Un homenaje multitudinario en la calle

Más de un millar de personas se reunió sobre la avenida Santa Fe al 1600 para despedir al líder
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1 de abril de 2009  

Un millar de personas se apretujaba sobre la avenida Santa Fe al 1600, frente al edificio donde anoche murió Raúl Alfonsín. Se mezclaban personas mayores, afiliados radicales de toda la vida y militantes de la juventud partidaria, dirigentes, diputados y ex diputados. Pero entre todos ellos se destacaban, compungidos, con los ojos enrojecidos o llorando en silencio, simples argentinos a los que el ex presidente les devolvió el significado de la palabra democracia.

"Me acerqué porque necesitaba estar acá. Alfonsín fue mi despertar a la política, a pesar de que militaba contra la FUBA en la universidad. Es un símbolo de la democracia", reflexionaba el barbado José Luis Petri, de 48 años.

Susana, una mujer de unos 55 años, sostenía una vela derretida con una mano y con la otra se secaba las lágrimas. "Soy vecina, pero vine porque no podía quedarme en su mi casa. Lo voy a extrañar, el pueblo lo va a extrañar. Soy argentina nada más. Este hombre trascendió un partido político, es el símbolo de la tolerancia, de la honestidad."

Detrás de ella, en la vereda, alguien había prendido 25 velas que se consumían sobre el cordón. Sobre los balcones de los edificios algunos vecinos desplegaron banderas radicales o argentinas. Muchos miraban hacia arriba para advertir movimientos en el octavo piso, donde vivía el líder.

Un trío de muchachos, que por edad nunca vieron a Alfonsín en la presidencia, coreaban el apellido del líder. Patricio Isabella, de 28 años; Emilio Alonso, con sus rastas y 22 años, y Pamela Pequeño, de 32, de la juventud radical, admiraban a Alfonsín: "Vivimos en democracia gracias a él. Su memoria nos da más fuerzas para levantar las ideas del radicalismo. Significaba la paz, la igualdad, la educación y, por sobre todo, la honestidad".

La gente entonaba el Himno Nacional o algún cántico radical. Coreaban "¡Alfonsín, Alfonsín!", mientras estiraban el cuello para adivinar en la puerta del edificio la figura de Julio Cobos o se esforzaban por escuchar las palabras del secretario privado de éste, que leyó en el hall el texto del decreto de honor firmado por el vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo para disponer tres días de duelo nacional. La gente lo aplaudió y cantó: "¡Raúl, querido, el pueblo está contigo!"

Patricia Rinaldi, cruzada de brazos, con la mirada perdida, velada por las lágrimas, reflexionó: "Se fue el padre de la democracia". Un hombre de anteojos completó la frase: "Y de los derechos humanos".

José Ignacio López, vocero de Alfonsín en la Casa Rosada, recordó los últimos momentos del ex presidente: "Estaba lúcido, sereno y en paz, pero angustiado por la situación del país. Era un hombre de paz. Murió haciendo un esfuerzo para recuperar el sentido de construcción de la política, de diálogo, y no de confrontación. Este fue su testamento". A su lado, un señor robusto con una remera celeste y blanca y la inscripción "R.A." estampada en el pecho lloraba desconsolado.

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