tontería por el estilo. Pero reconozco que algunas novelas me han salido especialmente bien. Quizá por casualidad, o seguramente por casualidad, salió algo que me gustó.

-¿Tiene que ver un poco con el azar o con que se trata de experiencias más cercanas a ti?

-No. Creo que se da un conjunto de circunstancias, no se puede hablar de azar. Pero sí de una buena idea, de un momento especialmente bueno en mi vida que me permita seguir con el mismo impulso hasta el final. Que no es mucho, porque esas cien paginitas que suelen tener mis novelas son tres o cuatro meses de trabajo. Pero si lo logro mantener y si la idea inicial fue fecunda y todo funcionó, sale y quedo muy contento.

-Te gusta trabajar con estereotipos. Los personajes parecen un mal necesario. ¿No te gusta darles a los personajes un poco más de profundidad psicológica y de contrastes?

-Es lo que E. M. Forster llamaba "los personajes a los que se puede rodear"? No, porque eso me obligaría a un trabajo de realismo convencional, a extenderme en detalles psicológicos, conversaciones? Prefiero una narración que fluya rápido. Pongo el peso en la historia, no en los personajes. Los personajes son como muñequitos que están ahí para representar esa historia.

-¿Cuándo decidiste que tu camino no era el tradicional, que no te interesaba hacer una novela de tipo decimonónica?

-Creo que nunca. Al día de hoy, sigo pensando que podría ser un buen escritor si me lo propusiera en serio. Fue saliendo esa rareza y dándose un poco naturalmente. Quizá hay un gusto por la provocación, por hacerlo distinto de los demás.

-¿Qué es lo que encuentras en el barrio de Flores para estar viviendo ahí tantos años y además ser un escritor tan identificado con esa zona?

-Azares de la vida. Me fui a vivir ahí de muy joven, a los diecinueve años, mis padres me compraron un departamento allí porque vivía una tía mía, para que me tuviera vigilado. Y me quedé, me encariñé con el barrio, que es muy cómodo para vivir, porque está cerca del Centro, pero no demasiado cerca.

-¿No crees que tiene características especiales?

-No, para nada. Muchas veces viene gente del exterior, amigos o editores o críticos, y me dicen: "Quiero ir a Flores". Y yo les digo que no vale la pena porque es un barrio muy común. Un barrio que tiene una zona comercial, una zona más residencial, pero todo clase media, muy gris. ...se es justamente el motivo... A veces he pensado que si viviera en una de esas bellísimas ciudades como París o Praga, no me serviría para la invención. Al contrario, en este barrio que no tiene nada de bonito ni de especial sí puedo inventarlo todo, puedo crear una mitología, que en París ya está creada.

-¿Tú crees que esta corriente en la cual te inscribes de la literatura distinta va a empezar a tomar características más o menos reconocibles? ¿Se puede convertir en un movimiento fuerte?

-No, en ese caso perdería su esencia. Y además no lo veo en los hechos. Me parece que la novela hoy en día, en la Argentina por lo menos, se está haciendo cada vez más estereotipada, más convencional, de un realismo más chato. Es una corriente de una especie de sencillismo o de facilismo, que es lo dominante ahora.

-Ese esquema tradicional de la novela que viene desde el siglo XIX, ¿tú crees que se va a mantener para rato, no hay nada que pueda amenazarlo por ahora?

-La gran novela del siglo XIX se mantiene viva en lo que los norteamericanos llaman la commercial fiction , el best seller, que está hecho sobre los modelos de la novela del siglo XIX, y sigue muy viva y muy preferida por los lectores, o al menos por los compradores de libros. Un editor amigo mío decía: "De cada diez libros que se piensan, uno se escribe. De cada diez libros que se escriben, uno se publica. De cada diez libros que se publican, uno se vende. Y de cada diez libros que se venden, uno se lee".

El autor de esta entrevista nació en Lima en 1977 y publicó la novela La línea en medio del cielo.

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